Excmo. y Rvdmo. Mons. Fray Bernardino de Mesa.

Natural de Toledo (España). Pertenecía a la orden de los Dominicos. Fue nombrado para la sede episcopal de Baracoa en el año 1516, pero no llegó a tomar posesión de ella nunca. Falleció en el año 1524.

Excmo. y Rvdmo. Mons. Fray Juan de Garcés.

Pertenecía a la orden de los Dominicos. Vino a Cuba en el año 1518, pero no hizo nada aquí ya que inmediatamente fue trasladado a la diócesis de Cozumel y de allí a la de Tlaxcala, conocida después por Puebla de los Ángeles, ambas en México. Este obispo nunca tomó posesión de la diócesis por lo cual ni a él ni a su antecesor se les considera históricamente hablando Obispos de Cuba.

Excmo. y Rvdmo. Mons. Fray Juan de Flandes.

Pertenecía a la orden de los Dominicos y era de nacionalidad francesa. Fue nombrado para este obispado en el 1526 pero su Santidad el Papa le mandó a que renunciara a este obispado y que fuera de Confesor y Capellán Mayor de la reina Doña Leonor, hermana del Emperador Carlos V, que por aquella época pasó a vivir a Francia con su esposo Francisco I.

 

 

Excmo. y Rvdmo. Mons. Fray Juan Witte.

Pertenecía a la Orden de los Franciscanos, con la autoridad de su Santidad el Papa León X erigió la catedral en la ciudad Primada de Cuba (Baracoa) en el año 1520, con lo cual esta villa recibió el título de Ciudad. El mismo trasladó en el año de 1522 el obispado y la Catedral Primada de Cuba de Baracoa a Santiago de Cuba, ya que por aquella época el gobierno central de la isla se encontraba en esta ciudad contando para ello con la autorización apostólica de S.S. el Papa Adriano VI y del Rey de España el Emperador Carlos V.

Este prelado nunca vino a nuestro país, aunque ejerció su autoridad episcopal desde Valladolid y así el 8 de marzo de 1523 erigió las dignidades del cabildo de la Catedral de Santiago de Cuba (Dean, Arcediano, Chantre, Maestre – Escuela, Tesorero, Arciprestre, Penitenciario, diez Canonicatos, 6 Racioneros, 3 Medios – Racioneros, 6 Capellanes de Coro, 6 Acólitos, Notario, Mayordomo, Pertiguero, Organista y Perrero).

Este obispo tiene el mérito de haber sido el fundador y Padre de la Diócesis Primada de Cuba. Renunció a este obispado en el año 1525, retirándose a un convento de la Orden Franciscana.

Excmo. y Rvdmo. Mons. Fray Miguel Ramírez de Salamanca.

Natural de Burgos. Pertenecía a la orden de los Dominicos. Fue predicado y confesor del Emperador Carlos V siendo nombrado Obispo de Cuba en el año 1527. En el año 1528 este prelado piso tierras cubanas y su primera ocupación fue la construcción de la Catedral de Santiago de Cuba, toda hecha de piedras. Las obras se hicieron por medio de limosnas recogidas por el pueblo y con los generosos donativos del Sr. Obispo, que la dotó de todo lo necesario para el culto, pues el Patronato Regio no ayudó en nada. El edificio fue terminado y consagrado en el 1530. Este piadoso prelado no pudo hacer grandes obras en su diócesis ya que salió de Cuba para España el 16 de agosto porque se vio obligado a renunciar a su cargo por su descontento con el Patronato Regio que entorpecía y frenaba su celo apostólico. Su renuncia fue aceptada en el año 1536.

Falleció en el Convento Dominico de San Pablo de Burgos (España) donde en la actualidad se encuentran sepultados sus restos.

 

 

Excmo. y Rvdmo. Mons. Fray Diego de Sarmiento.

Pertenecía a la orden de los Cartujos y era natural de Burgos, España. Fue nombrado Obispo de Cuba en el 1535 y llegó a esta diócesis en el 1536 e inmediatamente comenzó por orden del rey Felipe II una gran visita pastoral que abarcó no solo lo espiritual sino también lo material que había en Cuba, cuyos resultados fueron debidamente informados al Papa y al Rey. Contando con la autorización de S.S. el Papa Paulo III y del monarca español, volvió a España y en ella hizo renuncia de este obispado retirándose al Convento Cartujo de Santa María de las Cuevas de Sevilla en el cual falleció el 30 de mayo de 1547, siendo sepultado en el cementerio conventual.

 

 

Excmo. y Rvdmo. Mons. Fernando de Urango.

Natural de Azpeitía, provincia de Guipúzcoa. Fue nombrado Obispo de Cuba en el año 1551 y falleció en esta ciudad en el año 1556 siendo el primer obispo cuyos restos mortales fueron sepultados en nuestra Santa Iglesia Catedral. Muy poco se sabe de su gobierno episcopal.

 

 

Excmo. y Rvdmo. Mons. Dr. Bernardino de Villalpando

Natural de Talavera.

Fue designado Obispo de Cuba en el año 1559.

Hizo una visita pastoral a La Habana. En el año 1564 fue nombrado obispo de Guatemala. Su gobierno pastoral no tuvo pormenores interesantes.

Excmo. y Rvdmo. Mons. Dr. Juan del Castillo:

Natural de la Arquidiócesis de Burgos. Fue propuesto para Obispo de Cuba en el año 1567, siendo consagrado en la catedral burgalesa. Llega a Cuba en el año 1568. Aquí se encontró que los corsarios y piratas estaban haciendo toda clase de fechorías en la isla, especialmente saqueando los templos y que además el estado económico de Cuba era muy precario. En 1570 hizo su primera visita pastoral, y de ella le rindió un detallado informe al Rey, dándole noticias de las villas existentes en ese momento, distancias entre unas y otras. En total en toda la isla de Cuba habían solamente 157 españoles. En 1580 volvió a España y renunció al obispado de Cuba, y se le dio una abadía en Extremadura.

 

 

Excmo. y Rvdmo. Mons. Fray Antonio Díaz de Salcedo o.f.m.:

Natural de la ciudad de Burgos. Fue nombrado Obispo de Cuba en el año 1592. Realizó una interesante visita pastoral, siendo el primer obispo en visitar los territorios de la Florida en la América del Norte que por aquella época pertenecían a España, y por ende, estaban sujetas al cuidado pastoral del Obispo de Cuba. A este piadoso obispo le debe la ciudad y la Catedral de Santiago de Cuba, entre otras cosas, el haber promovido y extendido el culto al “Santo Cristo atado a la columna”, popularmente conocido en la arquidiócesis como el “Santo Ecce Homo”. En el año 1597 fue trasladado como obispo a Nicaragua.

 

 

Excmo. y Rvdmo. Mons. Fray Bartolomé de la Plaza o.f.m.:

Fue electo Obispo de Cuba en el año 1597. Poco se sabe de su gobierno episcopal, pues para algunos historiadores no llegó a tomar posesión del obispado, y para otros estuvo muy pocos meses en Cuba cuyo clima no le probó a su salud. Se desconoce hasta ahora la fecha de la terminación de su gobierno episcopal.

 

 

Excmo. y Rvdmo. Mons. Fray Juan de las Cabezas Altamirano o.p.:

Natural de Zamora. Fue nombrado Obispo de Cuba en el año 1602, llegando a La Habana en el 1603, partiendo inmediatamente a Santiago de Cuba en visita pastoral de cada villa, caserío o rancherío que encontraba a su paso. Al llegar a Bayamo fue capturado en la hacienda de Paradas junto a Fray Diego Sánchez o.p. y del canónico Dr. Don Francisco de la Puebla por el pirata Gilberto Girón quien los llevó descalzos y maniatado desde Bayamo hasta Manzanillo permaneciendo todos en el buque pirata 83 días, pidiendo el malhechor un fuerte rescate por ellos. Fueron rescatados vivos por el capitán Gregorio Ramos, el negro esclavo Salvador Golomón y otros vecinos de Bayamo, luego de lo cual el obispo pudo continuar su visita pastoral y llegar por fin a Santiago de Cuba, donde encontró su catedral incendiada por los piratas, sin ornamentos, vasos sagrados, imágenes, campanas, etc. Todo esto hizo que el nuevo obispo pidiera el traslado de la Catedral de Cuba para La Habana, villa mejor protegida por su sistema de fortalezas de los ataques de los corsarios y piratas, pero a su petición se opusieron tanto el gobernador civil y militar como el cabildo eclesiástico. Este obispo fue el segundo en visitar los territorios de América del Norte que pertenecía a este obispado. Construyó el primer Palacio Episcopal que tuvo esta ciudad en las calles Catedral y San Juan Nepomuceno (Heredia y Corona), donde otrora estuvo el Colegio de La Salle, y en la actualidad se encuentran las oficinas del Conservador de la Ciudad. Fue un obispo muy trabajador e incansable por el bien de los feligreses, bondadoso y caritativo, y muy querido por todos. Hizo varias visitas pastorales por su extensa diócesis. En el año 1610 fue nombrado Obispo de Guatemala, siendo despedido por sus feligreses con sentidas manifestaciones de cariño.

Excmo y Rvdmo Mons. Fray Alonso Enríquez de Armendáriz.

Nació en Sevilla y perteneció a la orden de los mercedarios. Este obispo era descendiente de los reyes de Navarra. Fue nombrado obispo de Cuba en el año 1611 y cuando llegó a Santiago de Cuba para hacerse cargo de su obispado, se encontró que la población y la Iglesia eran tan pobres que no había siquiera aceite para la lámpara del Santísimo Sacramento y éste se alumbraba con una pequeña hoguera en un recipiente de cobre que el vecindario mantenía trayendo leña. A su llegada tuvo roces con el cabildo catedralicio y el gobernador militar por cuestiones eclesiásticas que el señor obispo supo resolver con mucha caridad y tacto. Trató de trasladar el obispado de Santiago de Cuba para La Habana pero no tuvo éxito en sus gestiones. Hizo tres visitas pastorales por su extensísima diócesis, y en la tercera acordó con el cabildo catedral que iría al sínodo provincial que iba a efectuarse en Santo Domingo. Regresó a La Habana y convocó un sínodo de su diócesis de Cuba, el cual no llegó a celebrarse porque el señor obispo fue trasladado para el obispado de Michoacán (México) en el año 1624. Reedificó varias iglesias en su extensa diócesis, edificó otras y creó algunas parroquias. En términos generales, su gobierno fue fructífero y el obispo dejó a su partida gratos recuerdos entre sus diocesanos.

Excmo y Rvdmo Mons. Fray Gregorio de Alarcón.

Perteneció a la orden de los agustinos. Fue obispo de Cáceres en Filipinas y promovido a Santiago de Cuba. Embarcose en el puerto de Cádiz rumbo a su diócesis, pero falleció junto a la Saona, pequeña isla de Barlovento, y su cuerpo revestido de pontifical y envuelto en una sábana fue arrojado al mar.

 

 

Excmo y Rvdmo Mons. Fray Leonel de Cervantes y Carvajal.

Perteneció a la orden de los franciscanos. Nació en México y fue obispo de Santa Marta (Colombia). Fue promovido para este obispado el 6 de agosto de 1625, llegando a Cuba el 20 de septiembre de 1627. Hizo el primer inventario de los bienes y objetos del culto de su catedral, que eran muy reducidos por la pobreza de la Iglesia de Cuba. Al salir a su primera visita pastoral, dejó en Santiago de Cuba sólo tres sacerdotes porque los otros se habían trasladado para La Habana o para distintas villas del interior de la isla ya que la vida en Santiago de Cuba era muy difícil y peligrosa debido a los constantes ataques de corsarios y de piratas. En septiembre del año 1628 fue trasladado al obispado de Guadalajara y el 15 de mayo del año 1635 fue nombrado obispo de Oaxaca. Falleció en México en el año 1637, siendo sepultado en el convento de San Francisco de Asís de aquella ciudad.

Excmo y Rvdmo Mons. Fray Gerónimo Manrique de Lara.

Nació en Valladolid y pertenecía a la orden de los mercedarios. Fue electo obispo de Cuba el 6 de septiembre de 1630. Visitó toda su extensa diócesis durante el año 1633. Murió en La Habana el 22 de junio de 1644, donde fue sepultado, dejando todos sus bienes a la catedral de Santiago de Cuba.

Excmo y Rvdmo Mons. Dr. Martín de Zelaya y Ocariz.

Perteneció al clero diocesano. Fue nombrado obispo de Cuba el 31 de enero del año 1646 y, aunque recibió las bulas de la Santa Sede renunció a este obispado sin haber nunca venido a Cuba, fijando su residencia en Salamanca de cuya catedral fue canónico.

Excmo y Rvdmo Mons. Nicolás de la Torre.

Pertenecía al clero diocesano. Nació en México de cuya catedral fue canónico penitenciario y Deán. Fue nombrado obispo de Honduras pero renunció a ese obispado. Luego el 24 de marzo de 1651 fue preconizado para el obispado de Cuba tomando posesión por poder, llegando a la Habana en 1652. Falleció en La Habana el 4 de julio de 1655 sin haber hecho nunca visita pastoral a sus diócesis ni venido a Santiago de Cuba. Por su propia voluntad, su cadáver fue sepultado en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Guanabacoa, de donde varios años después serían trasladados a la catedral de México por petición de su cabildo.

Excmo y Rvdmo Mons. Dr. Juan de Montiel.

Pertenecía al clero diocesano. Fue nombrado obispo de Cuba en el año 1655, tomando posesión de su diócesis por poder desde el barco que lo llevaba a América por medio de una carta que escribió al Deán y cabildo de la catedral el 20 de mayo de 1656 en cuyo documento les notificaba su elección y que pasaba a consagrarse a la Nueva España (México), donde recibió la consagración episcopal el 30 de agosto de 1656. Llegó a La Habana y se mantuvo en aquella ciudad sin nunca visitar su diócesis ni tomar posesión de la catedral de Santiago de Cuba. Falleció en aquella ciudad el 23 de diciembre de 1657, siendo sepultado el la Iglesia Parroquial Mayor.

Excmo y Rvdmo Mons. Dr Pedro de Reyna Maldonado.

Pertenecía al clero diocesano. Había nacido en la ciudad de Lima (Perú). Fue nombrado obispo de esta ciudad el 27 de abril de 1658 y en agosto de 1659 estando en La Habana recibió las bulas del Papa y preparando el viaje para ir a la Nueva España para recibir la consagración episcopal enfermó repentinamente y murió el 5 de octubre de 1660, su cuerpo fue sepultado en la Parroquial mayor de San Cristóbal de La Habana.

 

 

Excmo. Y Rvmo. Mons. Dr. Juan de Santo Matías Saenz de Mañosca y Murillo.

Natural de México. Pertenecía al clero diocesano. Era doctor en Derecho Canónico de la Universidad de Lima, abogado del Santo Oficio, canónigo doctoral de la metropolitana de Lima y Maestre-escuela de la diócesis de Arequipa. Fue nombrado Obispo de Cuba en el año 1661 y consagrado en la Catedral Metropolitana de México, tomando posesión de este obispado por medio de su apoderado el Chantre Dr. Moya el 25 de junio de 1663, y el 6 de agosto del mismo año llegó a La Habana. A principios de junio de 1664 llegó a Santiago de Cuba y tomó posesión de su Catedral a la cual regaló, entre otras cosas, el hermosísimo cuadro de Nuestra Señora de Guadalupe que se venera hasta nuestros días en la Catedral, redactando un documento de propia mano en el que ordenaba que este cuadro así como su altar estarían al culto en el templo catedralicio a perpetuidad, deseo que se ha respetado hasta nuestros días. Durante su gobierno episcopal varias poblaciones de la isla de Cuba fueron atacadas y saqueadas por pirata Henry Morgan entre ellas Santiago de Cuba. Más tarde nuestra Santa Iglesia Catedral fue saqueada y quemada por el pirata Dolley, pero el cabildo catedralicio ante la inminencia del ataque sacó del templo y escondió convenientemente los vasos sagrados, ornamentos, imágenes, etc., salvándose así entre otras cosas el cuadro del santo Ecce Homo y el de la Virgen de Guadalupe. Inmediatamente el obispo la reconstruyó ya que las paredes y toda la mampostería del templo quedó en pie. Para estas obras tuvo que hacer grandes sacrificios pues la pobreza de la ciudad y la Iglesia eran grandes. Como dato interesante de la vida de este obispo en Cuba, podemos contar que yendo de visita pastoral a Bayamo, en el pueblito de Baire, se le apareció el ilustrísimo Mons. Juan de Palafox y Mendoza, que había sido obispo de Puebla de los Ángeles y de Osma, muerto años antes en olor de santidad y le predijo que tendría tres mitras, lo cual se cumplió pues fue obispo de Cuba, luego de Guatemala y finalmente de Puebla de los Ángeles en México. Estuvo en Santiago de Cuba hasta principios del mes de septiembre del año 1667, en que viajó a La Habana para embarcarse rumbo a su nueva diócesis de Guatemala, lo cual realizó el 4 de marzo de 1668. En su nueva diócesis y por circunstancias políticas especiales, y contando con la autorización de la Santa Sede, se vió precisado a ocupar el cargo de Presidente, Gobernador y Capitán General de aquella audiencia, cargos que desempeñó con una caridad y tactos admirables. Estando allí fue nombrado obispo de Puebla de los Ángeles en México, cargo que no pudo ocupar porque le sorprendió la muerte el 13 de febrero de 1695, días antes de embarcarse. Por voluntad propia, sus restos mortales fueron enterrados en su Catedral donde descansan en la actualidad.

Excmo. y Rvmo. Mons. Fray Alonso Bernardo de los Ríos Guzmán.

