El teléfono móvil y la verdad

Por: Umberto Eco

Este texto, ahora prólogo del libro ¿Dónde estás? Ontología del teléfono móvil, se publicó anteriormente como un artículo en el periódico italiano L’espresso, «La Bustina di Minerva», el 15 de septiembre de 2005; apunta Carmen Revilla Guzmán, traductora del libro.

 

En la Bustina anterior aludía al libro de Maurizio Ferraris Dove sei? Ontologia del telefonino (Bompiani), que muestra cómo los teléfonos móviles están cambiando de manera radical nuestro modo de vivir, hasta el punto de convertirse en un objeto «filosóficamente interesante». Al asumir las funciones de agenda de bolsillo y pequeño ordenador con conexión a internet, el móvil es cada vez menos un instrumento de comunicación oral y cada vez más un instrumento de escritura y lectura. Como tal se ha convertido en instrumento omnicomprensivo de registro (y veremos hasta qué punto, a un amigo de Derrida, palabras como escritura, registro e «inscripción» le pueden llamar la atención).

Apasionantes, incluso para el lector no especialista, son las primeras cien páginas de «antropología» del móvil. Hay una diferencia sustancial entre hablar por teléfono y hablar por el móvil.  Por teléfono se podía preguntar si alguien estaba en casa, mientras que por el móvil (salvo en casos de robo) se sabe siempre quién responde, y si está disponible (lo que cambia nuestra situación de privacy).

El teléfono fijo permitía saber dónde estaba la persona a quien llamábamos, mientras que ahora siempre queda el problema de dónde está (entre otras cosas, si responde «estoy detrás de ti», pero está abonado a una compañía de otro país, la respuesta está dando la vuelta a medio mundo). Yo no sé dónde está quien me responde, pero en cambio la compañía telefónica sabe dónde estamos ambos: de modo que la capacidad de sustraerse al control de los individuos va ligada a una total transparencia de nuestros movimientos respecto al Gran Hermano (el de Orwell, no el de la televisión).

Se pueden hacer diversas reflexiones pesimistas (paradójicas y, por tanto, atendibles) sobre el nuevo «homo cellularis».  Por ejemplo, cambia la dinámica misma de la interacción cara a cara entre Fulano y Mengano, que ya no es una relación entre dos, porque la conversación puede ser interrumpida por la inserción de Zutano en el móvil, de modo que la interacción entre Fulano y Mengano se desarrolla solo con interrupciones, o se corta. Así, el instrumento primario de conexión (del estar yo siempre presente para los demás, como los demás para mí) se convierte al mismo tiempo en instrumento de desconexión (Fulano está conectado con todos menos con Mengano). Entre las reflexiones optimistas me gusta la referencia a la tragedia de Zivago cuando, después de años, ve de nuevo a Lara desde el tranvía (¿recordáis la escena final de la película?), no consigue bajar a tiempo de alcanzarla, y muere. Si ambos hubiesen llevado un teléfono móvil ¿hubiéramos tenido un final feliz?

El análisis de Ferraris oscila entre las posibilidades que el móvil abre y las castraciones a las que nos somete, ante todo la pérdida de la soledad, de la reflexión silenciosa sobre nosotros mismos, y la condena a una constante presencia del presente. No siempre la transformación coincide con la emancipación.

Pero al llegar a la tercera parte del libro, Ferraris pasa del teléfono móvil a una discusión sobre los temas que le han apasionado cada vez más en los últimos años, entre ellos la polémica con sus maestros originarios —de Heidegger a Gadamer y Vatrimo— contra la posmodernidad filosófica, contra la idea de que no hay hechos sino solo interpretaciones, hasta llegar a su actual defensa sin reservas del conocimiento como «adaequatio», o bien (¡pobre Rorty!) como «espejo de la Naturaleza». Aunque naturalmente, con muchos matices críticos (lamento no poder seguir paso a paso la fundamentación de esa suerte de realismo que Ferraris llama «textualismo débil»).

¿Cómo se llega desde el teléfono móvil al problema de la Verdad? Mediante una distinción entre objetos físicos (como una silla o el Mont Blanc), objetos ideales (como el teorema de Pitágoras) y objetos sociales (como la Constitución italiana o la obligación de pagar la consumición en el bar). Los primeros dos tipos de objetos existen al margen de nuestras decisiones, mientras que el tercer tipo solo resulta operativo, por decirlo así, después de un registro o inscripción. Partiendo de la base de que Ferraris intenta fundamentar de algún modo «natural» estos registros sociales, el teléfono móvil se presenta como el instrumento absoluto de todo acto de registro.

Sería interesante discutir muchos puntos del libro. Por ejemplo, las páginas dedicadas a la diferencia entre registro (son registros un extracto de cuentas bancario, una ley, cualquier colección de datos personales) y comunicación. Las ideas de Ferraris sobre el registro son extremadamente interesantes, mientras que sus ideas sobre la comunicación siempre han sido un poco genéricas (por usar en su contra la metáfora de un pamphlet suyo anterior, parecen compradas en Ikea). Pero el espacio de una Bustina no es el lugar para discusiones filosóficas profundas.

Algún lector se preguntará si era realmente necesario reflexionar sobre el móvil para llegar a conclusiones que podían también partir de los conceptos de escritura y de «firma». En efecto, el filósofo puede comenzar con la reflexión sobre un gusano para diseñar toda una metafísica; pero quizás el aspecto más interesante del libro no es que el móvil le haya permitido a Ferraris desarrollar una ontología, sino que su ontología le haya permitido entender y hacernos entender el teléfono móvil.

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Author: Yunier Riquenes García

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