El bolero vive

Cuando uno se encuentra en el exterior del país se percata del alto valor de nuestra música, cómo ha calado en el gusto y la preferencia de los habitantes de nuestro planeta. Pudiéramos decir que es la música nuestra máxima representación. Dentro de ese concepto, tenemos  al son y al bolero como bandera. Sin embargo, cuántas batallas hemos librado los defensores de estos géneros en contra de aquellos que los han atacado aprovechando las posibilidades que brindan los medios masivos de difusión.

Hoy podemos decir, que tanto el son como el bolero, siguen vivos. Prueba de ello es la existencia de centenares de agrupaciones y solistas que hoy en día cultivan ambos géneros.

La aparición en 1988 del Festival Boleros de Oro marcó un hito en el desarrollo de este estilo musical,  enalteciendo  sus  valores  y provocando un renacer del gusto popular hacia sus composiciones.

A lo largo del país, varias ciudades se unieron en este empeño. Por supuesto, la ciudad de Santiago de Cuba estaba obligada a asumir un rol protagónico, considerando su condición de madre de ese ritmo que ennoblece el alma. O sea, por derecho propio.

En treinta años de existencia este festival ha contribuido a que Cuba cante, a que viejas historias tomen nuevas vidas, a que en cualquier esquina descubramos a un joven interpretando un bolero al estilo de los grandes.

A Santiago de Cuba llegó  la vigésima novena edición de su festival. La memoria nos lleva a recordar a Fernando Álvarez, Gina León, Lino Borges y otras figuras del ámbito nacional. Entre los visitantes foráneos encontramos al famoso Vicente Garrido y a Fernando Fernández. Todos ellos regalaron su arte a los amantes santiagueros. Gracias a los festivales, el bolero vive

Por Roudulfo Vaillant García