Cuando suena la conga en Santiago de Cuba

Es domingo 24 de junio y hay mundial de fútbol. Pero con el toque de la conga la gente corre. Salen en chancletas, con el moño suelto o recogido. Ella, que no sé su nombre, se echa encima al hijo pequeño y se va a arrollar; a aquella se le olvidan los frijoles puestos en el fogón. El, que tampoco sé su nombre, no le importa la silla de ruedas, y la empuja; y aquel anda descalzo y sin camisa… La conga no tiene edad, ni sexo, ni color.

Tres hombres van en en la avanzada moviendo las banderolas, abriendo el paso. Y la gente corre y se asoma en los balcones. Algunos cuando suena la conga ya saben cómo se van a vestir, short corto y camiseta.

Aparecen vendedores de cerveza y vendedores de granizados y están allí un grupo de policías custodiando. Hay quienes para sentir la conga desafían a los policías.

La conga suena, se siente, huele. Son pocos los que escapan a no moverse, a no soltarse, a no echar un paso unas cuantas calles arriba.

La conga arrastra la multitud. En los coros improvisados deja saber cómo se vive y se piensa entre los más humildes. Se le toma la temperatura a la gente de Santiago a la alegría de una ciudad como esta.

Ahora que suena la conga me voy tras ella. Tras ellos. Y siento, huelo. Miro el centro donde más duro suena.

Para saber de verdad de Santiago de Cuba y su gente, para saber cómo se vive en Santiago hay que adentrarse en una conga.

Yunier Riquenes García