Pertenecía a la orden de los Trinitarios. Fue electo obispo de Cuba en el año 1667, tomando posesión de su obispado por poder en la persona del canónigo Dr. Don Juan de Cisneros. Llegó a Santiago de Cuba en junio de 1671, entrando solemnemente en la Catedral el mismo día de su llegada. Trató de continuar la reedificación de la Catedral santiaguera iniciada por su antecesor dando para las obras de su peculio personal 1000 pesos oro, no pudiendo ver terminada las obras porque ese mismo año fue nombrado obispo de Ciudad Rodrigo en España, saliendo para La Habana en el mes de septiembre. Años después fue nombrado arzobispo de Granada, en cuya ciudad murió, siendo sepultado en su Catedral. Su gobierno episcopal no tuvo pormenores interesantes.

 

 

Excmo. y Rvmo. Mons. Dr. Gabriel Díaz Vara Calderón.

Pertenecía al clero diocesano, era capellán de honor y juez de la Real Capilla, administrador del hospital del Buen Suceso en Madrid y canónigo de la Catedral de Ávila. En el año 1671 fue nombrado obispo de Cuba, siendo consagrado en la catedral de Sevilla, tomando posesión de su obispado por poder en la persona del Deán Dr. Moya. Llegó a Santiago de Cuba el 6 de septiembre de 1673, y al día siguiente celebró su primera misa pontifical en la iglesia del convento de San Francisco de Asís de esta ciudad, porque la catedral estaba siendo reconstruida. Inmediatamente comenzó la visita pastoral por su extensa diócesis, en ocasiones se internó tanto en busca de poblados y bohíos que se perdió tierra adentro con sus acompañantes. En el año 1674 se embarcó rumbo a la Florida para visitar las tierras norteñas, que por aquel entonces pertenecían al obispado de Cuba. Durante esta visita pastoral logró muchas conversiones a la fe católica y según consta confirmó a más de 3152 personas. En mayo de 1675 regresó a La Habana, convocando a un Sínodo diocesano para el año siguiente, el que no pudo efectuarse por haber fallecido el señor obispo el 16 de marzo de 1676, siendo sepultado en la Parroquial Mayor de esa ciudad.

Excmo. y Rvmo. Mons. Dr. Juan García de Palacios.

Natural de México. Pertenecía al clero diocesano y era provisor y tesorero de la Catedral de Puebla de los Ángeles (México). El 13 de septiembre de 1677 fue nombrado obispo de Cuba, tomando posesión por poder de su nueva diócesis en al persona del canónigo Dr. Antonio Bejerano y Valdés el 12 de marzo de 1679.

En el mes de noviembre del mismo año llegó a La Habana e inmediatamente efectuó el sínodo diocesano convocado por su antecesor, que comenzó el 2 d e junio de 1680 en la ciudad de La Habana, con asistencia del Deán y Cabildo de la Catedral santiaguera así como de numeroso clero. Este Sínodo diocesano es el primer intento serio de organizar la iglesia católica en Cuba. El documento original con las sabias conclusiones del mismo ha sido convenientemente restaurado y se encuentra expuesto en el Museo Arquidiocesano bajo el cuadro de este obispo. En el mes de marzo de 1681, llegó a Santiago de Cuba y tomó posesión de su Catedral, celebrando al día siguiente una misa privada en el altar de la Virgen de Guadalupe de la misma. Dio varias disposiciones muy sabias para el gobierno de la diócesis. Falleció en Santiago de Cuba el 1º de junio de 1682 y transitoriamente fue sepultado en la iglesia del convento de San , porque en aquel momento la Catedral aún se encontraba en obras; al terminarse las mismas sus restos mortales fueron trasladados solemnemente y sepultados en el coro de los canónigos del nuevo templo catedralicio. Una de las cosas más importantes que hizo este celoso pastor fue la creación de la capilla de música de nuestra santa iglesia catedral, la que dotó de su peculio personal y que sin lugar a dudas hizo un aporte importantísimo a la cultura musical de Cuba.

Excmo. y Rvmo. Mons. Fray Baltasar de Figueroa.

Pertenecía a la orden de San Bernardo y fue nombrado obispo de Cuba en le año 1683 y consagrado ese mismo año en España. Estando en Cádiz para embarcarse para Cuba falleció a mediados de septiembre de 1684, y por especial deferencia del señor arzobispo de aquella ciudad española, su amigo personal, fue velado y sepultado en aquella Catedral donde en la actualidad descansan sus restos.

 

 

Excmo. y Rvdmo. Mons. Dr. Diego Evelino de Compostela

Pertenecía al clero diocesano. Era cura párroco de la parroquia de Santiago Apóstol de Madrid cuando fue nombrado obispo de Cuba en el año 1686 y por propia voluntad fue consagrado en su antigua parroquia. En el año 1687 se embarcó en la flota que venía para América y estando a vista el Castillo del Morro en el puerto de Santiago de Cuba pidió con insistencia que lo dejasen en tierra firme pero no lo consiguió por el mal tiempo imperante y tuvo que irse hasta Veracruz (México) después de una larga y penosa travesía. Por fin el 17 de noviembre de 1687 llegó a La Habana, donde se mantuvo todo el tiempo de su gobierno episcopal. Nunca vino a Santiago de Cuba, ni tomó posesión de su Catedral. No obstante terminó la tan dilatada reconstrucción de la Catedral santiaguera. En 1689 fundó en la ciudad de La Habana el Seminario San Ambrosio para formar sacerdotes diocesanos cubanos, pues el señor obispo se había dado cuenta de que la solución definitiva de la escasez de clero de nuestro país estaba en que jóvenes nacidos aquí se formaran como sacerdotes. Creó y dotó con todo lo necesario para el culto muchas iglesia y parroquias en toda la isla, entre ellas cabe destacar que en 1690 erigió en parroquia la ermita de San Luis Obispo del poblado del Caney, regalándole de su peculio personal la imagen del Santo Patrono que se conserva y venera en la actualidad. A este celoso pastor se le debe en Cuba la introducción de la vida contemplativa femenina (monjas de clausura) que tanto bien han hecho y hacen en la iglesia cubana y universal, pues fue él quien trajo a las Carmelitas Descalzas y a las Dominicas que todavía tienen su monasterio en La Habana. En aquella ciudad construyó la iglesia del Santo Ángel Custodio, y las ermitas de San Ignacio, San Isidro y Belén, trayendo a su cargo a los religiosos que fundaron en ellas sus casas. Para educar a los niños y a las niñas fundó en La Habana dos colegios. Bajo su gobierno episcopal se hizo la colocación de la primera piedra para una nueva catedral en Santiago de Cuba, pues la anterior había sido seriamente dañada por un incendio. El 27 de julio de 1692 terminó la construcción de la capilla del Santísimo Sacramento de su Catedral, que estaba situada donde hoy se encuentra el Museo Arquidiocesano, en el 1695 concluyó la capilla de San José donde hoy está la sacristía de la Catedral, regalando la imagen del Santo Patriarca que se veneró hasta el año 1854 y hoy se conserva en el Museo. Fundó hospicios y la Real Casa Cuna con treinta mil pesos oro de sus rentas. Fundó el hospital de convalecientes de Belén, instalando a los padres Belemitas para su servicio. Fundó un leprosorio al que llamó San Lázaro y que terminó su sucesor. La ciudad de Santa Clara, en Las Villas, fue fundada por este activo obispo en 1689. En el año 1701 terminó la construcción de la iglesia de Santa Lucía Virgen y mártir en Santiago de cuba, a la cual dotó de todo lo necesario para el culto. Falleció en La Habana el 29 de agosto de 1704, y en su testamento expresó que quería descansar y resucitar entre los lirios del Carmelo, por lo cual fue sepultado en la iglesia del convento de Santa Teresa de Jesús, de las Madres Carmelitas Descalzas, en La Habana donde reposan en la actualidad, y su corazón convenientemente embalsamado se encuentra expuesto en una urna de cristal en medio del coro alto de dicho convento carmelitano.

 

 

Excmo. y Rvdmo. Mons. Fray Gerónimo de Nosti y Valdés (Fray Gerónimo Valdés)

Nació en Aramil (Asturias). Perteneció a la orden de San Basilio Magno. Fue catedrático en Alcalá, Abad y provincial de su orden. En 1705 fue nombrado obispo de Cuba, recibiendo la consagración episcopal en Madrid el 23 de diciembre del mismo año. Tomó posesión de su obispado en la persona del Chantre Andrés de Olmos, el 27 de abril de 1706. Se embarcó para Cuba y arribó a la isla por Baracoa, partiendo inmediatamente hacia La Habana, llegando el 13 de mayo de 1706. Visitó la ciudad de Puerto Príncipe (Camagüey) en 1707, y el 29 de junio consagró en la parroquial mayor de aquella villa al recién nombrado arzobispo de Santo domingo Mons. Fray Francisco del Rincón de la Orden de los Mínimos. Vuelto a La habana, salió en el año 1711 a realizar una gran visita pastoral de Occidente a Oriente, visitando todas las villas, rancheríos y caseríos que encontraba a su paso. Llegó a Santiago de Cuba el 8 de diciembre, tomando posesión de su Catedral, permaneciendo en esta ciudad hasta el 16 de febrero de 1716. Al regresar a La Habana, terminó la construcción de la Casa Cuna que había iniciado Mons. Diego E. de Compostela, y en un acto de caridad cristiana dio su ilustre apellido a todos los niños y niñas expósitos que viviesen en aquella institución. Terminó la construcción del Hospicio de San Isidro y el Hospital de Belén, iniciados también por su antecesor. Construyó de su peculio particular la Capilla Mayor de la iglesia parroquial del Espíritu Santo en La Habana. En 1714 terminó las obras del leprosorio San Lázaro, comenzado por Mons. Compostela. Trajo a Cuba a los Padres de la Compañía de Jesús, que se establecieron en la ciudad de La Habana en agosto de 1720. El 14 de abril de 1722 fundó en Santiago de Cuba el colegio Seminario de San Basilio Magno, primer centro de enseñanza superior de la isla de Cuba, pues estaba convencido al igual que su antecesor de que Cuba debía y podía tener el clero nativo que necesitaba para cubrir la necesidades pastorales de la Isla, con lo cual se adelantó en mucho a la mentalidad de la época que propugnaba que los criollos no eran aptos para el sacerdocio. Con cinco mil pesos oro de sus rentas compró todas las casas situadas en las calles San Juan Nepomuceno (Corona) y San Basilio (Masó) para instalar en ellas, convenientemente restauradas y unidas entre sí, el Seminario, que funcionó en ese mismo lugar hasta el año 1930 que fue trasladado para El Cobre por Mons. Zubizarreta al nuevo edificio construido allí. Cabe destacar que en este local funcionó la primera imprenta que tuvo la zona oriental del país, así como la primera biblioteca pública. En 1723 fundó en La Habana La Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo para la formación de profesionales cubanos, encargando su dirección a los muy cultos padres Dominicos. Construyó a lo largo y ancho de la Isla muchas iglesias, capillas y ermitas, dotándolas de todo lo necesario para el culto. En Santiago de Cuba construyó el templo de Santo Tomás Apóstol en 1715, aprovechando convenientemente los terrenos de la antigua ermita de Jesús Nazareno y el cementerio colindante a la misma. Por orden suya se construyó en mitad de la iglesia del lado de la epístola una digna capilla con su altar para colocar en ella la preciosa imagen tallada en madera de Jesús Nazareno caído a tierra bajo el peso de la Cruz, que todavía está al culto en este templo parroquial; esta Capilla en la actualidad ha sido convenientemente remozada para utilizarla en la reserva del Santísimo Sacramento. En 1726 elevó el templo de Santo Tomás a auxiliar de la Catedral, lo mismo hizo con el Santuario Arquidiocesano de nuestra Señora de los Dolores. Utilizó un legado que le hicieron personalmente para hacer reparaciones de importancia en su catedral, entre ellas, se construyeron los arcos que se remataron con elegantes molduras doradas. Después de un largo y agotador trabajo pastoral murió en La Habana a los ochenta y tres años de edad, y veintitrés de gobierno episcopal. Por deseo expreso suyo, fue sepultado en la iglesia parroquial del Espíritu Santo en su Capilla Mayor del lado del Evangelio, donde descansan en la actualidad, en un magnífico sepulcro esculpido en piedra.

Excmo. Rvdo. Mons. Dr. Francisco de Serregui

Fue nombrado obispo de Cuba en el año 1769, pero aunque recibió las Bulas de Roma, renunció a su cargo.

Excmo. Rvdo. Mons. Fray Gaspar de Molina

Natural de Mérida. Pertenecía a la orden de los Agustinos dentro de la cual había sido prior de diferentes conventos, padre provincial, asistente y general honorario de su orden. Fue nombrado obispo de Cuba en el año 1729 y consagrado en Madrid a principios d el año 1730. Estándose preparando para venir a Cuba fue nombrado arzobispo de Barcelona, por lo cual nunca llegó a venir a Cuba, pero tampoco pudo tomar posesión de esa arquidiócesis catalana porque se le dio un importante cargo en la corte. Estando desempeñando sus funciones la Santa Sede lo nombró arzobispo de Málaga pero el rey nunca le permitió tomar posesión de su nueva diócesis alegando que lo necesitaba en la Corte como Gobernador del Consejo de Castilla y Comisario General de la Santa Cruzada. Como premio al buen desempeño d e sus funciones, el rey logró de la Santa Sede que fuera nombrado Cardenal. Falleció el 15 de agosto de 1745 y fue sepultado en la Iglesia Colegiata de San Isidro Labrador de Madrid, donde descansa en la actualidad.

 

 

Excmo. Rvdo. Mons. Fray Juan Lazo de la Vega y Cansino

Nació en Carmona, España. Pertenecía a la orden Franciscana. Era lector titulado, definidor general más antiguo de su orden y guardián de su convento de Sevilla. Fue nombrado obispo de Cuba en el mes de enero de 1731, pero él no quiso aceptar el nombramiento alegando su vocación contemplativa, entonces el superior general de la Orden Franciscana lo obligó a aceptar el nombramiento por santa obediencia, siendo consagrado en su convento de Sevilla el 20 de abril de 1732. Se embarcó para Cuba en junio del mismo año, llegando al puerto de Santiago de Cuba el 1ro de octubre. El día dos celebró su primera misa pontifical en la desaparecida iglesia del convento de San Francisco de Asís, donde hoy se levanta el Museo Emilio Bacardí, con cuyo acto tomaba posesión de su diócesis y su catedral. Debemos destacar que para esta fecha la catedral santiaguera se encontraba en ruinas y por eso este acto tan importante para el nuevo obispo tuvo que celebrarse en dicho templo franciscano que era el más grande Santiago de Cuba en aquellos tiempos. Permaneció en Santiago de Cuba hasta el 9 de diciembre, en que partió para La Habana por tierra adentro, realizando una inmensa visita pastoral de Oriente a Occidente visitando todas las villas, caseríos y rancheríos por donde pasaba, lo cual le ocupó varios meses y lo dejó exhausto. Llegado a La Habana y recuperado de tan gran esfuerzo se ocupó en reorganizar la iglesia en aquella ciudad. Construyó en el año 1738 el inmenso convento de San Francisco de Asís y su hermosa Iglesia, que no ha tenido nada parecido en suntuosidad y belleza en Cuba. Luchó contra el vicio en todas sus formas, principalmente contra la prostitución y el juego que estaban muy arraigados en la capital, consiguiendo moralizar notablemente las costumbres habaneras. Construyó y dotó varias iglesias en toda la isla, erigiendo muchas de ellas en parroquia. Este obispo fue un docto moralista, por lo cual estableció conferencias de moral que se tenían todos los jueves en la tarde en el Seminario de La Habana, a las cuales el asistía personalmente, tomando parte activa en las controversias y argumentaciones de los teólogos, moralistas y seminaristas y aclarando las posibles dudas y corrigiendo los errores que surgieran. En el año 1740 hizo otra gran visita pastoral por su extensa diócesis, esta vez de occidente a oriente, de la que regresó muy enfermo. Falleció en La Habana el 17 de agosto de 1752, siendo sepultado en la Iglesia Parroquial Mayor de esta ciudad.

