El relieve accidentado de nuestra ciudad, los frecuentes temblores y el vivo sol del trópico, condicionaron la forma en la que se construía en Santiago de Cuba. Las casas eran en su mayoría de una planta, con patios interiores que refrescaban el intenso calor y galerías interiores con abundante vegetación.

La madera era el material básico en toda construcción: la estructura de las paredes y el techo eran realizados con grandes horcones que permitían en los vaivenes de los terremotos que a casa danzara al compás y se mantuviera en pie. Los techos cubiertos por tejas criollas o francesas, bien en forma de colgadizo, o a dos, cuatro u ocho aguas, permitían a través de un sistema de canaletas recoger las aguas generosas de la lluvia y almacenarlas en los aljibes, elemento esencial en una ciudad donde, hasta el día de hoy, la sequía y la escasez del líquido vital han sido cotidianas.

Una característica que llamaba la atención a los que nos visitaban eran los llamativos colores con los que eran pintadas las fachadas de las casas, para evitar, como se decía, que el ardiente sol quemara la vista al observarlas. Los preferidos eran el amarillo y el rojo, pero la única norma, legislada incluso por las Ordenanzas Municipales de la Ciudad de Santiago de Cuba, era que no se podía usar el color blanco. De ahí que cronistas como Walter Goodman o Hippolyte Pirón hablaran del singular “pintarrajeado” de las construcciones, que nos conectan con el ámbito caribeño.

Por: Mayla Acedo Bravo en ORGULLO DE SANTIAGO