Evelio Traba: “Escribo constantemente en un forcejeo entre la expresión del escritor y la empatía que debo al lector”

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Escrito por Diana Iglesias Aguilar

¿Qué experimentó Evelio Traba en la mañana del 23 de abril pasado cuando le anunciaron que se había alzado, entre 527 participantes de toda Iberoamérica, con el V Premio de Novelas Ejemplares Miguel de Cervantes?

Los premios literarios, cuando se fallan con honestidad y transparencia, siempre resultan una sorpresa muy agradable que actúa a modo de recompensa para el escritor.  De pronto estás en tu faena cotidiana y recibes una llamada como esta, sin duda se alegra tu día y también el día de las personas que han logrado, de un modo u otro, que tu esfuerzo se convierta en un hecho tangible. Evidentemente experimenté una gran alegría al recibir este comunicado desde España, la alegría de ver reconocido el producto de lo que fueron varios meses de trabajo y posibilidad de publicación en un medio cada vez complejo para lanzar un libro en formato tradicional, como lo está siendo ahora mismo el mercado del libro en español.

 ¿Con quiénes compartes la buena nueva de este premio?

Es cierto que buena parte de la concreción literaria depende del esfuerzo del escritor, pero nadie llega por su solo impulso a alcanzar ciertas metas. Muchas veces, un amigo, o un conocido, con tan solo preguntarte qué estás escribiendo o por cuál parte vas de un proyecto ya comenzado, con esa sola pregunta está significando tu labor, está diciéndote, directa o indirectamente que tu trabajo tiene al menos un valor de esfuerzo. En este sentido hasta una pregunta puede ser un agente motivador, una curiosidad necesaria que se convierte en energía propulsora para quien escribe.

Teniendo todo esto en cuenta, ya te podrás imaginar que lo que ocurre puertas adentro. Sobre todo, a nivel familiar, es de una gran resonancia. Incluyo entonces a los buenos amigos como esa familia que uno escoge por mandato del corazón. Por supuesto, que celebro con mis amigos y mi familia, la parte enorme que les corresponde en este nuevo paso. Lo celebro compartiendo esa felicidad con las personas más cercanas, que son las únicas que tienen realmente la medida de lo que cuesta un libro, por modesto y pequeño que este sea.

Dos versiones de Fray Bernardino sería tu cuarta novela. Cuéntanos un poco de qué va su argumento…

Dos versiones de Fray Bernardino, retrata el drama vital de un escritor sexagenario caído en desgracia luego de una carrera esplendorosa en su juventud. Abandonado por su esposa, y en inicios de diálogos con su único hijo -un joven actor homosexual-se concentra en la escritura de una novela histórica que según cree, le restituirá sus días de gloria.

La idea de dicha novela se filtra y es desarrollada en unos pocos meses, por un autor joven que está comenzando a abrirse paso en el mundo de las letras. Es así como La pupila de Dios, en proceso de escritura, es desplazada por El fabricante de milagros, que finalmente obtiene un premio literario importante. El objeto de ambas ficciones es la figura de Fray Bernardino y su vida controversial entre las postrimerías del siglo XVI y principios del siglo XVII, en un país ficticio del Caribe hispanoamericano. La vida del fraile es tan ficticia como el universo narrativo donde se desenvuelve la trama y donde todo es fruto de la invención, desde el nombre de ciertos licores importados hasta el pasado colonial de una nación fuertemente ligada a España en sus orígenes, como sucede con la gran mayoría de los países latinoamericanos que lograron su independencia antes de 1830. Todo esto, en las casi 60 páginas del texto aparece en forma de pinceladas, de realidades presentadas a medias que se convierten tal vez en pistas para ubicar al lector. De forma paralela, aparecen intercalados fragmentos iniciales de tres novelas que entre los años 70 y 80 le dieron prestigio a Álvaro Morantes: La cantante de arias, Recados en la niebla e Historia sentimental de un magnicida, obras que guardan una relación directa o indirecta con los conflictos de la vida presente de nuestro antihéroe en ese mundo llamado Puerto Alacranes, una topografía narrativa que, excepto Cuba, puede ser cualquier país latinoamericano del área del Caribe.

¿Cómo fue el proceso de escritura de esta novela desde lo vivencial?