Excmo. Rvdo. Mons. Dr. Pedro Agustín Morell de Santa Cruz de Lora

Nació en Santo Domingo y era sacerdote diocesano. Fue preconizado obispo de Cuba en el año 1753, a cuya sede ya se encontraba muy vinculado porque había sido provisor de su antecesor Mons. Juan Lazo de la Vega y Deán de la Catedral santiaguera. Debemos destacar que antes del nombramiento para la sede cubana, Mons. Morell de Santa Cruz había sido obispo de Nicaragua del 1749 a 1753. Tomó posesión de su nueva diócesis llegando a La Habana en 1754. Una de las primeras cosas que hizo al tomar posesión fue pedir a la Santa Sede y al rey que se nombrara otro provisor y vicario para poder gobernar mejor su extensa diócesis, lo cual consiguió con el nombramiento de Don Santiago José de Hechavarría y Elguezúa, nacido en Santiago de Cuba, para provisor de La Habana, y que años más tarde sería su dignísimo sucesor en el gobierno de la sede cubana y de Don Toribio de la Bandera para provisor de Santiago De Cuba. En el año 1756 comenzó su primera visita pastoral no dejando poblado ni iglesia a todo lo largo y ancho de la Isla de Cuba sin visitar. Construyó muchas iglesias y erigió otras en parroquias. En este mismo año autorizó a los padres jesuitas a abrir un colegio en Camagüey. Hombre de exquisito gusto y muy amante de la dignidad del culto, se preocupó de dotar todos los templos con lo necesario para el culto, pero especialmente fue en su muy querida catedral donde brillo más su generosidad; entre otras cosas le regaló el hermoso altar barroco laminado en oro que tuvo nuestra catedral hasta que en el año 1854 fuera trasladado por San Antonio María Claret a la iglesia de San Francisco donde se encuentra en la actualidad; el frontal de plata sobredorada con los relieves de la Virgen del Rosario, San Pedro Apóstol y San Agustín que se encuentra en el altar de la capilla del Sagrario; una rica custodia grande toda de oro para procesiones muy adornada con esmeraldas y perlas finas, que le regaló el Conde de Albemarle en el año 1763 como desagravio por la expulsión que le hizo bajo su gobierno en Cuba cuando la toma de La Habana por los ingleses, y que fuera sacrílegamente robada de la catedral a finales del siglo XIX; un cáliz de oro grabado en esmeraldas; ternos de todos los colores litúrgicos ricamente bordados en hilos de oro. Regaló un crucifijo tamaño natural articulado, así como un hermosísimo sepulcro de ébano con inmensos guardabrisas de bacará para la procesión del Santo Entierro; las andas con sus molduras doradas para la Virgen Dolorosa y sus inmensos guardabrisas de bacará, todo lo cual se conserva y se usa en la procesión del Viernes Santo en la catedral actualmente. La hermosa imagen tamaño natural de Cristo Resucitado que todavía se venera durante todo el tiempo pascual en la Catedral; siendo interminable enumerar los numerosos regalos que hizo este generoso obispo a los templos de Cuba. En el año 1758 fundó en Santiago de Cuba el hospital de Belén, edificio convertido hoy en escuela primaria en el barrio del Tivolí, trayendo a los padres belemitas desde La Habana para su servicio, pagando su sustento de su peculio particular mientras vivió. Muy amante de la cultura escribió al rey en el año 1759 pidiendo su autorización para fundar en Santiago de Cuba una Universidad al estilo de la de La Habana, que sería regentada según sus deseos por los muy cultos padres Dominicos, pero dicha autorización no le fue concedida, no por esto el Señor Obispo renunció a su proyecto ni dejó de insistir ante las autoridades coloniales que no veían con buenos ojos la superación cultural de los criollos. Durante su gobierno pastoral los ingleses tomaron la ciudad de La Habana en 1762 y fue inevitable el enfrentamiento entre el obispo Morell de Santa Cruz y el Conde Albemarle jefe de las fuerzas de intervención inglesas quien lo deportó a la Florida en una fragata de guerra inglesa y allí estuvo hasta que por gestiones del clero y de las personas más influyentes de la Isla le fue suspendido tan injusto castigo por el General Keppel sucesor de Albemarle, y así pudo regresar a Cuba el 3 de mayo de 1763 siendo recibido apoteósicamente por el pueblo y el clero. Aún en el destierro este celoso pastor no se mantuvo ocioso, sino que consiguió para su catedral un fragmento de la verdadera Cruz en que murió Cristo (lignum crucis) y otro del manto de la Virgen María, reliquias auténticas San Joaquín y Santa Ana, de San Pedro y San Pablo, y el cráneo de San Feliciano mártir. A él se debe la introducción en Cuba de la apicultura, que fue y es desde entonces una fuente de riqueza para Cuba. El 11 de junio de 1766 a media noche, la ciudad de Santiago de Cuba fue sacudida por un horrible terremoto que duró siete minutos, donde hubo muchos muertos y heridos, casi todos los templos dañados y la santa Iglesia Catedral quedó en ruinas. Inmediatamente solicitó y obtuvo del rey los fondos necesarios poniendo de sus rentas el dinero que faltaba acometió la ardua tarea de la reconstrucción del máximo templo santiaguero y de todas las iglesias que habían sido dañadas ayudando también generosamente a todas las personas necesitadas. Otro gran golpe moral recibió cuando el rey Carlos III decretó la expulsión de los padres jesuitas de todos sus dominios, con lo cual se cerraron en Cuba dos grandes colegios donde se educaban muchos niños. En el año 1767 logró de la Santa Sede que se le nombrara un obispo auxiliar en la persona de su gran amigo el canónigo santiaguero Don Santiago José de Hechavarría y Elguezúa, el cual fue consagrado en La Habana el 2 de octubre de 1768 por el Exmo y Rvdo Mons Fray Isidoro Rodríguez arzobispo de Santo Domingo pues Mons. Morell de Santa Cruz estaba ya tan enfermo que no pudo asistir a la ceremonia como era su deseo y sólo pudo desde su cama imponerle las manos simbólicamente al recién consagrado obispo, quitándose del dedo anular derecho el anillo episcopal y con mano temblorosa lo colocó en el dedo del que sería su ilustre sucesor. El 30 de diciembre de 1768 murió en aquella ciudad este celoso pastor a la edad de 74 años, siendo sepultado en el cementerio anexo a la parroquial Mayor de La Habana. Al morir dejó escritas dos magníficas obras tituladas “Relación histórica de los primitivos obispos y gobernantes de Cuba” e “Historia de la Isla y Catedral de Cuba”, ambas obras de inestimable valor histórico cultural, son obligadas fuentes de consulta para todo el que quiera escribir seriamente desde el siglo XVI hasta 1768.

 

 

Exmo y Rvdo Mons. Dr. Santiago José de Hechavarría y Elguezúa.

Natural de Santiago de Cuba, donde nació el 24 de julio 1725. Era doctor en Sagrada Teología, sagrados cánones y filosofía de la Universidad de San Jerónimo de La Habana, donde años mas tarde fue un excelente catedrático de Sagrados Cánones. Era obispo auxiliar de cuba cuando a la muerte de Mons. Morell de Santa Cruz fue designado por su santidad el papa obispo de la diócesis cubana el 3 de agosto de 1769, tomando posesión de la misma en el año 1770. Llegó a Santiago de Cuba en el mes de agosto, siendo recibido con frenético entusiasmo por sus coterráneos santiagueros y el 15 de agosto, solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María en cuerpo y alma al cielo, titular de la Santa Iglesia Catedral de Santiago de Cuba, tomó posesión de su diócesis, cantando una solemne misa pontifical en el máximo templo de esta ciudad abarrotado de toda clase de personas que desde el principio se identificaron plenamente con el que sería su Padre y Pastor. En 1772 fundó en La Habana en estrecha colaboración con el Marqués de la Torre una casa para mujeres desvalidas, vagabundas y viciosas con el nombre de “Casa de Recogida de San Juan Nepomuceno”. En 1774 trasladó el Seminario de San Ambrosio al edificio donde se encuentra en la actualidad, aumentando el número de cátedras y becas, sobre todo para jóvenes criollos y le puso el nombre de San Carlos y San Ambrosio que ostenta hasta nuestros días. Erigió varias parroquias en toda la Isla y, contando con la colaboración del Marqués de la Torre, de quien era muy amigo construyó el Hospital de San Juan de Dios, trayendo a los religiosos hospitalarios que todavía lo atienden. Hizo valiosos regalos a su Catedral: un Cáliz de Oro cincelado y adornado con esmeraldas y un Copón de oro fino. Era devotísimo del Santo Cristo de la Misericordia que se venera en al iglesia de Santa Lucía para cuyo altar regaló seis candeleros de plata. Donó para el altar de Nuestra Señora de la Caridad mil onzas de plata pura, con las cuales se enriqueció. Dicho altar se conserva en la actualidad en la capilla de los milagros de la Basílica cobrera.

Con gran tino reorganizó su querido seminario de San Basilio Magno de Santiago de Cuba, del cual había sido alumno en su juventud; se preocupó por la alimentación de los seminaristas que desde su época de estudiante y en años posteriores había sido muy deficiente, organizando el menú semanal y de días de fiesta. Favoreció extraordinariamente el colegio para seglares que funcionaba en los locales del seminario, aumentando las becas, que sólo se otorgarían a estudiantes criollos, pagándolas con sus rentas. Puso al corriente todos los programas de estudio en el seminario, sobre todo las clases de teología moral que estaban suspendidas desde hacía años y fomentó mucho en todos los órdenes la calidad de la enseñanza en los dos seminarios cubanos, a los que regaló bibliotecas completas con lo más avanzado que había impreso en la época, no sólo en las ciencias sagradas sino en las profanas. Ordenó que en ambos seminarios fueran recibidos jóvenes criollos que dieran muestra de verdadera vocación sacerdotal, especialmente entre los hijos del patriciado criollo, del cual él formaba parte y con el que se sentía plenamente identificado. El clero criollo fue ampliamente favorecido y apoyado por este celoso obispo santiaguero, y nunca antes en la historia eclesiástica de nuestro país los sacerdotes nativos ocuparon tan altas dignidades en el Cabildo de la Catedral así como en las principales parroquias de Cuba como sucedió bajo el gobierno episcopal de Mons. De Hechavarría y Elguezúa, por lo cual podemos considerarlo como el Padre del Clero Criollo, al que quería santo y sabio.

Muy amigo de los padres franciscanos, cuya espiritualidad admirada, los ayudó generosamente a terminar la reconstrucción de su convento y le donó doce mil pesos a favor de la enfermería que los frailes mantenían para los más pobres. Durante su gobierno episcopal cesó la dominación inglesa en La Habana que fue cambiada por la Florida y desde allí llegaron a La Habana numerosos frailes capuchinos que fueron inmediatamente puestos a trabajar en las misiones en toda la isla de Cuba corriendo los gastos a cuenta del Señor Obispo, de las que se recogieron grandes frutos de conversión y moralidad. El 12 de abril de 1778, el querido obispo Mons. De Hechavarría y Elguezúa partió de Santiago de Cuba en medio de la consternación y dolor de su ciudad natal de la cual se despedía, pues había sido nombrado por S.S. el papa como obispo de Puebla de los Ángeles en México. La despedida comenzó en la S.I. Catedral donde Mons. De Hechavarría y Elguezúa celebró la Santa Misa por última vez, después de la cual hubo un interminable besa manos y acompañado por el pueblo en masa se dirigió a pie al puerto para tomar el barco que lo llevaría a su nuevo destino, desde el cual bendijo por tres veces al pueblo tirando al mar su pañuelo como símbolo de que se quedaba en medio de nosotros. Muy poco pudo hacer en su nuevo destino de Puebla de los Ángeles donde murió el 19 de enero de 1779, siendo sepultado en la Catedral de aquella ciudad donde descansa frente al altar de la Inmaculada.

Mons. Santiago José De Hechavarría y Elguezúa, fue el primer obispo residencial nacido en Cuba, y también fue el último obispo de Cuba antes de ser dividida la diócesis para crearse el obispado d e La Habana el 28 de agosto de 1779.

Exmo y Rvmo Mons. Dr. Antonio Feliú y Centeno.

Natural de Cataluña. Fue electo obispo de la diócesis santiaguera el 27 de enero de 1789. Antes de ser nombrado obispo de esta sede era visitador canónico de todos los conventos de monjas de Madrid y examinador sinodal del Arzobispado de Toledo, cargo a los cuales renunció al venir para Cuba. Llegó a La Habana el 8 de agosto de 1789, y el día 16 fue consagrado obispo en la Iglesia Parroquial mayor de La Habana, siendo su padrino el Deán de la Catedral santiaguera Dr. Don Crisóstomo Correoso y Catalán. Salió de La Habana el 26 de agosto en visita pastoral de Occidente a Oriente y llegó el 6 de octubre a la villa de El Cobre, trasladándose inmediatamente al Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, donde celebró la Santa Misa y cantó la Salve, luego mandó sus poderes al Dr. Don Matías de Boza tesorero del Cabildo de la Santa Iglesia Catedral. Tomó posesión del edificio del obispado el día 9, y el 10 de octubre en la mañana hizo su entrada pública en la Catedral, donde cantó una solemne Misa pontifical.

Al venir para Cuba trajo desde Madrid como Provisor y secretario particular al sacerdote Navarro, Joaquín Osés de Alzúa y Cooparacio a quien entregó prácticamente el gobierno de su obispado pues Mons. Feliú y Centeno tenía la salud muy quebrantada y nuestro clima no le hizo bien, por lo cual falleció en esta ciudad el 25 de junio de 1791, a los 64 años de edad y dos de pontificado, siendo sepultado en el coro de los canónigos de la Catedral santiaguera donde descansa en al actualidad. Fue el primer obispo de Santiago de Cuba al ser dividida la diócesis en 1789 por lo cual su obispado abarcaba las antiguas provincias de Oriente y Camagüey.

 

 

Exmo y Rvmo Mons. Dr Joaquín Osés de Alzúa y Cooparacio.

PRIMER ARZOBISPO DE CUBA

Nació en Galbarra (Navarra), España, el 22 de septiembre de 1755. Fue ordenado sacerdote en Pamplona el 25 de mayo de 1782. Se doctoró en Derecho Canónico el 17 de agosto de 1783 en la universidad de Orihuela con brillantes calificaciones. Era abogado de los reales consejos desde el 25 de junio de 1787, llegando a Cuba en el año 1789 como Provisor y secretario particular del recién nombrado obispo de Santiago de Cuba Mons. Antonio Feliú y Centeno. Es nombrado obispo de esta diócesis tras la muerte de su antecesor por S.S. el papa Pío VI el 4 de noviembre de 1792 y fue consagrado obispo en Puerto Príncipe (Camagüey) el 24 de diciembre del mismo año. Al perderse la isla de Santo Domingo para España por medio del Tratado de Basilea, el obispado de Santiago de Cuba fue elevado a la categoría de Arzobispado de Cuba el 24 de noviembre de 1803 por S.S. el papa Pío VII recibiendo su obispo Mons. Osés de Alzua la categoría de ARZOBISPO PRIMADO DE CUBA, título que en la actualidad conservan los arzobispos de Santiago de Cuba.

Recibió el Sagrado Palio el 16 de abril de 1804. Hombre de vastos conocimientos y muy adaptado a la cultura y mentalidad criollas supo granjearse desde su época de Provisor de este obispado el cariño y el respeto del clero y el pueblo, que le veneraba como a un padre y pastor santo, no así con las autoridades y con el patriciado criollos con los cuales chocó de las más diversas formas. La ilustración, en el más amplio sentido de la palabra, tuvo en Mons. Osés de Alzua un gran abanderado y un acérrimo defensor pero sin salirse jamás del magisterio y la disciplina de la Iglesia, por lo cual se buscó no pocos enemigos, a los cuales enfrentó con valentía, tacto y sobre todo exquisita caridad. En el año 1803 construyó la ya desaparecida iglesia de Santa Ana con su cementerio anexo, que estaba situada en el lugar que hoy ocupa el edificio del Arzobispado, donándole a dicho templo entre otras cosas la imagen de la Bendita Familia (la Virgen Niña con Santa Ana y San Joaquín) tallados en madera policromada que todavía se encuentran al culto en al capilla privada del Arzobispado.

A costa de muchos sacrificios, problemas, enemigos y enormes gastos edificó nuestra Santa Iglesia Catedral entre los años 1810 y 1819, así como su hermoso coro de los canónigos estilo churriguresco que inauguró el 25 de abril de 1819.

Se ocupó personalmente del seminario San Basilio Magno reparando totalmente el edificio, aumentando el número de cátedras y de becas, y procurando que el claustro de profesores, tanto sacerdotes como seglares fueran ejemplares y bien preparados como convenía a este tipo de centro de estudios. Se preocupó de que los programas de estudio así como la biblioteca estuvieran tan actualizado como los del mejor seminario de España. Solía visitar tan frecuentemente como podía las clases de las distintas asignaturas del seminario para cerciorarse de la calidad con que eran impartidas y al final hacía preguntas a los seminaristas, pues deseaba que los futuros sacerdotes se formaran santos y sabios.

Rodeado por el cariño y veneración de sus diocesanos, Mons. Osés de Alzua falleció en esta ciudad el 13 de febrero de 1823, siendo sepultado en la cripta funeraria de nuestra S.I. Catedral donde descansa en al actualidad y de la cual será exhumado próximamente en fecha aún no precisada de este año Bicentenario de la Arquidiócesis Primada de Cuba, para ser reinhumados en la parte central del coro de los canónigos de la Catedral construida por él.

 

 

Excmo. y Rvmo. Mons. Dr. Mariano Rodríguez de Olmedo y Valle.

Segundo Arzobispo de Santiago de Cuba.

Nació en Guancarqui, Perú, el 26 de septiembre de 1771. Pertenecía al clero diocesano. Muy joven aún regresó a España entrando al seminario diocesano de Zaragoza, en cuya Universidad se doctoró en Sagrada Teología en el año 1794, siendo ordenado sacerdote el 24 de mayo de 1801. Era canónigo de la Catedral de Burgos cuando fue preconizado Obispo de Puerto Rico por S.S. el Papa, siendo consagrado en Madrid el 4 de agosto de 1816. Fue nombrado arzobispo de Santiago de Cuba el 8 de julio de 1824, tomando posesión de su nueva Arquidiócesis el 19 de febrero de 1826. Era gentil hombre, y había sido condecorado con la Gran Cruz de Carlos III y la Gran Cruz Americana de Isabel la Católica, también era prelado doméstico de Su Santidad y Primado de las Indias.

El gobierno arzobispal de Mons. Olmedo y Valle no tuvo pormenores interesantes, ya que este arzobispo no se distinguió ni por su celo pastoral ni por sus grandes obras. No obstante bajo su gobierno arzobispal se terminó la reconstrucción de varias iglesias en Camagüey y en la antigua provincia de Oriente. En Santiago de Cuba construyó una pequeña ermita dedicada al Santísimo Cristo de Numancia, del cual él era muy devoto, en las calles del Gallo y San Antonio. Esta ermita después San Antonio M. Claret la reconstruiría y ampliaría pues quedó muy dañada con el terremoto del año 1852 y le cambió el nombre de Cristo de Numancia por el que ostenta en la actualidad de Santísimo Cristo de la Salud, en agradecimiento a los muchos milagros obrados por esta imagen de Cristo Crucificado, cuando la epidemia de peste que siguió al terremoto antes mencionado.

