Cada mes de diciembre, todos nos sumergimos en las celebraciones de la Navidad y el fin de año. Estas festividades tienen su colofón el día 31, cuando a las 12 de la noche, brindamos por energizar positivamente el advenimiento de un nuevo ciclo y le damos una cálida bienvenida al año recién estrenado. Pero bien cargados y repletos de esperanzas, todavía nos queda otra fiesta por celebrar: la del Día de Reyes.
Cada 6 de enero, el mundo hispano espera con ansias este tradicional día, que se traduce en regalos y juguetes para los pequeños de casa. En nuestro caso, ese gran momento es recibido con una gran expectativa, pero fundamentalmente, en toda aquella Cuba que no es La Habana.
El Día de Reyes ha estado arraigado y anclado más a una fuerte tradición, que a la consabida celebración religiosa. Los niños reciben juguetes de los Tres Reyes Magos. En los países hispanohablantes, esta fecha representa el botón de cierre de la Navidad más el desmonte de los arbolitos, luego de un mes de haberse mantenido iluminando las esperanzas y los buenos augurios de cada hogar.
Melchor, Gaspar y Baltasar, eran los nombres de estos Tres Reyes Magos, quienes venían desde tierras lejanas, a entregar ricos y ostentosos presentes, tales como oro, incienso y mirra, con el objetivo de homenajear al Rey de Reyes, Jesús de Nazaret.
La palabra «mago» proviene del persa ma-gu-u-sha, que significa sacerdote, referida a una casta de eruditos (persas y babilonios), que se dedicaban al estudio de las estrellas, en su deseo de buscar y encontrar a Dios.
A partir del siglo IX, es que los tres magos comienzan a representarse como Reyes, teniendo en cuenta las coronas que, como tal, empiezan a adornar sus respectivas cabezas. Antiguamente, su procedencia se consideraba árabe o persa. Tendrían que pasar muchos años, hasta llegar al siglo XV d.C., para que los tres reyes lograsen representar a las tres razas de la Edad Media: Melchor encarnaría a los europeos, Gaspar a los asiáticos y Baltasar a los africanos.
Según Wikipedia, a partir del siglo XIX, se inició en España la tradición de convertir la noche de Reyes (la anterior a la Epifanía), en una fiesta infantil con regalos para los niños, imitando lo que se hacía en otros países el día de Navidad y en homenaje al santo oriental San Nicolás. Fue en 1866 cuando se celebró la primera cabalgata de Reyes Magos en Alcoy, tradición que se extendió al resto de España y posteriormente a otros países, especialmente a los hispano hablantes.
En Cuba, el Día de Reyes era conocido como la Pascua de los Negros y Día de San Baltazar, ya que, en época de la colonia, este señalado día se les concedía a los esclavos como una jornada de descanso, por lo que éstos salían a festejar y a bailar al ritmo de sus tambores. Según Don Fernando Ortiz (1881-1969), “este día era muy importante para las masas silenciosas de esclavos, ya que era el único momento en que podían exorcizar sus penas mediante el baile. Cada 6 de enero, los amos relajaban las restricciones que sometían al cuerpo del esclavo, tanto en el campo como en la ciudad”.
En Cuba, desde que yo tengo uso de razón, siempre escuché que estos tres adorables barbudos montados en camellos, venían a nuestras casas con sus enormes bolsas repletas de juguetes. En algunos países, según los libros de cuentos, se colaban por las chimeneas, pero en Cuba (gracias a esa enorme flexibilidad que tenían y que ningún niño cuestionaba ni ponía en tela de juicio), entraban sigilosamente por debajo de las puertas, para colocar los juguetes que unos días antes les habíamos pedido en emotivas cartas, las que, con sumo cuidado, colocábamos junto al arbolito de Navidad o en cualquier otro sitio de la casa. En esa cartica contábamos lo bien que nos habíamos portado durante el año, las altas notas obtenidas en la escuela, pero, además, hacíamos gala de un buen comportamiento, impecablemente sostenido. Por lo general, la cartica (con listado incluido), era una especie de cliché, que ponía a los padres (los Reyes verdaderos, algo celosamente oculto a los niños), en el aprieto más indescriptible: “Queridos Reyes Magos: Ante todo, deseo mucho que ustedes se encuentren bien, yo estoy bien, y deseando, que, si me he comportado como es debido, ustedes me complazcan, trayéndome …” Y a renglón seguido, comenzaba una larga lista, la cual constituía un verdadero dolor de cabeza para los padres, pero como es obvio, esa parte la desconocíamos totalmente.
Se nos decía que había que dejar yerba, agua y leche, a los fatigados camellos y sus jinetes, que luego de un viaje tan largo y agotador, necesitaban reponer fuerzas para poder continuar su hermosa y noble labor. Inmersos en nuestra ingenuidad infantil, cada niño cumplía con este ritual al pie y en la costura de cada letra. El día 5 de enero yo me iba a la cama prácticamente a las 6 de la tarde, pues tan deseoso estaba de que el tiempo pasara volando y amaneciera de una buena vez, para corroborar si, finalmente, me habían traído todo lo que yo había solicitado. Para muchos niños, esa era la noche más larga de todas. Los mayores siempre nos advertían que a los niños que se portaran mal, los Reyes les dejarían un saco lleno de carbón en vez de juguetes, algo que nunca sucedía.