Yo acababa de escribir El ritual de las cabezas perpetuas (2016) cuando, incluso durante el proceso de escritura final de esta novela anterior, fui visitado por la idea de escribir un conjunto de relatos ubicados en un país latinoamericano ficticio del área del Caribe. Como casi siempre el fervor de un libro lleva, tarde o temprano a otro proceso de escritura, no desaproveché la oportunidad, teniendo en cuenta que aquella fue una época donde el trabajo que tenía me permitía algo de libertad para escribir. Intencionalmente fui logrando que personajes de unos relatos asomaran la cabeza en otros y que existiese una intercomunicación en algo parecido a una “cuartería narrativa”.

Como siempre me ha encantado encontrar y crear conexiones entre los hechos, la novela fue organizándose en torno a un relato central que es precisamente Dos versiones de Fray Bernardino y la concepción de relato cambió por completo, aunque te confieso que esa estructura primitiva influyó en la fragmentariedad posterior del discurso, en tres posibles novelas que orbitan alrededor de una vida que perdió de vista la perspectiva de la creación. En síntesis, fue un proceso creativo lleno de diversión y de desafíos, con plena conciencia de que estaba haciendo algo por completo distinto a lo que anteriormente había escrito, con una especie de making off de la novela histórica, pero desde un ámbito narrativo absolutamente contemporáneo. Se trata de una novela corta o nouvelle, que está ocurriendo ahora mismo. Es tal vez el argumento más técnico que he desarrollado, despertando en mí el amor por lo breve, que es tan digno de respeto como lo extenso. En ese caso lo bueno es que tienes muy poco espacio para los errores, lo cual hace que la obra tenga necesariamente un matiz constante de intensidad para sostenerse ante los ojos del lector.

¿Qué males consideras tú afectan hoy en día a la producción literaria de los más jóvenes en Cuba?

Yo creo que principalmente nos afecta una situación donde el esnobismo literario está por encima de la disciplina que necesita un escritor para abrirse paso, y uno ve mucho diletantismo, mucha exhibición de destrezas en germen que necesitan ser mostradas por quien las posee. Aparejado a esto, advierto yo la experimentación vacía, los malabares de estructuras que no llevan a ninguna parte, lo cual es fatal y denota una falta de sinceridad del autor consigo mismo. No pierdo la ocasión para señalar otro mal que me parece digno de mención: la literatura, tanto en el género lírico como narrativo, se ha convertido en una especie de plaza de armas o en un espacio para el compadrazgo, donde se desarrollan pugnas personales, o bien se convierte en un terreno donde abundan las críticas demasiado elogiosas a coterráneos o amigos.

Creo, sin temor a equivocarme, que casi toda la literatura cubana contemporánea padece de ese mal en estos momentos. Si bien para todo escritor, la escritura se convierte a veces en un necesario ajuste de cuentas con la realidad, no podemos desperdiciar la maravillosa oportunidad explayar cosas nuevas para centrarnos en el guiño malicioso o la crítica hiper indulgente. Nos falta mirar más allá de nuestros horizontes, retomar el concepto de lo universal, del misterio de lo humano, buscar honestamente un camino dentro de nosotros mismos y no vivir ni posar como escritores: más lectura de clásicos y menos redes sociales, más introspección y menos disputas estériles, un mayor ejercicio de la ética y menos dagas envenenadas contra aquellos que creemos nuestros adversarios. Es preciso tomarnos nuestra obra muy en serio y a nuestra propia persona muy en broma. Creo que una prueba de ello son las obras de creadores como Elaine Vilar, Martha Acosta, Sergio García Zamora, Yunier Riquenes, Amhel Echeverría, Víctor Hugo Pérez Gallo, entre otros referentes de una nueva generación que está produciendo una obra sólida, con grandes valores artísticos, llamados posiblemente a perdurar.

¿Qué importancia tiene para ti, aún desde las estéticas más experimentales, el lector como destinatario?