Hombre de carácter duro y autoritario se granjeó muchas enemistades y se buscó muchos problemas durante los cinco años que gobernó esta sede arzobispal, especialmente entre los miembros del Cabildo Metropolitano y con los frailes franciscanos que regentaban el antiguo convento de San Francisco de Asís de Santiago de Cuba.

Murió en esta ciudad el 23 de enero de 1831, y su cadáver fue sepultado en el desaparecido cementerio de Santa Ana en el panteón que allí poseían los canónigos de la Catedral y posteriormente en el año 1853 y con la debida autorización del Arzobispo Claret, que entonces gobernaba esta Arquidiócesis sus restos mortales fueron trasladados a la S.I. Catedral y colocados en la cripta funeraria de este templo, donde fueron encontrados. El pasado 2 de noviembre, fueron reinhumados en un lugar especialmente preparado para su definitivo descanso, delante del altar de Nuestra Señora del Cobre, cubierto con una hermosa lápida funeraria, con su escudo arzobispal, así como datos y fechas de su vida.

 

 

Excmo. y Rvmo. Mons. Dr. Fray Cirilo de Alameda y Brea.

Tercer Arzobispo de Santiago de Cuba.

Nació en Torrejón de Velazco, provincia de Madrid el 14 de junio de 1781. Pertenecía a la orden de los Franciscanos. Fue preconizado como Arzobispo de Santiago de Cuba el 30 de septiembre de 1831, siendo consagrado en la Iglesia Colegiata de San Isidro Labrador de Madrid. Tomó posesión de su sede arzobispal el 18 de junio de 1832.

Durante su gobierno arzobispal se erigió en parroquia el templo de San Luis Obispo del poblado del Caney en el año 1833, siendo reparada completamente a expensas del señor arzobispo. En el año 1835 declaró parroquia el templo de Santa Catalina de Ricci en Guantánamo, y en el año 1837 declaró parroquia la Iglesia de Santa Filomena del poblado del Mamey. Se preocupó mucho de la dignidad del culto en todos los templos de su inmensa Arquidiócesis, a los cuales regaló objetos litúrgicos según sus necesidades.

Fundó en Bayamo y Camagüey colegios para niños dirigidos por los Padres Escolapios. Cabe destacar que en el Colegio Escolapio de Bayamo estudió el primer presidente de nuestra República Don Tomás Estrada Palma, recibiendo allí una sólida formación humana y cristiana.

Fray Cirilo no ocultaba sus simpatías políticas por el príncipe Don Carlos, hermano del difunto rey Fernando VII, quien aspiraba al trono de España, el cual le fue arrebatado al abolirse la Ley Sálica, (que prohibía que las mujeres subieran al trono). Abolida la ley, fue nombrada reina Isabel II, sobrina de Don Carlos. Su postura carlista le costó ser perseguido, calumniado y finalmente se vio obligado a abandonar su sede arzobispal, exiliándose primero en Jamaica y luego en Francia. Terminada en España la guerra civil carlista, Fray Cirilo se defendió y logró convencer a las autoridades españolas de la falsedad de muchas de las acusaciones que se le imputaban, renunciando a su Arquidiócesis santiaguera manifestó el deseo de retirarse a vivir en un convento de su orden franciscana; pero la reina Isabel II, queriendo congratularse con Fray Cirilo lo propuso a la Santa Sede para que fuese nombrado Arzobispo de Burgos, nombramiento que recibió el 6 de julio de 1849, gobernando aquella arquidiócesis con mucho tacto sabiduría y prudencia. Algunos años después, y gozando plenamente de la confianza de la reina, fue trasladado a la sede de Toledo en la cual fue nombrado por Su Santidad el Papa Cardenal y donde murió. Fue sepultado a la entrada de la Capilla del Sagrario de dicho templo catedralicio donde descansa en la actualidad.

Fray Cirilo de Alameda y Brea ostentaba el título de Primado de Indias, era Senador del Reino, había sido condecorado con la Gran Cruz de Carlos III y la Gran Cruz Americana de Isabel la Católica, al morir era consejero de su majestad la reina y prelado doméstico de Su Santidad.

 

 

Exmo. y Rvdo. Mons. D. Antonio María Claret y Clará (San Antonio María Claret). Cuarto arzobispo de Santiago de Cuba.

Nació en Sallent, provincia de Barcelona, España el 23 de diciembre de 1807, en el seno de una cristianísima familia de tejedores, profesión a la cual se dedicó hasta su entrada en el Seminario de Vich, siendo ordenado sacerdote el 13 de junio del año 1835 y destinado a la parroquia rural de Viladrau, donde se distinguió por su celo pastoral y su entrega incondicional a todos los fieles.

Pero su celo apostólico y sus inquietudes misioneras no estaban satisfechas en el marco de una parroquia por lo cual contando con la debida autorización de su obispo se dedicó a recorrer a pie pueblos y ciudades, templos y parroquias, conventos de monjas, hospitales, asilos, etc, predicando la palabra de Dios y dando tandas de ejercicios espirituales a toda clase de personas, obteniendo un notable éxito como lo demostraban los grandes frutos de conversión, de vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa, así como la santidad que florecía a su paso.

Su ardentísima inquietud apostólica lo llevó a intentar trasladarse a países de misión para predicar allí el Evangelio y derramar su sangre por Cristo. Para lograr este fin llegó a entrar en el noviciado de la compañía de Jesús de Roma con el deseo de ser enviado a las misiones, pero enfermó gravemente y el Superior General de los Jesuítas tuvo entonces la intuición de que Dios quería a aquel virtuoso y joven sacerdote para otras cosas que sin lugar a dudas redundarían en mucha mayor gloria de Dios, bien de las almas y de la Iglesia; así se lo manifestó al P. Claret que entendiendo y viendo la voluntad de Dios en las palabras del Padre General de los Jesuítas regresó a Cataluña y reanudó sus trabajos apostólicos y misioneros, predicando y confesando hasta diez horas diarias y ya no sólo por Cataluña y otras regiones de España, evangelizando en todas las Islas Canarias.

Hombre muy práctico y de una singular inteligencia, el P. Claret se dio cuenta de que eran las misiones y la predicación sistemática de la palabra de Dios, lo que más necesitaba España y el mundo y que este apostolado debía ser continuado por otros hombres que animados por un intenso amor a Jesucristo y a su madre santísima y un gran celo por la salvación de las almas, continuaran en el tiempo y en el espacio, ese carisma apostólico y misionero que a él lo consumía. Por eso fundó en Vich la congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María el 16 de julio de 1849, contando para ello con la ayuda de cinco jóvenes sacerdotes que al igual que él, no tenían otro ideal que consagrar sus vidas a dar gloria a Dios y a salvar las almas.

La fama de santidad personal, los inmensos frutos de conversión que lograba con sus misiones populares, sus tandas de ejercicios espirituales, sus inspirados escritos y por último la difusión de la buena lectura que lograba por medio de la Librería Religiosa por él fundada, llegaron hasta la Santa Sede, al Nuncio Apostólico en Madrid y hasta la misma reina Isabel II, pues todos se hacían voces para pregonar la santidad de vida y el espíritu apostólico y misionero de que estaba lleno el P. Claret. Teniendo en cuenta que la Arquidiócesis de Santiago de Cuba estaba vacante y que aquí hacía falta un hombre del talante de este célebre misionero y santo sacerdote, fue preconizado por S.S. Pío IX para ocupar la sede primada de Cuba el 4 de agosto de 1849, siendo consagrado en Vich. Embarcando para Cuba por el puerto de Cádiz y tomó posesión de su Arquidiócesis, entrando solemnemente en su Catedral, el 17 de febrero de 1851.

El panorama económico, político, social y religioso que presentaba la Arquidiócesis de Santiago de Cuba a la llegada de Mons. Claret no podía ser más desastroso. En lo económico la carga de impuestos que exigía la metrópoli a su colonia cubana, así como los abusos y restricciones hechas a los criollos de la isla frenaban su desarrollo económico y generaban un malestar y un caldo de cultivo que desembocó en el inicio de una crisis política que se iba agudizando y que se manifestaba en insurrecciones como la del camagüeyano Joaquín de Agüero entre otras (cabe destacar que Mons. Claret intentó salvar la vida de los sublevados intercediendo ante el Capitán General de la Isla pero no obtuvo resultados positivos, más bien comenzó a no ser bien mirado por las autoridades civiles y militares, sobre todo cuando decidió oírlos en confesión, administrarles los últimos sacramentos y acompañarlos hasta el suplicio). Durante todo el período de permanencia en Cuba de Mons. Claret se fue gestando el ideal independentista y que dificultó su trabajo evangelizador, pues para muchos mal intencionados su actuación era mirada como pacificadora y pro española.

En el aspecto social, era para horrorizarse la situación por la que atravesaba nuestra arquidiócesis, pues las costumbres se habían relajado a extremos inimaginables. El vicio en todas sus manifestaciones tales como la prostitución, el robo, los negocios ilícitos, la impiedad en todas sus formas (especialmente la blasfemia y las supersticiones), a lo que hay que añadir la esclavitud, con todo lo cruel y abominable que era, se enseñoreaba y era vista por las autoridades y por muchísima gente como algo natural y necesario para el desarrollo de Cuba. El amancebamiento y su fruto de hijos ilegítimos con el consiguiente daño a la moral familiar y social eran tolerados por las autoridades españolas, cuando no apoyados.

En lo religioso, Mons. Claret no encontró tampoco un panorama consolador, pues ante la situación ya descrita no se veía una clara y fuerte acción pastoral de la Iglesia que intentara al menos, detener o solucionar tan graves males. El clero, que no había sido atendido convenientemente por los anteriores arzobispos y con graves problemas económicos, que en muchos casos no le permitían una digna subsistencia, y que en no pocas ocasiones no había sido debidamente formado, languidecía y en muchos casos se apartaba del estricto cumplimiento de su sagrado ministerio. El número de sacerdotes era muy escaso para tan inmenso territorio. Todo lo anteriormente expresado nos puede dar una idea del panorama que ofrecía la iglesia arquidiocesana al nuevo arzobispo.

Una de las virtudes que más sobresalía en la carismática personalidad de Mons. Antonio María Claret y Clará era la de ser un hombre muy práctico y dotado de una preclara inteligencia, por lo cual en cuanto tomó posesión de su extensa Arquidiócesis comenzó las visitas pastorales por las que pudo darse cuenta de dónde estaban los problemas neurálgicos y cuáles debían de ser las soluciones inmediatas a dichos problemas. Difícil tarea la que esperaba al nuevo arzobispo, pero como decía el lema de su escudo arzobispal “La caridad de Cristo me urge”, 2 Cor 5, 14. Con gran tacto, prudencia, energía y sobre todo con exquisita caridad comenzó a apacentar el rebaño que le había sido confiado y a dar las convenientes soluciones a los problemas que le iban saliendo al paso en el bregar apostólico de cada día.

Empezó por la reforma del clero que tanto lo necesitaba: visitándolo, acompañándolo y ayudándolo en todo lo que fuera necesario y estuviera a su alcance. Nada escapó a su amor por los sacerdotes y por eso organizó tandas de ejercicios espirituales que él mismo les impartía alojándolos en su casa y costeándoles los gastos de manutención y viaje. Cambió de parroquias a aquellos que creyó conveniente y ascendió a otros que lo merecían; luchó tesoneramente para que el Patronato Regio cumpliera con sus obligaciones de mantener dignamente al clero. Se preocupó además por su adecuada formación y la de los seminaristas reformando el edificio del seminario y actualizando los planes de estudio, de tal manera, que durante su gobierno arzobispal el seminario San Basilio Magno llegó a estar a la altura del mejor seminario de España.

Tomando como ejemplo lo que había hecho San Vicente de Paúl en su tiempo para reformar el clero francés, pero debidamente adaptado a las necesidades de su amada arquidiócesis se ocupó y preocupó porque sus sacerdotes fueran santos y sabios como convenía a los ministros de Jesucristo. Para solucionar en algo la escasez de sacerdotes no encontró otra solución que traer de España sacerdotes muy bien formados y de probada virtud, que estuvieran dispuestos a trabajar por la mayor gloria de Dios en las difíciles condiciones aquí existentes, aunque él estaba convencido de que la definitiva solución del problema estaba en la formación de un clero nativo que estuviera bien preparado.

Durante los pocos años que vivió en Cuba (1851-1857) visitó cuatro veces su extensísima arquidiócesis. No hubo parroquia, capilla, población, rancherío, batey o asentamiento rural por lejano o pequeño que fuera al cual no llegara personalmente el arzobispo misionero; predicando siempre y sin cansancio la palabra de Dios, repartiendo por miles libros religiosos, especialmente su obra cumbre El Camino Recto y Seguro para llegar al cielo; catecismos, rosarios, escapularios, medallas, estampas, etc; evangelizando siempre, a tiempo y a destiempo, con su palabra y con su ejemplo y diciendo siempre las verdades que muchos no querían escuchar; trabajando incansablemente por implantar el reino de Dios, moralizar las costumbres y salvar las almas que le habían sido confiadas.

Su predicación clara y sin miedos le granjeó no pocos enemigos, sobre todo entre la clase esclavista que no vio con buenos ojos que el Sr. Arzobispo defendiera a los esclavos y se preocupara de que tuvieran una vida lo más digna posible. Por eso comenzaron primero a criticarlo, luego a calumniarlo y por último atentaron contra su vida varias veces, especialmente cabe mencionar el sacrílego atentado que le hicieron en la ciudad de Holguín el 2 de febrero de 1857, en el cual un desconocido con una navaja de barbero intentó degollarlo cuando salía del templo parroquial de San Isidoro (hoy Catedral de la Diócesis de Holguín), cortándole la mejilla desde la punta de la oreja a la barbilla y rajándole ambas mandíbulas así como la mano derecha. Mons. Claret perdonó de todo corazón a su agresor y logró de las autoridades que no lo encarcelaran e incluso le pagó el viaje para que se fuera de Cuba.

Una de las preocupaciones que más agobiaba a Mons. Claret era constatar con dolor la falta de religiosos y religiosas dedicados a la enseñanza cristiana de los niños y niñas, adolescentes y jóvenes de su inmensa arquidiócesis cuya educación estaba confiada a manos no siempre cristianas, y por eso para intentar solucionar en parte este mal, hizo venir a Cuba a la joven María Antonia París Riera con cuatro compañeras suyas desde Tarragona, para que fundaran aquí una nueva congregación religiosa que se dedicara entre otras cosas a la enseñanza de toda clase de niñas. Y así, el 25 de agosto de 1855 quedó fundado en Santiago de Cuba, el Instituto Apostólico de María Inmaculada para la enseñanza, hoy popularmente conocidas por Misioneras Claretianas. Conviene destacar que la Madre María Antonia París fundadora de la nueva congregación, había recibido en el año de 1842 en su convento de la Compañía de María de Tarragona una clarísima visión del Señor, que la llamaba a fundar una nueva congregación religiosa distinta a todas las ya existentes, en la cual el espíritu apostólico y misionero fueran el distintivo especial de la misma. En esa visión el Señor le prometió que le enviaría a un Varón Apostólico que la ayudaría en su difícil empresa fundacional. En el plan de Dios estaba que este fuera el entonces famoso misionero P. Claret, que aceptó gustosamente desde los tiempos de Tarragona el ser co-fundador y padre espiritual de la nueva familia religiosa con la que el Señor quería enriquecer a su Iglesia. Por eso el arzobispo Claret una vez posesionado en su nueva arquidiócesis y solucionados los más urgentes problemas de la misma hizo venir a Santiago a la Madre Fundadora y a sus valientes discípulas, alojándolas en la casa perteneciente a la iglesia que queda detrás del templo del Carmen, donde de la forma más humilde nació la nueva congregación religiosa y el primer colegio de María Inmaculada, trasladado años más tarde a su antigua sede de la calle San Germán entre San Félix y San Bartolomé, funcionando allí hasta que en el año 1961 se perdiera para la Congregación de las Misioneras Claretianas al ser nacionalizado; edificio éste venerable y cargado de historia para nuestra iglesia arquidiocesana, pues en él vivió la venerable madre María Antonia París y sus primeras discípulas y por haber sido adquirido por Mons. Claret con su peculio particular y regalado a su hijas espirituales. Estamos firmemente convencidos de que una de las glorias más grandes que tiene la ciudad de Santiago de Cuba es el haber sido cuna y hogar del benemérito Instituto Religioso de las Misioneras Claretianas que tanto bien han hecho y hacen a la iglesia universal y a esta iglesia arquidiocesana que con inmensa alegría y profundo agradecimiento al P. Claret y a la Madre París, posee ya una casa de la Misioneras Claretianas en nuestra ciudad.

Durante su corto gobierno pastoral erigió en parroquias varias iglesias en la antigua provincia de Oriente, reconstruyó nuestra S.I. Catedral y algunos templos santiagueros seriamente dañados por el horrible terremoto de 1852. Regaló al máximo templo santiaguero en el año 1853, el altar de mármol de carrara que fuera su altar mayor y que hoy ha sido trasladado a la capilla del sagrario de dicho templo. Dotó a todos los templos de lo necesario para el culto, pues era un hombre muy enamorado de la dignidad de la liturgia.

El 23 de mayo de 1857, fue llamado a España por su majestad la reina Isabel II que lo nombró su confesor personal y presidente del Escorial. También ahora en Madrid, siguió siendo el mismo incansable misionero, apóstol y escritor fecundísimo y no le faltaron tampoco las persecuciones, calumnias y atentados. Al ser destronada Isabel II por la revolución septembrina se vio obligado a exilarse en Francia junto con la reina y de ahí pasó a Roma, no volviendo jamás a pisar la corte, tal y como se lo había pedido el Señor desde su devota imagen del Cristo de la Humildad y Santa Paciencia, que se venera en la Iglesia de la Granja en Madrid.

