El café reparador de Soler

Los medicamentos que toma Luis Armando para combatir su leucemia lo tiene medio indispuesto esta tarde. Está acostado bocarriba, con el control remoto en una mano y los ojos atentos a la pantalla del televisor que reproduce, uno tras otro, videos de Viajeros callejeros.

Le propongo conversar otro día pero insiste en que me quede porque, según él, le hace bien hablar. Me acomodo en una banqueta al pie de su cama. Desde allí reparo en la limpieza de su habitación, de su ropa y en el olor a colonia que lleva encima.

Tiene las mejillas sonrosadas y el ánimo de 10 hombres llenos de salud. Sabe que va a recuperarse muy pronto y a desandar otra vez las calles de la capital pinareña con su carro de café. Es un artefacto largo y estrecho que diseñó él mismo.

«Papá se volvió loco», comentaban sus hijos cuando lo veían sentado a la mesa, lápiz en mano, aferrado a su idea, dándole forma a aquel proyecto con sus escasas nociones de dibujo.

Pidió ayuda a un diseñador y a un mecánico y en poco tiempo tuvo el carro listo con sus luces LED, su música, un departamento para los vasos sucios, decenas de bolsillos adosados a una de las paredes metálicas para guardar los utensilios y un mostrador pequeño en el cual prepara los cortaditos, los capuchinos, los cafés bombón y moka, entre otras especialidades.

Pero la historia del Café Soler comenzó un poco antes, con un hombre de 50 años que apenas sabía preparar una buena infusión y que aun así, decidió montar su pequeña empresa.

A las tres de la tarde del 25 de junio del 2013 hizo un termo de café sobre lo amargo y salió a venderlo por las calles aledañas a la suya. Luis Armando vive en los altos de un consultorio situado frente al parqueo de la Universidad, donde su esposa trabaja como médico de la familia.

Aquel día volvió con el termo vacío y el corazón lleno de esperanzas. Fue examinando los mejores horarios para vender, estudió a sus clientes potenciales y empezó a levantarse de madrugada para avivar con ese aroma mágico que tiene el primer café de la mañana, el espíritu de los choferes y los viajeros de la Terminal de Ómnibus.

«Al principio yo andaba con un cincho al cuello. Mi cuerpo era la cafetería. Llevaba todos los cachivaches a cuestas, pero después de caminar unos cuantos kilómetros el dolor en las costillas y en el cuello era fuerte.

«Entonces surgió la idea del carro y de una silla portátil que creé a partir de un andador y de un trozo de tela para cuando me cansara mucho. De las dificultades que surgen por el camino nacen las mejores soluciones. Yo siempre digo que el que inventó el arado fue un tipo que tuvo que dar mucha guataca», advierte risueño.

No hay límites para la imaginación de este vendedor ambulante. Su marca y su carro están registrados en la Oficina Nacional de la Propiedad Industrial y ha participado en importantes eventos como las ferias de Expocuba.

«En un espacio reducido de 50 centímetros por 45, se puede brindar un servicio de calidad al pueblo. Eso lo aprendí con mi trabajo. No importa tu edad, tu solvencia económica o la ayuda que te falta: para montar un negocio solo se necesita voluntad», afirma.

Hay energía e inspiración en su cabeza; en su cuerpo robusto recostado sobre la cama; en sus pies, locos por salir afuera, por salvar de dos en dos los escalones del consultorio y perderse en el frescor de las seis de la mañana. La calle es ese escenario donde Soler representa lo que mejor sabe hacer: alegrar la vida de la gente con el sabor reparador de su café.

Foto tomada de http://www.guerrillero.cu

Escrito por Susana Rodríguez Ortega y publicado en Guerrillero

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Author: casadranguet

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