Días antes, los comercios alentaban la venta de juguetes que, excelentemente bien presentados, daban una atractiva visual en todas las tiendas, en cuyas vidrieras se podía escuchar el bullicio de los infantes, quienes dejábamos grabadas las manos y hasta las narices en los cristales expositivos. Como esos hermosos paseos por las tiendas alimentaban una fuerte ilusión, las cartas eran extremadamente largas.
Previamente, los padres se encargaban de esconder los juguetes ya comprados en casas de familiares y vecinos, pues no se podían aparecer con estas compras, ya que se arruinaría el importante factor sorpresa. Una vez que se dormían los niños, se procedía a traer los regalos, para colocarlos en la sala con cierto gusto y estética. Al día siguiente, los juguetes relucían con su brillo, olor y color; pudiera ser que algunos juguetes no coincidieran con el listado, pero en ocasiones, superaban al pedido realizado, por tanto, el derroche de felicidad era enorme.
En la vida hay cosas que, por ser tan hermosas, no tienen precio. Imagino a mis padres contemplando mi cara de felicidad extrema, de conjunto con el brillo deslumbrante de mis ojos, después de levantarme el 6 de enero, ir corriendo hacia la sala y, al descorrer la cortina, contemplar aquella cantidad de juguetes repletos de colorido, dejados por los queridos y amadísimos Reyes Magos. Quedarme con la boca abierta, deslizar la mirada rápidamente por cada uno de los juguetes “en exhibición”, sentir que el corazón se me detenía, no saber por dónde ni por cuál empezar, luego de quedar paralizado por la emoción… era algo verdaderamente inenarrable.
Correr hacia un enorme camión de volteo, un set completo de pistoleros, que incluía sombrero, dos fundas con sendos revólveres, el cinturón con las balas y la estrella plateada del Sheriff; el juego de Vikingos, con casco, espada, chaleco y escudo; la caja con el enorme tren de baterías que me llevaría horas poder armar; la rastra con 6 carritos en su doble piso; las pelotas, el camión de bomberos de fricción con escaleras extensibles, el cacharrito de baterías, los juguetes que funcionaban a base de cuerdas, en fin… el paraíso para cualquier niño totalmente deslumbrado.
No obstante, ese día había en mi barrio una mezcla de alegría y tristeza al mismo tiempo. Los Reyes Magos no complacían a todos los niños por igual, pero la esperanza era lo único que nunca se perdía. Recuerdo compartir mis juguetes con los que apenas recibieron uno o quizás dos. A pesar de yo venir de una familia humilde, mis padres, año tras año, se mataban por darme esos grandes gustos, del que solamente un niño conoce su verdadero valor.
A tanta poesía y sueños acumulados, le sobrevino la amarga, cruda e impostergable realidad, cuando aquel fatídico día, mis ilusiones arribaron a su fecha de vencimiento, donde un amiguito, algo mayor que yo, me reveló este desagradable “spoiler”:
– ¡Los Reyes son mamá y papá!
Mi respuesta, muy a la altura de una actuación digna de un Oscar, fue tajante:
– ¡Eso ya lo sabía!
El desconsuelo me duró un buen tiempo. La inocencia había llegado a su final.
Pero no todos los niños reaccionaban de una manera tan fría ni tan triste como la mía; conozco a algunos que se fajaron a los piñazos con los chismosos, pues no podían dar crédito a semejante disparate. Y era lógico, porque año tras año, con el estimulante paseo por las tiendas, la redacción de aquella carta repleta de ilusiones, el avituallamiento competitivo con otros chicos para garantizar la logística a los viajeros, los interminables comentarios entre niños desde días antes (pues no se hablaba de otro tema), además de ese desenlace final con los juguetes ya en casa, no era para que te lo vinieran a arruinar de esa manera, sin aplicar al menos, un “anestésico emocional”. Pero una vez revelado el secreto del prestidigitador, no nos quedaba de otra que aceptarlo, asimilarlo, digerirlo y seguir adelante con la tradición, sobre todo, porque después me tocó hacerles a mis hermanos lo mismo que hicieron mis padres conmigo, quienes también, en su momento, pasaron por ese “dulce engaño”, en ciclo perpetuo.
En 1968, un año después de haber recibido ese cubo de agua fría, el Estado decide eliminar estas festividades, por considerarlas pequeño-burguesas, además de su alto contenido religioso. El Día de Reyes pasó a llamarse “Día de los niños”, donde no solo le cambiaron el nombre, sino que también lo movieron de fecha, ya que fue trasladado para las vacaciones del mes de julio. Sin embargo, muchas familias mantuvieron la tradición durante un buen tiempo, fuesen ateos o creyentes.