Participó activamente como padre del Concilio Ecuménico Vaticano I, defendiendo ardorosamente la infalibilidad pontificia. Al interrumpirse el Concilio por la entrada en Roma de los italianísimos el P. Claret regresó a Francia y se alojó en la casa de sus hijos los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, pero de allí tuvo que salir huyendo por la feroz persecución de los revolucionarios españoles, escondiéndose en el monasterio cisterciense de Font Froide donde llevó una vida de austeridad y penitencia que llenaba de admiración a los frailes.

El 24 de octubre de 1870, pasó a la casa del Padre. La fama de sus santidad y su vida toda entregada a la causa de Dios y de la Iglesia facilitaron extraordinariamente que su proceso de beatificación avanzara muy rápidamente en Roma, por lo cual fue beatificado por el papa Pío XI el día 25 de febrero de 1934, al finalizar la homilía de beatificación el Santo Padre pronunció estas memorables palabras que resumen de cuerpo entero la figura de Mons. Claret “tenemos en el Beato Antonio María Claret un obispo según el Corazón de Jesús”… Llegado el Año Santo de 1950, S.S. el papa Pío XII lo elevó a la gloria de los altares el 7 de mayo de ese año y lo declaró co-patrono de la arquidiócesis de Santiago de Cuba.

Desde el cielo, San Antonio María Claret protege, acompaña y bendice a su muy amada arquidiócesis santiaguera, a la cual quiso regresar en sus últimos años para morir en ella, pero su estado de salud aconsejó a los superiores de la Congregación Claretiana.

Es literalmente imposible resumir una vida tan grande y una labor tan fecunda como la de San Antonio María Claret en tan poco espacio.

 

 

Excmo. y Rvdmo. Mons. Dr. Manuel   María Negueruela y Mendi.

Quinto arzobispo de Santiago de Cuba.

Nació en la villa de Navarrete, provincia de Logroño, España, el 15 de junio de 1811.

Estudió latín y filosofía en Santo Domingo de la Calzada, Sagrada Teología y Derecho Canónico en la Universidad de Valladolid, donde se doctoró en Sagrada Teología en el año 1833. Fue catedrático de instituciones filosóficas de 1833 a 1836, catedrático de Teología Dogmática en el seminario de Logroño en 1840, llegando a ser vice rector del mismo. Catedrático de Religión y Moral en el instituto adjunto a la Universidad de Vallodolid. Todos estos cargos los ejerció sin todavía haber sido ordenado sacerdote por lo cual tuvo que obtener la dispensa correspondiente de la Santa Sede.

Fue ordenado sacerdote en el año 1844, y por sus méritos, inteligencia y cultura eclesiástica lo nombraron Examinador de casos en Calahorra y Examinador Sinodal en Segovia. Su cultura teológica era muy notable por lo cual se le nombró Teólogo consultor y Examinador de la Nunciatura Apostólica en Madrid el 30 de enero de 1850, cargo que desempeñó a cabalidad y que le valió la estimación personal del Nuncio e incluso ser conocido en las esferas vaticanas. El 19 de febrero de 1850 obtuvo el cargo de Canónigo Penitenciario de la Catedral de Valladolid ganándose la amistad y admiración del arzobispo de aquella arquidiócesis Mons. Dr. Luis de la Lastra y Cuesta.

Al renunciar al gobierno pastoral de la arquidiócesis de Santiago de Cuba San Antonio María Claret, el P. Manuel María Negueruela y Mendi fue presentado a la Santa Sede y al Patronato Regio para que ocupara la Sede Vacante. Debemos destacar que él era amigo personal de San Antonio María Claret quien por aquella época era confesor de la Reina Isabel II en España. Su consagración episcopal tuvo lugar en Madrid, y por deferencia especial el obispo consagrante fue el Nuncio Apostólico.

Antes de salir para Cuba tuvo varias y largas entrevistas con San Antonio María Claret, quién lo aconsejó y trató de prepararlo para el duro cargo de arzobispo de Santiago de Cuba, partiendo de su experiencia personal como pastor de esta arquidiócesis, y de modo muy particular le encargó se ocupara de sus hijas espirituales las monjas de María Inmaculada (Misioneras Claretianas) fundadas por él en esta ciudad en el año 1855, encargo que con mucho gusto, tacto y caridad cumplió Mons. Negueruela y Mendi durante su corto gobierno arzobispal. No cabe duda que en la acertada designación de Mons. Negueruela y Mendi para la sede santiaguera, pesaron mucho el consejo y el apoyo de San Antonio María Claret y del Nuncio Apostólico en Madrid ante la Santa Sede y ante la reina, ya que ambos lo estimaban y distinguían con su amistad personal.

El 14 de febrero de 1860 tomó posesión de su arquidiócesis Mons. Dr. Manuel María Negueruela y Mendi entrando solemnemente en su Catedral. Inmediatamente comenzó a tomarle el pulso a los problemas de la arquidiócesis realizando magníficas visitas pastorales, cumpliendo así sus obligaciones de padre y pastor de la grey que le había sido confiada, no dejando de combatir con su palabra clara e ilustrada los males que iba encontrando, por lo cual a muchos le pareció ver de nuevo la actuación de San Antonio María Claret. Esto, por supuesto, molestó mucho a los enemigos de Mons. Claret todavía vivos y poderosos, que descubrieron en el nuevo arzobispo actualizada, la voz que ellos quisieron acallar al atentar contra la vida del anterior arzobispo; por eso no sería de dudar aunque no se tienen pruebas convincentes, de que Mons. Negueruela y Mendi fuera envenenado en la ciudad de Camagüey cuando realizaba la visita pastoral. Sus familiares afirman que le dieron a beber agua infectada con antrax, lo cierto es que al regresar de dicha visita pastoral se sintió muy enfermo, pidiendo y recibiendo con toda lucidez los últimos sacramentos de la iglesia.

Murió en Santiago de Cuba el 29 de junio de 1861, a un año y cuatro meses de haber tomado posesión de esta arquidiócesis y con sólo 50 años de edad.

No tuvo tiempo de hacer grandes obras en esta su amada arquidiócesis de Santiago de Cuba, no obstante mejoró mucho el Seminario Conciliar de San Basilio Magno, estableció en todas las parroquias las conferencias de San Vicente de Paúl, terminó de colocar los pisos de mármol de Carrara en las naves colaterales de nuestra catedral, obra iniciada por San Antonio María antes de su salida a España.

Su trato amable y cortés, su santidad de vida, su caridad para con todos, así como su celo apostólico y misionero que hacía recordar a Mons. Claret, hicieron que Mons. Negueruela y Mendi se granjeara el respeto y cariño de sus diocesanos, dejando un gratísimo recuerdo en todos los que lo conocieron y trataron durante su corto gobierno arzobispal, especialmente debe destacarse el cariño y agradecimiento que le profesaron las Misioneras Claretianas para quienes fue un verdadero padre.

En los archivos del Museo Arquidiocesano se conserva una carta de su Santidad el Papa Pío IX ensalzando las virtudes y la santidad de vida de este eminente prelado.

Sus restos mortales fueron sepultados en nuestra catedral delante del altar del apóstol Santiago, patrono de esta ciudad (hoy de la Virgen de la Caridad) por decisión del cabildo catedralicio, quien además le regaló la lápida sepulcral que lo cubre actualmente.

 

 

Excmo. y Rvdmo. Mons. Dr. Primo Calvo y Lope.

Sexto arzobispo de Santiago de Cuba.

Nació en la villa Burgo de Osma en la provincia de Soria (España). Fue preconizado arzobispo de Santiago de Cuba el 22 de septiembre de 1861, el 10 de mayo de 1862 se embarcó para Cuba. El día 8 de junio entró con toda solemnidad en esta ciudad llegando a la iglesia de Santo Tomás donde revestido de los ornamentos pontificales salió procesionalmente hasta la catedral. Al pasar frente al santuario arquidiocesano de Nuestra Señora del Carmen situado en las calles de Santo Tomás y Callejón del Carmen, se detuvo, entró a la iglesia y cantpo a capella la Salve Gregoriana. Ésta ceremonia no estaba programada, pero hubo de realizarse por voluntad expresa del nuevo arzobispo que era devotísimo de la Virgen del Carmen y que así manifestó su inmensa satisfacción al encontrar dentro de los límites de su ilustre arquidiócesis existiera un santuario dedicado a esta antigua advocación mariana.

Llegado a la Santa Iglesia Catedral, leída la Bula de su Santidad el Papa y cumplidos todos los ritos mandados por la santa Madre Iglesia para la toma de posesión de un obispo de su catedral y diócesis, cantó una solemne misa pontifical a la cual concurrieron todas las autoridades tanto eclesiásticas, como civiles y militares, así como el pueblo en general que desbordaron nuestro máximo templo.

Durante su gobierno eclesiástico se reconstruyeron varios templos entre ellos la parroquia de Santa Catalina de Ricci (hoy Catedral) en Guantánamo y la parroquial mayor de Camagüey (también hoy Catedral).

Por motivos administrativos de su arquidiócesis tuvo que viajar a Madrid donde le sorprendió la muerte el 28 de septiembre de 1868. Por voluntad póstuma, expresada en su testamento, su cadáver debidamente embalsamado fue traído a Santiago de Cuba y sepultado frente al altar del Santísimo Sacramento de nuestro máximo templo, el 25 de enero de 1869.

Antes de viajar a España dejó de gobernador eclesiástico, al que después fue vicario capitular (sede vacante) el ilustrísimo Dr. Don José Orberá y Carrión y de secretario al ilustrísimo Dr. Don Ciriaco Sancha y Hervás.

Nota: Durante esta sede vacante a la que hemos hecho referencia, ocurrió el famoso cisma* de Pedro Llorente y Miguel quien fue impuesto como arzobispo de Santiago de Cuba por el gobierno del rey Amadeo de Saboya, que por esta época gobernaba en España. El cismático Pedro Llorente y Miguel tuvo la osadía de tomar posesión de la Arquidiócesis sin haber sido nombrado por la Santa Sede, ni haber recibido las bulas del Papa; de manera que tuvo que valerse de la policía para tomar posesión de la Catedral y el edificio del arzobispado, despojando al dignísimo vicario capitular Dr. Don José Orberá y Carrión del puesto que ocupaba tan legítimamente y lo mismo hizo con el ilustrísimo Dr. Don Ciriaco Sancha y Hervás. Sus desmanes llegaron hasta el punto de hacerlos encarcelar en la prisión del castillo del Morro. Por fin el 30 de abril de 1873 su Santidad el Papa fulminó contra Pedro Llorente y Miguel la excomunión mayor, la cual alcanzó a todos aquellos que lo habían apoyado en su sacrílega actuación.

 

 

Excmo. y Rvdmo. Mons. Dr. José Martín de Herrera y de la Iglesia

Séptimo arzobispo de Santiago de Cuba

Nació en la aldea de Aldeadávila de la Rivera (Salamanca) el 26 de agosto de 1835. Estudió en el Seminario de San Carlos de Salamanca, aprobando todas las asignaturas con las mejores calificaciones; obtuvo el título de Doctor en Sagrada Teología y Sagrados Cánones, y fue ordenado sacerdote a los veintiséis años de edad.

Después de desempeñar diferentes cargos eclesiásticos fue nombrado arzobispo de Santiago de Cuba por su santidad el papa Pío IX el 11 de junio de 1875, siendo consagrado obispo en Madrid por el Sr. Cardenal de Toledo el 3 de octubre del mismo año, y recibiendo el Palio Arzobispal el 17 de octubre. Tomó posesión de su arquidiócesis el 26 de noviembre e hizo la entrada pública y solemne en su Catedral el 12 de diciembre de 1875, fiesta de la Virgen de Guadalupe; con un templo lleno de fieles que veían con su llegada la definitiva solución del doloroso cisma protagonizado por el Lic. Pedro Llorente y Miguel, y sus seguidores.

En su homilía de toma de posesión el nuevo arzobispo se autodefinió como el Precursor del Señor y que venía a pacificar, a ilustrar y moralizar su extensa arquidiócesis. Resueltos los más urgentes asuntos que lo retenían en Santiago de Cuba, intentó hacer una visita pastoral que le permitiera conocer de cerca los problemas y necesidades del clero y de los fieles. Debemos destacar que Mons. Herrera y de la Iglesia tomó posesión de su arquidiócesis en 1875, lo cual quiere decir que estaba en todo su apogeo la Guerra de los Diez Años que finalizaría en 1878.

No era exactamente el mejor momento para comenzar una visita pastoral. No obstante el Sr. Arzobispo la comenzó llegando hasta donde pudo, cumpliendo en la medida de las circunstancias con su sagrado deber de padre y pastor. El panorama encontrado por él durante la visita no pudo ser más desastroso pues los siete años de cruenta guerra librada por nuestro pueblo contra la metrópoli había dejado no pocas secuelas en toda la arquidiócesis: muchos templos destruidos o semidestruidos y saqueados, el clero y la iglesia empobrecidos, poblaciones arrasadas. Un ejemplo típico, Bayamo: de catorce templos que tenía en 1868 hermosos y muy bien atendidos, sólo quedaba en pie la pequeña capilla de la Virgen Dolorosa situada junto a la destruida iglesia parroquial mayor del Santísimo Salvador (hoy Catedral) y el templo de Nuestra Señora de la Luz; todo lo demás fue incendiado y arrasado, y nunca más volvió a levantarse.

Muchos otros males dejó la guerra en toda Cuba, pero especialmente en nuestra arquidiócesis. Basta señalar los horrores de la creciente de Balmaseda, que no fue un caso aislado, lo cual nos dará una idea del inmenso trabajo de restauración espiritual, material y moral que la Divina Providencia ponía sobre sus hombros.

Hombre de una singular inteligencia y eminentemente práctico, Mons. De Herrera y de la Iglesia comenzó inmediatamente todo un trabajo encaminado a restañar en lo posible las secuelas dejadas por la guerra, buscando los medios económicos necesarios para reparar los templos dañados, construyendo otros nuevos y dotándolos de lo necesario para el culto; ayudando generosamente a tantos pobres, huérfanos, viudas, mutilados de guerra, etc. que acudían a su generosidad.

Cabe destacar, entre otras cosas la total reparación hecha por él en la iglesia parroquial mayor de Nuestra Señora de la Candelaria de Camagüey (hoy Catedral), que había sido convertida en cuartel de las tropas españolas durante la guerra de 1868, así como el establecimiento en la ciudad de Baracoa del colegio de María Inmaculada dirigido por las misioneras Claretianas. Por gestiones personales de Mons. De Herrera y de la Iglesia ante el gobierno español, se acabó para siempre en toda Cuba la discriminación racial en lo que se refiere a los matrimonios entre los individuos de diferentes razas, pues logró que desde el 27 de enero de 1881 existiera entera libertad para que se pudieran contraer estos matrimonios que antes estaban legalmente prohibidos y en un acto de caridad y de valentía suprimió para siempre desde el 10 de marzo de 1881 en su arquidiócesis el que hubiera libros de blancos, negros y mulatos donde se asentaran las partidas de bautismo, confirmación, matrimonios, etc. Ejemplo feliz imitado después por la diócesis de La Habana y la de Puerto Rico.

Por gestiones suyas ante la Santa Sede Apostólica, la Iglesia Catedral de Santiago de Cuba fue declarada Basílica Menor Metropolitana por S.S. el papa León XIII, el 9 de diciembre de 1879. El Breve Pontificio que se conserva en el Museo Arquidiocesano, debidamente firmado y acuñado con el Anillo del Pescador avala esta declaración. En la mañana del domingo 27 de agosto 1882, Mons. De Herrera y de la Iglesia consagró nuestra Santa Iglesia Catedral y su altar mayor.

Bajo su gobierno esta ilustre arquidiócesis santiaguera tuvo un marcado crecimiento, como lo demuestra la existencia de una vicaría general, diez vicarías foráneas (Puerto Príncipe, Baracoa, Bayamo, Holguín, Jiguaní, El Cobre, Victoria de las Tunas, Manzanillo, Guantánamo y Mayarí) y cincuenta y cinco parroquias algunas de ellas creadas por él. En este período se establecieron las Padres Paúles en el antiguo convento de San Francisco de Santiago de Cuba (el cual han ocupado ininterrumpidamente hasta la actualidad), prestando un excelente servicio de ayuda misionera a los arzobispos de Santiago de Cuba siempre que las circunstancias se lo han permitido; así como la atención a las cárceles, las capellanías de las cinco casas que tenían las Hijas de la Caridad en la ciudad y sobre todo la atención al culto, confesiones, asociaciones, etc., en el templo de San Francisco.

Restauró completamente el edificio del seminario, así como el del arzobispado cuya capilla ensanchó y dotó de un nuevo altar de maderas preciosas del país, trayendo desde Barcelona una hermosísima imagen de San José con el Niño Jesús en los brazos, tallado en madera, que en la actualidad se conserva en el Museo Arquidiocesano.

A partir del 31 de Marzo de 1876 no cesaron las visitas pastorales de este apostólico prelado por toda su extensa arquidiócesis. Poseemos completa en el Museo Arquidiocesano la extensísima relación de sus visitas pastorales, y asombran los detalles y la continuidad de las éstas, en las cuales realizó más de seis mil confirmaciones. En ellas utilizaba los mismos métodos que su dignísimo antecesor el inolvidable San Antonio María Claret, pero con un toque personal adecuado a las circunstancias del momento.

Gastó sumas fabulosas de dinero durante sus trece años de gobierno arzobispal en la construcción y reconstrucción de más de cuarenta templos y capillas, cuyos nombres nos es imposible reproducir aquí por razones de espacio. Escribió treinta y dos cartas pastorales a sus diocesanos mientras estuvo entre nosotros, lo cual nos demuestra su gran cultura y su amor por las almas a él confiadas.