Una importancia capital. Yo escribo constantemente en un forcejeo entre la expresión del escritor y la empatía que debo al lector. Esto no quiere decir que debemos regalar, suavizar los contenidos, bajar el nivel del lenguaje, sino interpretar (ejercicio difícil) las expectativas de nuestros potenciales lectores. Pero esos potenciales lectores están en todas partes: China, Birmania, Italia, Filipinas, Perú, El Salvador. Solo la belleza puede lograr esta conjunción de lo universal, que a su vez solo germina si aprendemos a mirar honestamente en nuestro interior. La belleza no consiste en mostrar solo el lado amable de las cosas: hasta en lo sórdido hay poesía, hasta en lo abyecto hay una estética. Para esto hay que entender que la escritura es un acto de amor, un acto de fe. Escribir pensando en nuestros lectores es posible: lo lograron Cervantes, Cortázar, Borges, Rulfo, Bolaño. Es cuestión de comunicación, pero antes es una cuestión de espíritu, de crecimiento interior. Nadie da lo que no tiene. Nadie deforestado por dentro hace crecer bosques alrededor suyo.

¿Cuánto crees haber cambiado como autor desde tu primera novela hasta esta última?

Mucho, no soy ya el mismo. Veo las situaciones narrativas desde prismas un tanto más abiertos. Tengo un poco más contención en el uso del lenguaje, me enfrasco cada día en aprender el arte de omitir, de simplificar sin restar esencia. Dentro de pocos años, diré tal vez la frase del principio: “Mucho, no soy ya el mismo”.

¿Crees en ese mito común de que todo lo bueno ya está escrito y no es posible a estas alturas encontrar un camino propio, un estilo?

Es absolutamente falso. Antes de los grandes maestros, ya existían otros grandes maestros, y así en una larga fila desde el presente hacia el pasado. Solo que quien escribe, como bien aclaraba Borges, lo quiera o no, está dentro de una tradición. Pero cada individuo tiene algo nuevo y relevante que expresar. Nadie vive las mismas circunstancias ni aún dentro del mismo tiempo. Lo importante es inventarse un camino, sin miedo a las influencias. Respetar a nuestros mayores no significa convertirlos en deidades. La clave podría estar en aprender lo mejor de cada uno de aquellos que hemos escogido como nuestros maestros, lo cual no excluye la expresión de nuestra propia personalidad y particularidad de estilo. Todo lo bueno ya se ha escrito, es cierto, pero nada detiene el curso de otras cosas excepcionales que aún están por nacer. Los grandes maestros están ahí para demostrarnos que todo es posible, aunque parezca que vivimos, como decía un poeta ruso, “los últimos días de la eternidad”.

Sabemos que tienes otros proyectos de escritura… cuéntanos acerca de ellos

En total son cerca de doce proyectos cuyos argumentos están minuciosamente delineados, lo cual no es nada fuera de lo común porque cuando no escribo por escasez de tiempo, estoy tramando cosas, pensando qué de lo que me ocurre o leo, puede convertirse en literatura. En estos últimos seis años me hubiese gustado haber escrito un par de libros más, no por ambición, sino por pura necesidad. Pero cuando vives fuera de Cuba, vives en un mundo que no espera, en un mundo donde apenas hay lugar para los artistas y donde los artistas son considerados entes improductivos. Escribir entonces requiere de un duro proceso de organización y renunciamiento, una lucha contra el agotamiento físico e intelectual. En estos años, donde estas limitaciones antes mencionadas apenas me han permitido escribir en largos períodos continuos, sí me he dado el lujo de soñar, y ese ejercicio me ha dotado de grandes esperanzas para poder hacerlo.

Actualmente tengo una novela de 312 páginas terminada, esperando alguna oportunidad editorial, pero este oficio de la escritura requiere olfato y paciencia. Tengo comenzada otra que es un proyecto que quiero mucho, pero todo tiene su tiempo bajo el sol. Ni la vagancia como falsa vanguardia, ni la obsesión por publicar como bandera, esa divisa tal vez me define. Esos doce proyectos de escritura son para mí un acto de fe en el futuro, la garantía de que escribir vale tanto la pena como vivir.

Si logro terminar tan solo la mitad en los próximos seis años, como quiero y necesito, habré cumplido una buena parte de mis sueños como escritor. Creo que el trabajo y la pasión son buenas combinaciones para cualquier cosa que nos propongamos. Pero todo sueño implica riesgo y todo riesgo entraña un estirón de crecimiento interior. Como diría Onetti: “Dejemos hablar al viento…” Lo cierto es que ahora vivo en Quito, una ciudad que me ha dado mucho en todos los órdenes, pero el destino tiene sus mañas propicias, solo basta entenderlas y apostar.

Un adelanto del Premio de Novelas Ejemplares Miguel de Cervantes, de Evelio Traba

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Author: Yunier Riquenes García

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