Es a partir de 1970, que la distribución de los juguetes en Cuba se hace de una manera racionalizada. Desde entonces, cada niño tendría derecho a tres juguetes al año, pero debidamente clasificados. Estaba el juguete “Básico” (el más costoso y codiciado) y dos “adicionales”, que eran mucho más baratos. Pero al poco tiempo, se cambió por otra variante. Ya no serían dos adicionales, sino uno “No básico” y otro “Dirigido”.
Nunca entendí esta nomenclatura, por cuanto los juguetes no resisten a una clasificación. El Básico lo mismo podía ser una bicicleta (el Gran Premio, la mayor aspiración de un niño), pero también podía ser un camión de volteo, una batería de percusión, o una ametralladora de pilas (las cuales eran bien difíciles de conseguir). Los No Básicos eran de inferior categoría, mientras que el Dirigido (horrible nombre), era aquel juguete de muy bajo valor monetario, aunque lo cierto es que el valor real de un juguete, quien lo otorga es el propio niño y nunca su valor mercantil. En este apartado, podía ser un trompo, una pelota, un juego de yaquis, una caja de 100 bolas o una simple suiza. Las madres siempre mostraban sus inconformidades, por cuanto muchos juguetes «caían» en la categoría de Básico, cuando perfectamente podían pertenecer a la de No Básico. Pero esa categorización ya venía hecha y no se admitían protestas, mucho menos reclamaciones.
Los juguetes tocaban hasta los doce años de edad, ya que, una vez cumplidos los trece, dejabas de ser oficialmente niño, aunque en mi caso, mis padres me prolongaron esa fecha límite, pues yo seguía adorando a los juguetes.
Es en esta época que se introduce el desagradable método del sorteo, consistente en colocar en un bombo los números de cada núcleo familiar, donde hubiera un niño en edad comprendida entre cero y 12 años. En un parque repleto de personas, se iba sacando cada número del bombo, y se definía cuándo le tocaba comprar a cada familia, dentro de los cinco días establecidos para la venta de juguetes. Fue una noble idea para que todos los niños, sin excepción, tuvieran sus juguetes, solo que la calidad de los mismos llegaba muy dispareja. Los que tuvieron la dicha de comprar el primer día, podían acceder a las mejores opciones, mientras que a los pobres infelices que les tocara comprar de últimos, apenas deberían conformarse con alcanzar algo con cierta dignidad.
Mi madre nunca tuvo la suerte de comprar en ninguno de los primeros días, pues siempre terminaba cogiendo los numerones más grandes; no tanto lo sufrí yo, sino mis hermanos. En aquellas noches de rifas, era muy notorio el contraste de las caras que iban a recoger alegremente su número de lujo una vez que eran llamados, en comparación con los rostros que quedaban, a la espera de un toque afortunado.
Muchos aspiraban a una bicicleta, que por demás escaseaban, pues solo situaban muy pocas en cada tienda. Como no todas las familias disponían de los 110.00 que costaban (una verdadera fortuna para aquella época), los números del 5 al 10 rezaban para que no las compraran los que tenían delante en la cola. Porque una madre podía ser la primera en entrar, pero tal vez no disponía del dinero suficiente como para comprar los mejores juguetes, que eran los más caros. Y si además de eso, la pobre tenía 4 niños, peor. El rostro de satisfacción y el triunfalismo de quien salía de la tienda con una bici en alto, era más grande que si estuviese alzando una medalla olímpica.
Posteriormente, con el transcurso de los años y en fecha cercana al 6 de enero, las tiendas de recaudación de divisas (a raíz del nacimiento del CUC), empezaron a ser surtidas con disímiles juguetes, pues se sabía que muchas familias mantenían vivas las tradiciones. Desde el punto de vista comercial, este “rescate” resultaba ser un gancho para que esas tiendas recaudaran más. No son pocos los padres que han ido restaurando la monarquía de unos Reyes Magos actualizados, por lo que no es extraño encontrar un hogar en el que muchos niños no celebren este día y a la vieja usanza. Eso sí, solamente los padres pudientes podían acceder a comprarlos, teniendo en cuenta los precios exorbitantes en divisas. En el listado de las cartas que los niños harían hoy, seguramente incluirían un Nintendo Wii, un Mp4, o un Play Station de última generación.
Bien atrás quedaron los juguetes básicos, los no básicos y los dirigidos. Felizmente, el método de la injusta rifa desapareció; tampoco hay bombos ni cupones asignados. Ahora el Día de Reyes se renueva. Los tiempos cambian y las mentalidades también.
Los que nacieron sin conocer de esta hermosa tradición, nunca sabrán lo que significó su desaparición, como aquellos que sí la conocimos, que la disfrutamos y de la que eran copartícipes, año tras año, generaciones tras generaciones, aunque ya sólo queden los simples recuerdos.
Para cualquier niño, jugar es tan importante como vestirse, comer, calzarse o aprender, pues forma parte de su desarrollo como ser humano. Si bien Los Reyes Magos llenaban nuestros sueños y expectativas infantiles, también llenaban las de nuestros padres y nuestros abuelos. Es bueno que los Reyes Magos hayan retornado, aunque sea de manera reciclada, pues, en definitiva, nunca abandonaron el imaginario popular del cubano.