Los años de gobierno arzobispal de Mons. De Herrera y de la Iglesia en Santiago de Cuba (1875-1882), no fueron nada fáciles para nuestra patria y nuestra iglesia, pues fueron los años finales de la Guerra de los Diez Años, con todas las secuelas que hemos tratado brevemente de explicar, y el principio de la llamada “Tregua Fecunda”. En ocasiones tuvo pronunciamientos contrarios a la causa de la libertad de Cuba, pero no podemos olvidar que él era español y nombrado por el Patronato Regio lo cual, sin dudas, lo comprometía con la monarquía española.

El 6 de enero de 1889, Mons. Dr. José Martín De Herrera y de la Iglesia, partía rumbo a España pues había sido nombrado arzobispo de Santiago de Compostela, en Galicia. Se despidió de sus diocesanos con una hermosa carta pastoral, siendo nombrado cardenal estando ya en su nueva arquidiócesis.

 

 

Excmo. y Rvdmo. Mons. Dr. José María de Cos y Macho

Octavo arzobispo de Santiago de Cuba

Nació en Teherán, provincia de Santander, España, en el año 1838. Hizo sus estudios sacerdotales en el seminario de Salamanca, con brillantes calificaciones; siendo ordenado sacerdote en el año 1862 y en el 1864 se graduó de Licenciado y Doctor en Sagrada Teología y Derecho Canónico.

Ocupó el cargo de Canónico Magistral en la catedral de Oviedo. Fue secretario de cámara y gobierno del obispo Mons. Herrera Espinosa de los Monteros. Arcediano de Córdoba y Maestre-escuela de la catedral de Oviedo. En 1886 fue preconizado obispo de Mondoñedo.

El 7 de diciembre de 1888 fue nombrado arzobispo de Santiago de Cuba, llegando a esta ciudad el 2 de enero de 1890, tomando posesión de su catedral y arquidiócesis ése mismo día. Fue muy activo durante el corto tiempo en que rigió este arzobispado; dedicándose tenaz y valientemente a enfrentar el concubinato que había ido extendiéndose en todas las clases de la sociedad. A los padres Carmelitas Descalzos les dio la iglesia de la Merced en Camagüey y reparó la iglesia mayor de esa ciudad (hoy Catedral).

No pudo hacer grandes obras en su amada arquidiócesis pues fue trasladado muy rápidamente a España. El 23 de agosto de 1892 fue nombrado obispo de la diócesis de Madrid-Alcalá. En 1901 fue promovido a la arquidiócesis de Valladolid, gobernándola con mucho tacto y grandes frutos espirituales. Allí fue nombrado cardenal por San Pío X.

 

 

Excmo. Rvdo. Mons. Dr. Fray Francisco Saénz de Urturi y Crespo. o.f.m.

Noveno Arzobispo de Santiago de Cuba.

Nació en Arlucena, provincia de Álava, España, el 4 de enero de 1842. Muy joven aún, en el año 1860, entró en la orden franciscana donde se distinguió por su piedad, inteligencia e inclinación a alternar el ministerio de la predicación con la vida contemplativa tan propia del carisma franciscano.

Por obediencia a la Santa Sede y a su representante en España el Sr. Nuncio Papal, aceptó el nombramiento que se le hizo para el obispado de Badajoz, cargo que desempeñó a cabalidad ganándose el cariño de sus diocesanos y del clero de aquella iglesia.

El 21 de mayo de 1894, S.S. el papa León XIII lo nombró arzobispo de Santiago de Cuba, tomando posesión de este arzobispado el 5 de noviembre del mismo año; de tal manera que a sólo tres meses y diecinueve días de su toma de posesión como arzobispo primado de Cuba, estalló la guerra de 1895.

Este arzobispo por ser español, y por haber sido nombrado por el Patronato Regio, entendió que su deber estaba en apoyar a la metrópoli española en su lucha por impedir la independencia de Cuba. Lo que le llevó a asumir una posición imprudente en su modo de actuar ante los hechos políticos y militares que se venían sucediendo en toda Cuba, pero especialmente en la arquidiócesis santiaguera, a partir del 24 de febrero de 1895. Por lo cual vemos que Mons. Saénz de Urturi y Crespo en sus cartas pastorales, en sus sermones así como en su actuación personal, no ocultaba ni disimulaba en lo más mínimo que era contrario a la independencia de Cuba y así vemos que autorizó el uso de la Catedral de Santiago de Cuba para que en ella se cantara el Te Deum (himno oficial de acción de gracias de la iglesia católica) por las victorias españolas sobre las fuerzas cubanas. Baste recordar que durante el canto de uno de estos famosos Te Deum por la supuesta muerte del Lugarteniente General Antonio Maceo, éste atacó temerariamente La Socapa, situada frente a la fortaleza del Castillo del Morro junto a la bahía santiaguera, para demostrarle a los españoles que estaba vivo.

No dudó el señor arzobispo en recibir con todos los honores correspondientes en su Catedral al odiado general español Valeriano Weyler y Nicolau, Marqués de Tenerife, lo que aumentó la ya creciente impopularidad de que gozaba este prelado. Asistía a las invitaciones que se le hacían al Casino Español y esto le acarreaba, las más duras críticas de sus diocesanos pues, con mucha razón, aquel lugar era llamado “el palacio de los crímenes”. Este edificio era muy odiado por los cubanos, y no obstante el señor arzobispo acudía a él cuantas veces era invitado para participar en celebraciones de efemérides patrióticas españolas, o de onomástico de los reyes y demás miembros de la familia real, así como para celebraciones de derrotas mambisas, etc.

Como se verá por lo anteriormente expresado esta actuación del arzobispo resultaba imprudente e inadecuada y contribuyó sin lugar a dudas a acrecentar la idea errónea que se había ido generalizando en muchos sectores del pueblo de que la iglesia católica y la metrópoli española eran una misma cosa.

En el plano personal hay que decir, para hacer justicia y decir la verdad, que S.E.R. Mons Fray Francisco Saénz de Urturi y Crespo o.f.m., era un arzobispo muy celoso y cumplidor a cabalidad de sus deberes pastorales, de vida muy piadosa y austera como lo demuestra entre otras cosas que su diario vestir era con el hábito de su orden franciscana, incluidas las sandalias, y que sólo usaba las vestiduras propias de su dignidad arzobispal cuando le era absolutamente necesario. Hombre caritativo, de trato amable y cortés, fue buen predicador y de una moral intachable.

Las circunstancias políticas por las cuales atravesó Cuba durante el período 1894 (año de su toma de posesión como arzobispo de Santiago de Cuba) y finales de 1898 (año de su salida de esta arquidiócesis) transcurrieron en tiempos de guerra, por lo cual nada o muy poco pudo hacer en el plano pastoral.

Las tensiones nerviosas que tuvo que soportar durante toda la guerra de 1895, especialmente durante el asedio y bombardeo de la ciudad de Santiago de Cuba por las tropas norteamericanas minaron su salud. Mucho daño le hizo el constatar la impopularidad de que gozaba entre sus diocesanos no por ser sacerdote, sino por ser español en un momento en que todo lo español era rechazado por los cubanos, a lo cual hay que añadir su imprudente actuación ante los sucesos políticos y militares que acaecieron durante su gobierno arzobispal.

Todo lo anteriormente expresado hizo que el señor arzobispo presentara la renuncia de este arzobispado a la Santa Sede, la cual le fue aceptada por S.S. el papa León XIII, partiendo para España el 2 de abril de 1899, regresando al convento franciscano en el cual había profesado cuando joven, a cuya comunidad se incorporó como un miembro más sin aceptar jamás ningún tipo de privilegio o dispensa debido a su dignidad arzobispal y solamente se permitió usar sobre su hábito franciscano una sencilla cruz y en su mano derecha el anillo, tal y como mandan los Sagrados Cánones en estos casos. Pidió por caridad a sus hermanos y a todas las personas que lo trataban que no le hablaran de Cuba ni de las cosas que había visto o sufrido aquí, y sólo respondía sobre estos asuntos a la Santa Sede o al Nuncio papal cuando era consultado. Murió santamente en su convento, siendo enterrado en el cementerio conventual donde descansa en la actualidad.

 

 

Excmo. Rvdo. Mons. Dr. Francisco de Paula Alejandro Barnada y Aguilar.

Décimo Arzobispo de Santiago de Cuba.

PRIMER ARZOBISPO CUBANO.

Nació en Santiago de Cuba el 24 de abril de 1835, en el seno de una cristianísima familia de origen español que gozaba de una opulenta posición económica, la cual le proporcionó una sólida formación cristiana y humanista. En el año 1847, con sólo 12 años, entró en nuestro Seminario Conciliar San Basilio Magno. En mayo de 1852 recibió las órdenes menores de manos de San Antonio María Claret, quien por esta época regia la arquidiócesis; el 13 de enero de 1856 ordenado subdiácono por su arzobispo en al capilla del arzobispado. El 1ro de mayo de 1857 su arzobispo lo nombró profesor de lógica y francés en el seminario. Cabe destacar que por su vida de piedad, su inteligencia y sus buenas costumbres, se había ido ganando el aprecio y la admiración personal de San Antonio María Claret, a quien solía acompañar en sus misiones y visitas pastorales siempre que sus estudios se lo permitían lo cual, sin lugar a dudas, fue formando y forjando el carácter del que con el decursar del tiempo sería el dignísimo sucesor de Mons. Claret en la sede primada de Cuba. El 6 de enero de 1858 se le nombró pro-secretario del muy ilustre cabildo de la catedral santiaguera.

Contando con la debida autorización de San Antonio María Claret que regía desde España esta arquidiócesis, pidió dispensa al Santo Padre para poder ordenarse antes de cumplir la edad canónica requerida y la obtuvo pues se tuvo en cuenta su acendrada virtud, y así, el 6 de abril de 1858 a los 22 años fue ordenado diácono y el 11 del mismo mes y año recibió la ordenación sacerdotal en la iglesia del convento de Santa Teresa de Jesús de las Madres Carmelitas Descalzas en La Habana de manos del obispo de aquella ciudad por hallarse sin obispo la sede de Santiago de Cuba.

El 5 de julio de 1861 fue nombrado profesor de teología dogmática en el seminario San Basilio Magno y en 1864 obtuvo la autorización de S.E.R. Mons. Dr. Primo Calvo Lope quien entonces regía esta arquidiócesis para trasladarse a España con el objetivo de ampliar sus estudios. Entró en el seminario Central de Salamanca a estudiar Sagrada Teología, donde recibió el grado de doctor con las más altas calificaciones. Al regresar a Santiago de Cuba S.E.R. Mons. Dr. José Martín de Herrera, entonces arzobispo, lo nombró Canónico Penitenciario de la Santa Iglesia Catedral, cargo que le daba la delicada obligación de proveer de confesores a todos los conventos de monjas que estaban bajo la jurisdicción del arzobispo de Santiago de Cuba.

En 1876 fue acusado por el P. Francisco Arriaga de negarse a predicar en la novena de la Virgen del Pilar por sus ideas separatistas. Sufrió calumnias y toda clase de persecuciones por parte de un nutrido grupo de sacerdotes españoles debido a su nunca desmentida cubanía, ya que ayudaba en todo lo que podía a la causa de la independencia de Cuba, llegando a esconder en su casa particular situada en la calle de San Germán entre Santo Tomás y San Pedro a no pocos insurrectos, lo cual le acarreó estar constantemente vigilado por las autoridades españolas e incluso que sus sermones fueran escuchados por agentes de la policía con el objetivo de encontrar alguna frase o idea en la cual se atacara a España para tener así el motivo de detenerlo.

El 23 de septiembre de 1898 S.E.R. Mons. Fray Francisco Saénz de Urturi y Crespo o.f.m. lo nombró cura párroco de la catedral santiaguera y lo recomendó con mucha insistencia ante S.S. el papa León XIII para que lo nombrara arzobispo de Santiago de Cuba, teniendo en cuenta las excelentes virtudes y sobradísimos méritos que adornaban al canónigo Barnada.

El 27 de abril de 1899 S.S León XIII, le preconizó como arzobispo de Santiago de Cuba. El 2 de junio de ese mismo año se recibieron las bulas papales y el 2 de julio siguiente fue consagrado obispo en New Orleans por Mons. Plácido Chapalle arzobispo de aquella ciudad y delegado apostólico en Cuba.

Regresó a Santiago de Cuba la tarde del 21 de julio y fue acompañado por una gran concurrencia de público desde el muelle hasta la Santa Basílica Metropolitana Iglesia Catedral. En el sencillo discurso que pronunció en su catedral, el nuevo arzobispo esbozó brevemente cuál sería su plan de gobierno pastoral y que no era otro que “Restaurarlo todo en Cristo”, terminando con estas palabras “vengo a entregarles mi vida”.

En la mañana del domingo 31 de julio de 1899 se efectuó la entrada pública y solemne del nuevo arzobispo en su catedral recorriendo a pié las calles que comprenden desde la parroquia de Santo Tomás Apóstol donde fue bautizado hasta la Santa Iglesia Catedral, con una inmensa concurrencia de pueblo que colmaba ambas aceras. Las campanas de todos los templos de la ciudad repicaban alegres. Al entrar en su catedral Mons. Barnada y mientras se dirigía a la capilla del sagrario para visitar al Santísimo Sacramento el pueblo, que abarrotaba el templo, comenzó a aplaudirlo delirantemente, cosa que por aquella época no se acostumbraba a hacer en los templos. No había forma de parar los aplausos, lo cual demostraba la identificación que tuvo el pueblo oriental con su arzobispo desde el principio de su servicio pastoral.

Visiblemente emocionado el nuevo arzobispo cantó una misa pontifical y ocupó su sede arzobispal a la derecha del altar mayor, en la homilía de saludo y agradecimiento varias veces se le ahogó su bien timbrada voz.

El 10 de diciembre de 1899 recibió S.E.R. Mons. Barnada el Pallium de manos de S.E.R. Mons. James Hubert Blanck obispo de Puerto Rico quién fue encargado por S.S. el papa León XIII de imponérselo.

Una vez investido como arzobispo de Santiago de Cuba y concretamente a partir del mes de agosto de 1899, el nuevo arzobispo cubano realizó una concienzuda visita pastoral a todas las parroquias y templos de Santiago de Cuba, incluidos los poblados de El Cobre y de El Caney, cuyos templos parroquiales habían sido seriamente dañados en la guerra de 1895, la parroquia de El Cobre incendiada por las fuerzas españolas, y la de El Caney cañoneada por las tropas norteamericanas desde El Viso, al haberse refugiado allí el ejército español, perdió con dicho cañoneo su esbelto campanario hasta el día de hoy. Esta visita pastoral le sirvió a Mons. Barnada de termómetro para poder hacerse una idea de lo que encontraría en lo económico, lo político, lo social y lo religioso cuando emprendiera, a partir de enero de 1900, la gran visita pastoral que había decidido realizar por toda su extensa arquidiócesis. Por aquella época comprendía los territorios de la antigua provincia de Oriente y parte de la de Camagüey hasta Nuevitas.

Los treinta años de cruenta guerra que el heroico pueblo cubano sostuvo contra el colonialismo español para lograr su libertad e independencia, habían tenido como escenario principal el territorio ocupado por la arquidiócesis de Santiago de Cuba. Baste recordar que la guerra de 1868, la Chiquita y la de 1895 se iniciaron todas aquí, lo cual desató la furia y la más bárbara represión por parte de la metrópoli española en esta zona. Así Mons. Barnada encontró que:

En lo económico, Cuba estaba completamente arrasada. La miseria era absoluta en los campos y en las ciudades. No se conseguía ni lo más absolutamente necesario para la diaria subsistencia.

En lo político, la Cuba de finales del siglo XIX y principios del XX sufría la frustración de no haber podido alcanzar la tan soñada libertad e independencia política que tanta sangre, sudor y lágrimas costó a nuestro heroico pueblo; debido a la innecesaria y nunca deseada intervención norteamericana en la guerra que victoriosamente libraban nuestros heroicos mambises.

En lo social. La guerra de 1895 y la intervención norteamericana en Cuba cambiaron por completo el orden social tradicional de la Isla. La abolición de la esclavitud había dado paso al surgimiento masivo del obrero asalariado y al artesano, que por ser negros y ex-esclavos eran terriblemente discriminados, a lo cual hay que añadir la falta de trabajo que padecían. Familias opulentas antes de la guerra, lo habían perdido todo con la misma y estaban sumidas en la miseria. El exilio político de una gran cantidad de estas familias en los Estados Unidos y otros países, trajeron con su regreso un cambio en la mentalidad y en la forma de actuar a la Cuba de entonces; pero sobre todo influyeron notablemente los cambios impuestos por el gobierno interventor norteamericano así como las ideas de renovación con que nacía el siglo XX a nivel internacional.

En lo religioso, el nuevo arzobispo tuvo que enfrentarse a las secuelas dejadas en la iglesia cubana por más de tres siglos y medio de negativa intervención del Patronato Regio que frenaba o entorpecía la necesaria libertad de la iglesia, y en ocasiones la había desgobernado. Otra situación que afrontó el nuevo arzobispo fue la llegada masiva de las iglesias protestantes amparadas en la libertad de cultos proclamada por el gobierno interventor, proliferando a todo lo ancho y largo de Cuba los templos de las diferentes denominaciones y miles de sus misioneros llegaron a nuestra patria desde los Estados Unidos.

