Reinaldo Cedeño Pineda

Él excavó la huella ibérica en un campo de internamiento. Salvó de la destrucción una de las casas más antiguas de América. Enseñó la historia y el valor del arte a generaciones de estudiantes.  Trazó una edificación emblemática en el corazón de Santiago de Cuba…

Nació en La Pobla de Lillet, el 11 de noviembre de 1906. Su padre era maestro y esa vocación le entró por las venas. Se graduó de Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona y ejerció como profesor y arqueólogo. Debió atravesar el Atlántico tras la Guerra Civil Española. Se llamaba Francisco Prat Puig.

Lo recuerdo en la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, fundada a finales de los cuarenta del pasado siglo. Fue uno de sus puntales. Recuerdo sus pasos breves que pretendían desafiar los años, su acento mediterráneo nunca perdido, su exigencia.

Cuando en 1984 tuve en mis manos los dos tomos de sus lecciones de Historia del Arte, me sentí premiado. Fue  como volverle a escuchar.

Pero vayamos más atrás, hasta el ocaso de los años treinta, para asomarnos a un campo de internamiento en Agde, Francia. Allí eran retenidos los catalanes que escapaban de los horrores de la Guerra Civil Española. Allí vivió uno de los pasajes más singulares de su existencia. Me lo contó en su propia voz, en su propia casa, en el poblado de El Caney, en el oriente cubano.

Prat no desmayó. Se  dio cuenta que pisaba terreno abonado por la historia. Se detuvo en unas piedras que pasaban inadvertidas para algunos, pero que a la larga resultaron molinos de mano iberos. Explicó, insistió, logró permiso para excavar y… acabó descubriendo ruinas y objetos de alto valor arqueológico, creando casi un museo .

Así era su estirpe.

Trazando mundos

Llegó a Cuba en 1939, cuando Europa se incendiaba. Manos amigas y su capacidad, le abrieron paso hasta encabezar la restauración de la Iglesia del Espíritu Santo  y  la de Santa María del Rosario, en La Habana. En la década siguiente viaja mil kilómetros al este de la isla, hasta Santiago de Cuba.

La huella hispana de la ciudad lo sobrecoge. El Ayuntamiento presentaba, sin embargo, un aspecto deplorable. El tiempo y los temblores habían  dejado su garra. El inmueble resultaba obsoleto. Prat no pudo permanecer tranquilo: la  pasión lo asaetaba:

“Tomé el lápiz y en una de esas largas noches del insomne calor tropical… tracé el proyecto del edificio, logrado gracias al interés de los arquitectos por prohijarlo, hasta terminarse en 1954. Su distribución parte de una planta rectangular y de dos niveles, un gran salón de recepción y elementos moriscos integrados, pero sin forzarlos.

“La techumbre de tejas y su emplazamiento han sido apreciados por arquitectos y visitantes de todos lados. Y algunos lo ubican dos siglos atrás, lo cual resulta un espaldarazo a nuestra labor de integrar el edificio a la fisonomía arquitectónica de la época”.

Prat habla como al paso, con modestia; mas el Ayuntamiento o Palacio de Gobierno Municipal que él diseñó ―junto a los arquitectos Eduardo Cañas Abril y Raúl Arcia Monzón―, es uno de los símbolos de la ciudad. Uno de esos lugares que no falta en ninguna imagen, ninguna referencia, ninguna memoria.

La casa del Adelantado

Por si no fuese suficiente, en el propio entorno del Parque Céspedes santiaguero, se hallaba una edificación que había sido hotel, vivienda, almacén, logia, taller, dependencia… pero conservaba un aire peculiar. Un equipo  bajo la mirada experta de Francisco Prat Puig, rescató el lugar. Sigamos su linea de pensamiento:

 “Al restaurar la casa, respetamos todo elemento original posible. El hecho de tener una ventana mirando al mar, la típica tronera que solo altas personalidades podían tener;  la configuración de la planta baja, su posición y el descubrimiento del horno de fundición de oro, nos afincaron en la creencia de que era la Casa de Don Diego Velázquez de Cuéllar, el Adelantado”.

Bastará observar la piedra labrada de sus muros, los accesos, las puertas de cuarterón,  balconajes y artesonado de fuerte acento morisco, para dar fe de la singularidad de este inmueble del siglo XVI. Reconvertida en Museo de Ambiente Histórico Cubano, es una de las viviendas más antiguas del continente, si de la influencia hispana hablamos.

Mi único pago es el respeto

Francisco Prat Puig recibió la condición de Doctor en Ciencias del Arte, y la Orden Isabel la Católica que concede España. Desde 2003, un centro cultural cubano lleva su nombre. Legó además, una invaluable colección de objetos de arte que salvaguardó contra viento y marea.

Su  libro El prebarroco en Cuba es capital para entender  la fisonomía arquitectónica de la mayor de las Antillas.   Su mano está además en casas, iglesias y fortalezas de otras ciudades cubanas como Bayamo, Trinidad y Baracoa (la Villa Primada).

Siempre dijo que no cambiaba un mango de bizcochuelo de El Caney por ninguna manzana. Ese aroma lo siguió hasta sus últimos días. Murió el 28 de mayo de 1997. Recuerdo aquella visita a su casa, donde lo cuidaba su hija Luisa Prat Turró.

No olvidaré jamás su frase final, tan generosa como su vida:

“Santiago no me debe nada: ha habido una mutua correspondencia entre nosotros. Mi vida ya pasó, yo ya pasé.. y mi único pago, mi único deseo es que se cuiden los monumentos, que se mantenga el respeto hacia ellos por toda Cuba”.

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