“En los límites de la vulgaridad”

Estoy enamorao de 4 babys. Siempre me dan lo que quiero…

Santiago de Cuba, 9 de ene.- Así escuche cantar, mientras me dirigía hacia la escuela,  a un grupo de jóvenes que de seguro no sobrepasaban los 13 años de edad. Y es que el  tan popularizado género trap  ha calado hondo en la mente  y el comportamiento de adolescentes y jóvenes y no es de extrañar entonces que hasta los más pequeños tarareen sus canciones, muchas veces en presencia de un adulto, que por considerarlo “gracioso” no concientiza la repercusión que tal  actitud pudiera tener en una personalidad que apenas  está formándose.

Exponentes como Maluma, Bad Bunny, Bryan Myers y Ozuna han  ido ganando terreno en el gusto y la preferencia de estos grupos etáreos que han tratado de asumir su moda como patrón cultural.

Tal vez sea cierto que la juventud de hoy se parece más a su tiempo que a sus padres  y claro está, vivimos en una sociedad en la que la tecnología y lo moderno se imponen, estableciéndose así nuevos patrones y estereotipos  que a las industrias culturales le interesa perpetuar.

Sin lugar a dudas la aceptación que ha tenido el trap en Cuba es alarmante, de ahí que un gran número de la población lo consuma. Lo mismo se oye en transportes públicos que en los centros de recreación. Esto en el mejor de los casos porque muchas veces la historia es otra: la del vecino que contagia al barrio entero con su alegría poniendo a todo volumen su equipo, irrespetando normas de convivencia social, que no por gusto existen, y obligando finalmente a las demás personas a oír lo que él oye.

Sin embargo hay quienes la consumen porque su ritmo es contagioso, porque su grupo de amigos también lo hace o simplemente de tanto escucharla se la aprenden. Es entonces que me surge una pregunta ¿cómo es posible que en 3 ó 4 minutos de “música” se denigre tanto a la mujer, se incite tanto al sexo, la violencia, la prostitución o al consumo de drogas?

No cuestiono el trap como la opción elegida para divertirse, pero si pongo en tela de juicio su letra tan grosera y despectiva. No se trata de juzgar que música debe ser oída, pues todos poseemos gustos y afinidades diferentes. Se trata más bien de interiorizar la letra de canciones que básicamente no aportan nada a nuestro desarrollo como individuos y cuyo contenido esencial roza los límites de la vulgaridad.

Por: Indira Montero Almanza, Estudiante de periodismo.

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Author: CMKW Radio Mambí

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