Otra de las grandes dificultades que enfrentó el valiente arzobispo santiaguero fue la inmensa pobreza de nuestra iglesia la cual venía padeciendo desde muchos años atrás, y que en aquel momento se agudizó con la pérdida de lo que quedaba de su patrimonio en Cuba, que por “creerlo” propiedad española había sido sacrílegamente usurpado por el gobierno norteamericano. Ante esta anormal situación Mons. Barnada comenzó una lucha tenaz y muy valiente para tratar de salvar lo que se pudiera del patrimonio confiscado. Después de difíciles gestiones pudo conseguir que los interventores entregaran un millón y algo de dólares, cifra ésta insignificante en comparación con lo que en realidad le había sido arrebatado a la iglesia, logró que las autoridades republicanas de Cuba respetaran lo ya acordado. Lo obtenido fue compartido en partes iguales con la diócesis de San Cristóbal de la Habana.

También tuvo que afrontar la falta de sacerdotes, religiosos y religiosas que quisieran trabajar en su arquidiócesis bajo las nuevas condiciones que vivía Cuba, así como la destrucción de los templos por la guerra, a lo cual hay que añadir que muchos de ellos fueron saqueados de todo lo necesario para el culto y por lo tanto era imprescindible además de levantarlos o reconstruirlos, dotarlos de objetos sagrados.

El hecho de haber sido un sacerdote de la arquidiócesis santiaguera, así como las sucesivas y bien planeadas visitas pastorales que realizaba le permitieron constatar el estado en que se encontraba la iglesia que le había sido encomendada por S.S. León XIII; y siendo como era un hombre muy práctico, elaboró junto a sus consejeros un plan de gobierno pastoral adecuado a las necesidades de esta iglesia. Muy dura y difícil sin lugar a dudas era la situación en que desarrolló su ministerio de padre y pastor, pero puesta su confianza en Dios y en la protección de la Virgen de la Caridad del Cobre, a la cual profesaba una acendrada devoción desde niño, puso manos a la obra de “restaurarlo todo en Cristo” y así se desprendió generosamente de lo que quedaba de su patrimonio familiar al igual que su virtuoso hermano el R.P. Antonio Barnada quien además era su secretario particular y vicario general. Buscó y obtuvo fondos para la reparación y construcción de templos y capillas, y creó nuevas parroquias según las necesidades y dotándolas de todo lo necesario para el culto.

Formado y forjado en la escuela apostólica y misionera de San Antonio M. Claret (baste recordar que fue Mons. Claret el que le admitió en el seminario, y que éste le solía acompañar en sus visitas pastorales); se preocupó por fomentar en su arquidiócesis la moral, que estaba muy resquebrajada, sobre todo en lo que se refiere al concubinato, y a su terrible secuela de hijos nacidos fuera del matrimonio, preocupándose porque resurgieran las buenas costumbres cristianas que fueron y son tradicionales en nuestro pueblo.

Se preocupó extraordinariamente por socorrer a los pobres, huérfanos, viudas, mutilados de guerra, etc., organizando para ello en todas las parroquias de su arquidiócesis la Conferencia de San Vicente de Paúl, llegó incluso a ordenarle al portero del arzobispado que bajo ningún concepto se dejara ir a los pobres que acudían a la puerta de su casa sin ayudarlos en lo que se pudiera, aunque fuera necesario disponer de su propia comida, multiplicaba las audiencias a los pobres socorriéndolos personalmente de su propia mano, escuchándolos con paciencia, conversando familiarmente con ellos e interesándose a fondo por todos sus problemas.

Esta actuación del nuevo arzobispo, le fue granjeando no sólo el cariño y el respeto de los desvalidos y menesterosos a los que socorría con tanta caridad sino del pueblo en general e incluso de aquellos que se declaraban anticlericales o ateos.

Uno de los objetivos más importantes de su bien elaborado plan de gobierno arzobispal fue fomentar la educación católica entre los niños, adolescentes y jóvenes de su amada arquidiócesis santiaguera y por eso fundó en Santiago de Cuba en el año 1900 el Asilo-Escuela “Hijas de María” y encargó su dirección a la benemérita congregación de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl para dar amparo alimentación y educación a las niñas pobres, huérfanas y abandonadas. En el año 1902 fundó el “Colegio de Belén” también dirigido por ellas en el barrio de El Tivolí .

En 1908 funda en los locales del antiguo Seminario San Basilio Magno, que se encontraba casi vacío por falta de seminaristas el colegio Nuestra Señora de la Caridad, para educar en él a los niños de las clases pobres y medias encargando su dirección a los hermanos de las Escuelas Cristianas, más conocidos como Hermanos De La Salle. Debemos destacar que éste fue el primer colegio católico dirigido por una congregación religiosa masculina que tuvo Santiago de Cuba.

En 1911 fundó el colegio del Sagrado Corazón de Jesús para fomentar la educación de las niñas y encargó su dirección a las religiosas del Sagrado Corazón. En 1913 fundó el Colegio de Dolores para la educación de los niños, encargando su dirección a los padres de la Compañía de Jesús (Jesuítas) que también asumieron la atención al culto del, antiguo Santuario Arquidiocesano de Nuestra Señora de los Dolores anexo al colegio, así como las capellanías y confesiones de varias casas religiosas de nuestra ciudad.

Otros de sus grandes desvelos fue sin lugar a dudas nuestro Seminario Conciliar de San Basilio Magno, que pretendió convertir en una verdadera forja de sacerdotes diocesanos cubanos para que paulatinamente fueran asumiendo el trabajo pastoral de la arquidiócesis. Para el logro de tan noble fin no escatimó sacrificios, pero lamentablemente la situación imperante, así como la mentalidad anticlerical existente en aquella época no hacía atractivo el sacerdocio para los jóvenes cubanos. En este sentido sus esfuerzos no tuvieron el fruto esperado por él, aunque la semilla sembrada con tanto amor y sacrificio tendría años después sus frutos, especialmente bajo el gobierno arzobispal de los inolvidables Mons. Zubizarreta y Mons. Pérez Serantes: de los colegios fundados por Mons. Barnada salieron años después muchas de las vocaciones sacerdotales y religiosas de nuestra arquidiócesis.

Es realmente imposible resumir una vida tan fecunda y ejemplar como fue la de Mons. Barnada en tan corto espacio; esta es una vida y una obra para ser tratadas por alguien que con más tiempo, espacio y capacidad, lo haga. Quiera Dios que aparezca la persona idónea que pueda regalar a las actuales y futuras generaciones la biografía del Primer Arzobispo Cubano, este sacerdote y pastor singular que Dios regaló generosamente a nuestro pueblo y nuestra iglesia: hombre excepcional de acuerdo con los dificilísimos tiempos que le tocó vivir, un arzobispo que sirvió a su pueblo y a la iglesia incondicionalmente, un pastor que como Cristo se entregó hasta el fin sin medida y sin reserva.

Personalmente no dudo en afirmar que Mons. Francisco de Paula Barnada y Aguilar fue un santo*, y que tal vez algún día, que Dios quiera no sea muy lejano, la iglesia arquidiocesana de Santiago de Cuba pueda promover su causa de beatificación ante la Santa Sede.

Murió santamente, como había vivido, en Santiago de Cuba el 8 de junio de 1913, y fue sepultado en el panteón que poseía su familia en el cementerio Santa Ifigenia de esta ciudad. Posteriormente en el año 1933, sus venerables restos mortales fueron trasladados a nuestra S.I. Catedral por iniciativa de S.E.R. Mons. Fray Valentín Zubizarreta ocd y reinhumados a la entrada de la capilla del Sagrario de nuestro máximo templo, donde descansan en la actualidad.

 

 

Excmo. Rvdmo. Mons. Dr. Félix Ambrosio Guerra y Fezzia sdb.

Onceno Arzobispo de Santiago de Cuba

Nació en Volpedo, Italia, el 7 de diciembre de 1866. En el año 1880 conoció a Don Bosco en la escuela del maestro José Patacini, encantado el santo con la precoz inteligencia del niño lo mandó a estudiar al colegio salesiano de Lanzo Torinese, y allí surgió su vocación para la congregación salesiana, entró en el noviciado de San Benigno Caravese, Alto Piamonte, en el año 1885; estando allí el joven seminarista escuchó predicar a Don Bosco sintiendo nacer en él la vocación a   la vida misionera. Fue destinado a la República de Uruguay, al colegio de Pío IX de Villa Colón, donde realizó sus estudios teológicos y se estrenó como misionero. Fue ordenado sacerdote en Buenos Aires el 2 de abril de 1890, y celebró su primera misa en el colegio Don Bosco de Montevideo.

En el año 1896 es nombrado director del Instituto Salesiano de las Piedras y también Maestro de Novicios, hasta que en 1900 fuera trasladado al Colegio de Nuestra Señora del Rosario de Paisandú, en calidad de director y párroco.

En el año 1902 fue destinado a la República Argentina como director del Colegio Don Bosco de Bahía Blanca y como profesor de Teología Dogmática y Derecho Canónico en el Seminario Salesiano. Por esta época comenzó a colaborar en varios periódicos y revistas y a predicar en cuanto templo y capilla era invitado.

Acompañó a S.E.R. Mons. Juan Cagliero sdb, en algunos de sus viajes evangelizadores por la Patagonia donde se entregó a la instrucción de los colonos e indígenas con un celo que despertó la admiración del eminente prelado salesiano y por tal razón cuando este obispo recibió en el año 1908 la designación de primer Delegado Apostólico en Centro América, con sede en San José de Costa Rica, pidió y obtuvo de la Santa Sede, y del Rector Mayor de la Congregación Salesiana que se le permitiera llevar con él al padre Félix A. Guerra sdb como Auditor, cargo que desempeñó a cabalidad durante siete años.

El 26 de mayo de 1915 S.S. el Papa Benedicto XV, le nombró obispo titular de Amata de Siria y lo destinó como Administrador Apostólico de la arquidiócesis de Santiago de Cuba, la cual se encontraba vacante desde el 1913 por el fallecimiento del inolvidable Mons. Barnada.

El 5 de septiembre del propio año Mons. Guerra fue consagrado obispo en la S.I. Catedral de San Salvador por S.E.R. Mons. Adolfo Pérez y Aguilar, llegó a Santiago de Cuba en el mes de octubre; fue preconizado Arzobispo el 31 de mayo de 1916. Tomó posesión de su catedral y arquidiócesis el 18 de junio de ese mismo año.

Durante su gobierno arzobispal y por iniciativa suya vinieron las padres salesianos a trabajar en Santiago de Cuba, fundando la Escuela Profesional de Artes y Oficios Don Bosco y encargándose además de la atención espiritual de la recién fundada parroquia de María Auxiliadora, labor que hasta la actualidad han realizado con notable celo pastoral.

Construyó las iglesias de San Antonio de Padua en el reparto sueño (hoy parroquia de San Antonio María Claret), la de San Joaquín en el pueblo de San Luis y la de San Pablo Apóstol en Jiguaní; reconstruyó por completo la Iglesia Parroquial del Santísimo Salvador en la ciudad de Bayamo, incendiada en 1869 (templo que en la actualidad es la Catedral de aquella hermana diócesis), reparó notablemente la iglesia parroquial de la Purísima Concepción en Manzanillo; estableció con su apoyo y ayuda económica a las religiosas Teresianas en Guantánamo quienes fundaron allí un magnífico colegio. Compró los terrenos de la finca La Maboa, en El Cobre, lugar donde hoy se alzan el Santuario de nuestra Madre y Patrona la Virgen de la Caridad, la Hospedería y la casa de Retiro y Convivencias (antiguo Seminario San Basilio Magno).

Con motivo de acercarse el cuarto centenario del traslado y re-erección de la diócesis y la catedral de Baracoa a Santiago de Cuba (año 1522), comenzó una restauración muy a su gusto y mentalidad italianas en el máximo templo de esta ciudad, sin tener en cuenta para nada los gustos, tradiciones, e historia de los santiagueros, ni las quejas que su actuación había suscitado. A él se debe que desapareciera la hermosa fachada barroca que ostentaba nuestra catedral desde 1819 y que San Antonio María Claret reformó después de los terremotos de 1852, así como las fachadas laterales de las calles Santo Tomás y San Pedro, todo lo cual fue sustituido por los elementos renacentistas que ahora ostenta, incluidas las tres estatuas de mármol del mismo estilo que adornan el frente. Toda esta decoración muy del uso en las basílicas romanas, en nada se avienen con el entorno de la antigua Plaza de Armas (hoy Parque Céspedes), el edificio del Ayuntamiento, etc., dando cierta nota discordante que los santiagueros criticaron en su época, y que todavía en la actualidad es motivo de controversias.

Por orden suya desapareció el antiguo cementerio situado en los atrios de la Catedral desde su fundación. La población vio consternada como desaparecían las lápidas y sepulturas de los antiguos hijos de esta ciudad, y en su lugar se construían los locales o galerías de pésimo gusto que albergan desde entonces hasta nuestros días los comercios que le restan dignidad y belleza a la Catedral Metropolitana.

Si bien en el plano pastoral el gobierno arzobispal de Mons. Guerra en Santiago de Cuba puede catalogarse de bueno, ya que fue un prelado dinámico y muy emprendedor, no lo fue así en el plano administrativo; pues entre otras cosas para costear los inmensos gastos de la innecesaria “reconstrucción” de la Catedral, se vendieron valiosas propiedades de la iglesia arquidiocesana, lo que le acarreó severas críticas por parte del clero y de sus diocesanos; especialmente de los canónigos que quedaban en al ciudad.

Todo lo anteriormente expuesto lo fue haciendo muy impopular y los descontentos, comenzaron a llevar sus quejas y críticas ante la Santa Sede, por lo que hechas las averiguaciones pertinentes fue llamado a Roma por S.S. el Papa para que aclarara la situación. Salió de esta ciudad el 16 de diciembre de 1924, no regresando jamás ya que dimitió de su cargo de arzobispo el 8 de enero de 1925. La Santa Sede le otorgó el título honorífico de arzobispo titular de Verissa el 16 de junio de 1925, y fijó su residencia en una villa o casa de campo en Gaeta muy cerca de la residencia de los salesianos.

Murió en aquel lugar el 10 de enero de 1957 con plena lucidez y confortado con los sacramentos de la Iglesia a la edad de noventa años; fue sepultado, por propia voluntad, en Roma en el cementerio Verano en el panteón que allí poseen los padres salesianos, junto al cardenal Juan Cagliero sdb quien había sido su mentor y amigo en la Argentina.

 

 

Excmo. y Rvdmo. Mons. Dr. Fray Valentín Zubizarreta y Unamunzaga o.c.d.

Duodécimo Arzobispo de Santiago de Cuba.

Nació el 2 de noviembre de 1862 en el pueblo de Echevarría, provincia de Vizcaya, obispado de Vitoria, España.

El 11 de agosto de 1879, con sólo diecisiete años ingresó en el noviciado de Larrea, perteneciente a la orden de los Carmelitas Descalzos, en la cual profesó el 12 de agosto de 1883. Cursó sus estudios de Filosofía y Sagrada Teología en Marquina y Burgos, obtuvo notas brillantes en ambas asignaturas y esto hizo que sus superiores comenzaran a fijarse en él de una manera especial. Fue ordenado sacerdote en el adviento del año 1886.

En el año 1887 fue nombrado profesor de Teología Dogmática en el Colegio de Burgos y entre 1890 y 1892 se desempeñó como profesor de Derecho Canónico y Teología Moral en Vitoria con notable éxito.

En el año 1892 sus superiores lo nombran prior del convento de los padres Carmelitas Descalzos de Vitoria, y en 1899 era tal su fama de prudencia y santidad que el superior general de su orden lo nombró Visitador y Padre Provincial de la Orden en América, visitó todas las casas de frailes y de monjas carmelitas descalzos de este inmenso continente, hasta que en el año 1900, en que, por necesidades de la orden carmelitana fue nombrado Vicario en Santander. En 1903 es de nuevo nombrado vicario y Visitador Provincial en América desde Cuba hasta Chile.

Durante los años 1906 y 1907 se desempeñó como Prior del convento carmelitano de Burgos, de donde es trasladado a Roma como Secretario General de la Orden, y como profesor de Sagrada Teología en el Carmelitanum de aquella ciudad.

Su cultura, su prudencia, pero sobretodo su fama de santidad llegaron a oídos de S.S. el papa Pío X (hoy en los altares), quien lo nombró su confesor particular y al irlo tratando fue descubriendo en el humilde fraile carmelita la persona idónea para ocupar la dignidad episcopal. Lo nombró obispo de la diócesis de Camagüey el 25 de mayo de 1914, y le regaló entonces la cruz pectoral y el anillo que usó durante toda su vida, y que hoy forman parte del patrimonio de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba.

El 8 de noviembre de 1914, el P. Fray Valentín Zubizarreta o.c.d. fue consagrado obispo en la Iglesia de la Merced de Camagüey. Inmediatamente comenzó la labor evangelizadora en su extensa diócesis, ganándose el cariño y el respeto de sus diocesanos, entre otras cosas por la austeridad de su vida.

En el año 1916, fue nombrado Administrador Apostólico (Sede Plena) de la diócesis de Cienfuegos, y lo primero que hizo fue pedirle al Sr. Obispo de La Habana que le cediera al ya famoso padre Dr. Enrique Pérez Serantes para llevárselo con él a la diócesis de Cienfuegos, nombrándole Provisor y Vicario General, cargos que desempeñó con notable acierto y a plena satisfacción de su nuevo obispo hasta el año 1922. No sería temerario afirmar que para esta época ya Mons. Zubizarreta había descubierto en el joven sacerdote, un talento y santidad extraordinarios, y que al traerlo junto a sí lo fue formando y forjando hasta convertirlo en el obispo más grande y completo que tuvo Cuba en el siglo XX.

