Por estos días el flamboyán enrojece mi país. Provoca que algunos fotografíen, dediquen post en las redes sociales. Es como si el flamboyán, ese árbol cubano que crece en toda la isla, removiera nuestros sentidos.

flamboyánDe niño hacía fiesta cuando el flamboyán estaba florecido, era el momento de recoger parte de sus flores para echar a pelear los pistilos como dos guerreros. Sacábamos uno y otro y los poníamos en el campo de batalla. Le poníamos nombres al guerrero y salíamos muchas veces, airosos o destrozados.

Nos sentábamos debajo del flamboyán a tomar un poco de fresco en medio del calor, a jugar, a almorzar. Parece tan familiar que se encuentra también en muchos patios de las familias cubanas.

Pero hay algunos, como mis vecinos de abajo, que tienen en su patio un flamboyán. Nació solo y tomó altura. Trajo palomas mensajeras que cantaban al atardecer; trajo unos pajaritos negros que llamamos candelitas, y trajo también la familia de un zunzún. Pero, además, el flamboyán sujetaba la montaña del derrumbe, porque mis vecinos tan pobres, viven abajo, y encima está la montaña.

El flamboyán floreció una vez, y trajo alegría al vecindario, dejó vainas que los muchachos convertían en las espadas del guerrero, y los hombres encontraban semillas para hacer sonar las maracas y las mujeres las lucían en collares y pulseras.

Pero mis vecinos, que eran tantos en una casa, no podían con la sombra que daba el flamboyán. Primero mandaron a cortar las ramas más altas, luego, otras ramas y luego, cuando llegué del trabajo el flamboyán estaba picado casi a ras del suelo. Se fueron las palomas, las candelitas y la familia del zunzún. El sol caía de plomo cada tarde sobre mi casa y la del vecino, parecía que la montaña nos iba a tragar.

Pero volvió a retoñar; y, cuando tomaba altura, mandaron nuevamente a talarlo. No lo dejes crecer, dijo recogiéndose el moño, la señora de abajo. Pero el flamboyán, después de eso, siguió viviendo y renaciendo. Entonces le echaron una sustancia química para secarlo por completo, Y otra vez el flamboyán siguió viviendo. En cuanto crece un retoño mandan unas manos por él.

Por estos días que muchos suben post de flamboyanes florecidos, yo miro el que está en el patio, talado y con las sustancias químicas, con el sol de plano. Veo a mi vecina, tan pobre, y entiendo que hay personas que no están preparadas para el espectáculo de un flamboyán. Y me río. No le digo que, sobre la sustancia negra, retoña invencible.

Yunier Riquenes García