Celebración del la fiesta del año nuevo chino en el barrio de Usera (Madrid) en 2019.
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Ignacio Ramos Riera, Universidad Pontificia Comillas

En España, en 2021, hay unos 200 000 ciudadanos de nacionalidad china. La pequeña comarca de 600 000 habitantes llamada Qingtian (青田) y la cercana Wenzhou (温州), todo en un radio de 50 kilómetros, conforman el 70 % de la migración china en España. Muchos otros vienen de la provincia vecina de Fujian. Tienen un acento inconfundible. Las “galicias migrantes” de antaño en versión oriental.

El número de inmigrantes chinos en Occidente ha experimentado un crecimiento constante desde el inicio de las reformas de Deng Xiaoping en 1978 pues, entre otras cosas, se entreabrieron más las puertas de salida para los que lo deseasen.

A estos chinos de ultramar sus compatriotas les llaman huaqiao (华侨). Atendiendo a la etimología del término son “aquellos que se revisten de paramentos extranjeros, sin dejar de pertenecer a la civilización más florida”, es decir, emigrantes asentados que preservan la vinculación lingüística, afectiva y nacional con la patria de los ancestros.

Los expatriados solo por un tiempo o los estudiantes no pertenecen a esta categoría que ha poblado de restaurantes y bazares las calles de Europa.

La emigración y la integración

Entre Oriente y Occidente hay ciertamente una visión civilizatoria diferente en lo que toca a la emigración, la integración de distintos pueblos bajo un mismo techo sociopolítico y la asimilación de una serie de valores compartidos que vertebran la sociedad. Es razonable que se le conceda a China un papel representativo de todo Oriente en este punto.

En Occidente, el Imperio Romano lo tenía todo para constituir un modus operandi casi inquebrantable. Contaba con la sabiduría acumulada de la antigua Grecia y con el empuje de los mil y un pueblos que miraban a Roma con temor y admiración. Pese a algunos inevitables etnocentrismos, el imperio contaba con unas élites culturales abiertas a absorber todo talento que fuese capaz de alcanzar la excelencia en la expresión latina, sin exclusión de los no italianos.

Tenía, además, un sistema legal bien fundamentado, una filosofía profunda, un orden ritual y religioso no integrista que permitía el progreso adaptativo. Sin embargo, desde dentro del propio imperio una fuerza moral basada en la creencia de que la verdadera realeza no podía ser de este mundo fue socavando la legitimidad generalmente incuestionable del poder militar y crematístico.

Al adoptar o hacerse permeable a los principios del judeocristianismo, la ciudadanía del imperio fue desarrollando un sentido crítico para el que los viejos moldes de Roma no estaban preparados. Esta sana esquizofrenia del alma occidental modelará sin duda cómo quepa entenderse la integración en sociedad.

En el oriente chino, en cambio, no hubo escisión ni, por tanto, necesidad de desarrollar un sentido crítico ciertamente incómodo para el que, como consecuencia de ello, no puede sino empezar a vivir en la incertidumbre. El ideal chino, ya sea de corte confuciano o taoísta, es la armonía social. Y en esta armonía, como defiende la corriente del legalismo chino, no cabe afirmar que haya otra autoridad diferente a la de lo sellado por el poder real. Como mucho cabe relativizarla, según el confucianismo, echando mano de la autoridad moral que se obtiene en virtud de la piedad filial y del estudio o, según en el taoísmo, en virtud de la filosofía naturalista que sitúa a la persona en dimensiones ajenas a las reglas políticas, un poco al estilo de los cínicos de la antigua Grecia.

La pertenencia a un orden armónico

Por eso, para el migrante chino la pertenencia a ese orden armónico sigue siendo tan importante. Un chino no puede aceptar fácilmente que haya esferas de legitimidad que se supervisan y limitan mutuamente: por ejemplo, la del poder ético-religioso y la del poder político. Tampoco puede desvincular como si nada origen civilizatorio y nacionalidad. Sin embargo, el chino sí estará dispuesto a unirse a pertenencias más abarcadoras, aceptando que exista la autoridad del gobierno chino y la autoridad de la ONU o el sentimiento de ser chino y a la vez habitante del planeta, todo según el ideal de una comunidad humana de destino compartido.

Oriente y Occidente tienen visiones diferentes de las condiciones que pueden hacer moral una vida humana en sociedad, pero hay algo en lo que coinciden: se ven a sí mismos como espacios donde existe un alto nivel de tolerancia y entendimiento. Históricamente, ambos entienden que la conquista de estos valores sociales no fue fácil, pero pasada una cierta fase de purificación –Renacimiento, Revolución Francesa o Segunda Guerra Mundial para Occidente; Unificación Han, Superación del periodo de los tres Reinos, Liberación comunista para China– han logrado apropiarse de este consenso social basado en la apertura al diferente dentro de su propio cuerpo social. Asímismo, Occidente mira a Oriente como espacio donde eso no se ha cumplido aún, y viceversa. Se miran, respectivamente, como torturadores o colonialistas.

En la encuesta publicada en abril de 2021 por el Centro Estadístico de la Opinión Pública Global se observa cómo el 72.1 % de los jóvenes chinos sienten que Occidente puede aprender de China en cuanto al “respeto por los derechos humanos (对人权尊重)”. Esto puede entenderse desde la clave de que, para los chinos, la protección sanitaria del pueblo por parte de los gobiernos ocupa un puesto muy central en este concepto. Al ver la gestión de los gobiernos occidentales de la pandemia sienten que se han vulnerado derechos fundamentales del pueblo.

Asímismo, la encuesta mostraba cómo el 63.5 % de los jóvenes chinos sienten que Occidente puede aprender de China en cuanto a democratización (民主化). Esto puede entenderse desde la clave de que para los chinos, la reducción de las diferencias entre ricos y pobres (que, en este caso, cuenta con un primer paso como es el rescate de la población de situaciones de pobreza) es un punto esencial de una sociedad democrática.

Como se puede percibir desde estos datos, es normal que una sociedad pudiente considere el propio espacio sociopolítico como un espacio más humano que la alternativa. Después de la cumbre de Glasgow, el diálogo intercultural Oriente-Occidente se presenta como una de las necesidades más acuciantes para las siguientes tres décadas del siglo XXI.The Conversation

Ignacio Ramos Riera, Prof. de RR. II. y coordinador de la China Task Force, Universidad Pontificia Comillas

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Author: viajes24horas

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