Al producirse la renuncia de S.E.R. Mons. Dr. Félix Ambrosio Guerra s.d.b. como Arzobispo de Santiago de Cuba, S.S. el Papa creyó que la persona idónea para regir la Arquidiócesis Primada era Mons. Zubizarreta y así lo nombró Administrador Apostólico (Sede Plena), y el 30 de marzo de 1925 Arzobispo de Santiago de Cuba. Tomó posesión el 28 de junio del mismo año en medio del júbilo de sus diocesanos que ya se sentían identificados con su padre y pastor.

Durante treinta y cuatro años de su vida Mons. Zubizarreta fue obispo de tres diócesis cubanas (Camagüey, Cienfuegos y Santiago de Cuba), dejando a su paso una obra tan fecunda que resulta imposible resumir en un artículo, por lo cual sólo haremos breve mención a su apostolado en esta Arquidiócesis.

Hombre de una inteligencia superior, Mons. Zubizarreta, escribió una magna obra de Teología Dogmática en cuatro tomos considerada por los expertos como una de las mejores obras escritas de esta materia antes del Concilio Vaticano II. Estos libros fueron adoptados como texto oficial en los seminarios de Cuba, y en muchos de América, así como en varias universidades europeas lo que nos demuestra su importancia. Después del Concilio Vaticano II no han perdido su vigencia, salvo en pequeñas y puntuales temáticas que han debido ser adaptadas a los nuevos tiempos.

A Mons. Zubizarreta le cabe la gloria de haber construido el actual Santuario-Basílica para nuestra Madre y Patrona la Virgen de la Caridad del Cobre, el cual inauguró el 8 de septiembre de 1927.

El 27 de septiembre de 1931 inauguró el nuevo edificio del Seminario San Basilio Magno, muy cerca del Santuario de la Virgen y su sueño fue convertirlo en fragua y forja de sacerdotes diocesanos cubanos. Bajo su gobierno arzobispal vivió nuestro seminario los tiempos más brillantes de su larga historia debido sin lugar a dudas a que Mons. Zubizarreta le dedicó lo mejor de sus energías y de su tiempo.

Fue iniciador y propulsor de la Acción Católica Cubana, cuyos primeros Estatutos redactó con una admirable prudencia y sabiduría.

En 1936 realizó el Primer Congreso Eucarístico Diocesano dentro del cual fue coronada canónicamente por delegación pontificia la venerada imagen de la Santísima Virgen de la Caridad del Cobre, el 20 de diciembre del mismo año en Santiago de Cuba.

Mons. Zubizarreta se ganó, ya en su tiempo, el nombre de Arzobispo Constructor, pues a pesar de la pobreza en que transcurrió todo su gobierno arzobispal no por eso dejó de hacer lo que pudo y así vemos que construyó el edificio del actual arzobispado que no pudo terminar, cediendo a los Hermanos de La Salle el antiguo para que éstos pudieran ampliar su magnífico Colegio. Construyó en Manzanillo el asilo P. Acevedo y encargó su dirección a las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, así como los templos parroquiales de Antilla, Cueto, Velazco, La Maya, Media Luna, Campechuela, Baire y Cristo Rey en el Rpto. Marimón de Santiago de Cuba. Construyó la casa de los Padres Salesianos en Santiago de Cuba. Reparó totalmente la S.B.M.I Catedral, seriamente dañada por el terremoto del 3 de febrero de 1932, entre otras muchísimas obras.

Después de una vida llena de mérito ante Dios y los hombres, murió santamente como había vivido, el 26 de febrero de 1948 en Santiago de Cuba. Fue sepultado en el panteón por él construido para el Arzobispado en el cementerio Santa Ifigenia y posteriormente, el 18 de abril del año 2004, en el bicentenario de la erección canónica de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba, sus venerables restos mortales fueron trasladados del cementerio local y reinhumados a la derecha del altar mayor de nuestra Catedral Metropolitana.

 

 

Excmo. y Rvdmo. Mons. Dr. Enrique Pérez Serantes.

Décimo tercer Arzobispo de Santiago de Cuba.

Nació en Tuy, Galicia, España, el 29 de noviembre de 1883.

Hizo sus primeros estudios eclesiásticos en el seminario diocesano de Orense, de donde vino a Cuba (La Habana) con sus padres en el año 1901. En este tiempo era Administrador Apostólico de La Habana S.E.R Mons. Dr. Francisco de Paula Barnada y Aguilar, arzobispo de Santiago de Cuba, quien por medio de los padres jesuitas conoció y trató al joven seminarista gallego, descubriendo en él una inteligencia superior y una vocación al sacerdocio muy especial, por lo cual, y a pesar de la difícil situación económica por la que atravesaba la iglesia cubana a inicios de la República, le gestionó una beca y lo mandó a estudiar en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Tal vez el venerable Arzobispo cubano tuvo la premonición de que con el decursar del tiempo sería su dignísimo sucesor en la Sede Primada de Cuba.

En Roma el seminarista Pérez Serantes llamó la atención de sus profesores y sus condiscípulos por su preclara inteligencia de la cual dio sobradas pruebas al obtener con notas brillantes los doctorados en Sagrada Teología, Derecho Canónico y Filosofía (tres borlas). En el Museo Arquidiocesano, que lleva su nombre, se conservan y exhiben sus títulos universitarios.

En 1910 regresó a La Habana donde fue ordenado sacerdote en la S.I. Catedral el 11 de septiembre del mismo año por S.E.R. Dr. Pedro González de Estrada el cual teniendo en cuenta que el nuevo sacerdote era graduado en las tres borlas lo nombró profesor de Seminario Diocesano de La Habana y le encargó que impartiera las cátedras de Latín, Historia, Filosofía y Sagrada Teología; y como si esto fuera poco le encomendó además la atención de la capellanía de las monjas del Sagrado Corazón de Jesús que tenían su colegio en la calle Tejadillo en La Habana Vieja.

Muy cerca del Seminario de La Habana quedaba el puerto donde una gran cantidad de obreros portuarios trabajaban en las peores condiciones que imaginarse pueda, quienes habían iniciado una serie de luchas para obtener mejores salarios y condiciones de trabajo. A ellos se acercó el P. Pérez Serantes para ayudarlos, guiarlos y encausar su justa lucha por vías cristianas, ganándose el corazón y las simpatías de aquella buena gente. Para los obreros portuarios fundó una pequeña revista llamada “El Faro”, para defenderlos y orientarlos desde de la óptica de la Doctrina Social de la Iglesia. Podemos afirmar que el P. Pérez Serantes fue un precursor y artífice de la defensa de la iglesia cubana a la clase obrera.

La santidad de vida, singular inteligencia y espíritu apostólico y misionero, así como ser un incansable trabajador, hizo que el recién nombrado Administrador Apostólico de Cienfuegos, Mons. Zubizarreta, le nombrara su Provisor y Vicario General, cargos que ocupó de 1916 al 1922 cuando fue preconizado obispo de Camagüey el 24 de febrero de 1922.

El 13 de agosto del mismo año fue consagrado obispo por el que fue su mentor y amigo, Mons. Dr. Fray V. Zubizarreta en la Catedral de Cienfuegos, tomando posesión de sus diócesis camagüeyana el 2 de septiembre del mismo año.

Inmediatamente el nuevo obispo comenzó una sonada visita pastoral en la que trabajó con ardor, evangelizando por ciudades, poblados, rancherías y bohíos, llegando a todas partes con un celo apostólico y misionero que hacía recordar y revivir el apostolado de San Antonio M. Claret por tierras cubanas. Durante más de veintiséis años en que fue obispo de Camagüey cumplió a cabalidad su ministerio de padre y pastor. A él se debe la adquisición, en aquella diócesis, del actual edificio del arzobispado; la fundación de un seminario menor; la restauración de su Catedral, y la construcción de muchas iglesias y capillas. Llevó a su diócesis a numerosas congregaciones religiosas masculinas y femeninas que fundaron colegios, escuelas, hospitales, asilos y clínicas.

Pero fueron las misiones rurales su apostolado predilecto, no perdonando medios para llegar a los más intrincados lugares aunque tuviera que ir a pie, como solía hacer muchas veces.

A la muerte de Mons. Zubizarreta. S.S. el papa Pío XII lo nombró Arzobispo de Santiago de Cuba el 11 de diciembre de 1948, comenzando a servir a esta Iglesia Arquidiocesana con renovados bríos a pesar de sus años y enfermedades, sin escatimar tiempo ni fatigas, dándose a nosotros con un espíritu apostólico y misionero, tal vez sólo superado por su dignísimo predecesor San Antonio M. Claret.

Construyó y reparó templos y capillas a lo largo y ancho de su inmensa Arquidiócesis; fundó colegios y asilos de ancianos. Trajo comunidades religiosas masculinas y femeninas: las Hermanas Sociales, las Catequistas de la Beata Madre Dolores Sopeña, las Oblatas de la Divina Providencia, entre otras.

Construyó la Hospedería cercana al Santuario de la Virgen de la Caridad en El Cobre; amplió notablemente el edificio del Seminario San Basilio Magno (hoy Casa de Retiro y Convivencias).

Su andar misionero y evangelizador no se detuvo nunca, ni acobardó ante ningún obstáculo, llegando con la fuerza del Evangelio a todos.

El gobierno arzobispal de Mons. Pérez Serantes, transcurrió a partir de 1953 (año del ataque al Cuartel Moncada) por dificilísimas circunstancias políticas hasta su muerte en 1968. No tuvo miedo jamás a nada ni a nadie, pues sólo con la fuerza del Evangelio de Jesucristo se enfrentó a la tiranía batistiana y con su bien timbrada voz y valiente pluma denunció los males que padecía la sufrida nación cubana. Se enfrentó cara a cara y sin miedo al general Fulgencio Batista y le pidió en nombre de Jesucristo que se fuera, que abandonara el poder para que volviera la paz a Cuba, aunque nada logró al respecto a no ser la repulsa del gobierno. Personalmente se ocupó de salvar la vida de los atacantes al Cuartel Moncada, saliendo a buscar a la misma Sierra Maestra en compañía del Sr. Enrique Canto Bori a los jóvenes sobrevivientes, para entregarlos vivos en el Vivac y así quitarle al ejército la posibilidad de asesinarlos. Sólo Dios sabe cuántas vidas salvó este valiente Arzobispo durante estos años de lucha insurreccional.

Con sus cartas pastorales, tan criticadas por algunos, pero que son documentos dignos de un Doctor de la Iglesia, fue la voz de los que no tenían voz y se hizo respetar no sólo por su valentía sino por sinceridad; y cuando se produjo el cambio revolucionario hacia el marxismo-leninismo, y los derechos de la Iglesia comenzaron a ser conculcados reduciéndose su acción pastoral sólo al interior de los templos, la voz de este anciano venerable y valiente se alzó de nuevo para denunciar y defender a la Iglesia, y todas aquellas libertades y derechos que veía eran pisoteados y suprimidos en nombre de la justicia social. Él supo como nadie dar su voz y sus últimas energías a la verdad y a la libertad, ganándose en la historia de nuestro pueblo y especialmente de nuestra Arquidiócesis el honroso título de Arzobispo de la Dignidad. Jamás se defendió de los burdos y groseros ataques que en la prensa y en la radio se le dirigieron, lo cual nos da una prueba más de su grandeza de alma.

Debido a la escasez de sacerdotes en que sumió a nuestra Arquidiócesis la salida del país de muchos de ellos, especialmente de los religiosos, así como la expulsión que se hizo en el barco Covadonga en septiembre de 1961, Mons. Pérez Serantes se vio obligado a asumir todas las funciones litúrgicas de la Semana Santa en varios pueblos de su extensa arquidiócesis que no tenían sacerdote que los atendiera y él decidió hacerlo personalmente. Regresó a Santiago de Cuba en la tarde del Domingo de Resurrección literalmente agotado, lo cual, unido a los intensos sufrimientos morales que padecía y a su avanzada edad le propició un infarto masivo que privó a nuestra Arquidiócesis de su venerado padre y pastor, y a toda Cuba del obispo más grande y completo que tuvimos en el pasado siglo, de un obispo santo que supo como Cristo darse a todos sin medida y por eso nuestro pueblo lo recuerda y le ama y espera que algún día se promueva ante la Santa Sede Apostólica su causa de beatificación.

Falleció santamente y con plena lucidez en el sanatorio de la Colonia Española de Santiago de Cuba el 18 de abril de 1968, y su entierro constituyó una multitudinaria manifestación de duelo popular que acompañó el cadáver de su entrañable padre hasta el cementerio Santa Ifigenia donde fue sepultado en el panteón del arzobispado junto al que fuera su predecesor Mons. Zubizarreta.

Sus venerables restos mortales fueron trasladados de ese panteón a nuestra Catedral y reinhumados a la izquierda del altar mayor el 18 de abril de 2004 dentro de las celebraciones del Bicentenario de la erección canónica de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba.

 

 

Excmo. y Rvdmo. Mons. Dr. Pedro Claro Meurice Estíu

Décimo cuarto Arzobispo de Santiago de Cuba

Nació en San Luis, en la antigua provincia de Oriente el 23 de febrero de 1932.

Entró en el Seminario San Basilio Magno el 2 de septiembre de 1944 bajo el gobierno arzobispal de S.E.R. Mons. Zubizarreta, y realizó en él los estudios de Humanidades, Filosofía y los dos primeros años de Sagrada Teología.

En el año 1953 es enviado al Seminario Santo Tomás de Aquino en la República Dominicana donde terminó los estudios de Sagrada Teología. Es ordenado sacerdote en nuestra S.I. Catedral el 26 de junio de 1955 por Mons. Pérez Serantes.

Ya sacerdote es enviado por su arzobispo a estudiar en el seminario de Vitoria, y aquí perfecciona y estudia griego, humanidades y espiritualidad sacerdotal.

Entre los años 1956 y 1958 estudia Derecho Canónico en la Universidad Gregoriana de Roma, obteniendo la licenciatura en dicha disciplina, regresando a Cuba el 27 de octubre de 1958 siendo nombrado secretario particular de Mons. Pérez Serantes.

Fue párroco de San Luis (El Caney), San José (La Maya), Santa Catalina de Ricci (Guantánamo), Ntra. Sra. de la Asunción (Baracoa) y La Sagrada Familia (Vista Alegre).

S.S. el papa Pablo VI le nombra Obispo Auxiliar de Santiago de Cuba en el año de 1967, y recibió la Consagración Episcopal el 30 de agosto del mismo año en el Santuario de nuestra madre y patrona la Virgen de la Caridad de manos del inolvidable Mons. Enrique Pérez Serantes.

A la muerte de Mons. Pérez Serantes, es nombrado Administrador Apostólico de nuestra Arquidiócesis, hasta que en el año 1970 su S.S. Pablo VI le nombra Arzobispo de Santiago de Cuba, y tomó posesión de la misma el nueve de septiembre de ese mismo año.

Gobernó la Arquidiócesis hasta el 10 de febrero de 2007, en que SS Benedicto XVI aceptó su renuncia al gobierno de la misma por límite de edad según el Canon 401, inc. a del Código de Derecho Canónico.

Falleció en la ciudad de Miami, Estados Unidos, el 21 de julio de 2011. Fue sepultado en el cementerio de Santa Ifigenia en la ciudad de Santiago de Cuba y su sepelio constituyó una manifestación multitudinaria de duelo popular, que acompañó el cadáver de su padre y pastor en silencio y oración.

 

 

Excmo. y Rvdmo. Mons. Dionisio Guillermo García Ibáñez

Décimo quinto Arzobispo de Santiago de Cuba.

Nació en la ciudad de Guantánamo, el 31 de enero de 1945.

Cursó toda su primera y segunda enseñanza hasta el tercer año del bachillerato en el Colegio De La Salle de la ciudad de Guantánamo; terminando los mismos en el Instituto de Segunda Enseñanza de aquella ciudad. Matriculó en la Universidad de Oriente la carrera de Ingeniería Eléctrica, culminándola en la Universidad de La Habana en el año 1972 en la especialidad de Telecomunicaciones. Profesión que ejerció durante ocho años.

Durante este tiempo tuvo una vida activa como laico, perteneció al Consejo Parroquial de su parroquia, Santa Catalina de Ricci actualmente Catedral de la diócesis de Guantánamo-Baracoa; y durante varios años al Consejo Diocesano de Laicos.

En el año 1980 ingresa al Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana, donde realizó sus estudios. Fue ordenado diácono el 15 de julio de 1984 en Santa Catalina de Ricci; un año después fue ordenado presbítero junto al P. Jorge Catasús Fernández, por la imposición de manos de Mons. Pedro Meurice, el 8 de julio de 1985 en la SBMI Catedral de Santiago de Cuba. Sirvió durante seis meses como coadjutor del P. José Conrado en la parroquia de San Antonio María Claret de la ciudad de Santiago, desde enero de 1986 fue nombrado párroco sucesivamente de Media Luna, Niquero y Campechuela, en la provincia de Granma actualmente pertenecientes a la diócesis de Bayamo-Manzanillo.

El 8 de diciembre de 1991 es nombrado párroco de La Inmaculada Concepción de la ciudad de Manzanillo, donde estuvo hasta julio de 1995 en que fue nombrado coadjutor del Santuario Nacional, Basílica de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre.

En estos años presidió la Comisión Diocesana de Vocaciones y Pastoral Juvenil.

El 9 de diciembre de 1995, S.S. Juan Pablo II lo nombra obispo para la recién creada diócesis de Bayamo-Manzanillo; a los pies de María de la Caridad fue ordenado por imposición de manos de Mons. Meurice el 27 de enero del 1996. Tomó posesión de su diócesis, siendo su primer obispo, el 10 de marzo de ese mismo año.

El 10 de febrero del 2007, S.S. Benedicto XVI le nombró como sucesor en la sede Arzobispal de Santiago de Cuba, Primada de Cuba, de Mons. Pedro Claro Meurice Estiú. Tomando posesión de la misma el 24 de febrero del 2007 en su Catedral.