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¿Has oído hablar de Margaret Randall?

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El primer día de la Feria en Matanzas, escuché a Margaret Randall ofrecer las palabras de inauguración: “Los libros han sido mi vida: leerlos, escribirlos, traducirlos…”. Fue una sus sentencias. Y luego, en un espacio para conversar de su trabajo comentó que le interesó la poesía de Matanzas y le ha interesado dar a conocer a los escritores cubanos en Estados Unidos, incluso cuando era más difícil. Se le escuchó hablar de sus años en Cuba y México, de sus hijos, de cómo influyó en su obra la generación beat. He gozado mucho traduciendo. Es otra forma de arte, dijo. yo había escuchado hablar de ella, pero ahora la descubro en sus palabras y la descubro en sus libros Del pequeño Charlie Lindbergh, y Cambiar el mundo. Mis años en Cuba, ambos publicados por Ediciones Matanzas.

Regalamos a los lectores fragmentos del texto “Cruzar fronteras traduciendo”, de Margaret Randall, publicado en la revista La Siempreviva, no. 28, 2018; pp. 67 y 68. Aquí no se incluyen las notas que aparecen en el trabajo original).

Cruzar fronteras traduciendo

Vivimos en un mundo de fronteras, líneas fabricadas para incluir a algunos y rechazar a otros, fronteras geográficas, ideológicas, emocionales. En Estados Unidos los hate crimens (crímenes de odio) son más y más comunes. Ya sea un par de jóvenes que agarran a un homosexual, lo torturan y lo dejan atado a una valla a morir. O un hombre enloquecido que en octubre de 2017 dispara desde una ventana de hotel contra un concierto musical al aire libre, matando a 58 personas e hiriendo a más de 500. El actual presidente de mi país maneja un lenguaje de odio feroz, y con ese lenguaje legitima la discriminación y el odio como prácticas sociales aceptables.

Nosotros, los poetas, inventamos un lenguaje mágico. En un mundo dominado por la comercialización de las cosas, preservamos el sentido real de las palabras, conservamos las múltiples voces del pueblo, buscamos la verdad en un mundo de mentiras. A menudo el buen poeta refleja la realidad mejor que un historiador o un sociólogo. Por más de medio siglo, una política de distanciamiento ha logrado que Cuba, una isla tan cerca de Estados Unidos, se haya vuelto exótica e incomprensible para el norteamericano. Aún durante el breve periodo de deshielo promovido por el presidente Obama, las noticias sobre Cuba fueron estereotipos en el mejor de los casos, mentirosas en el peor de ellos.

Soy poeta y traductora. En los setenta viví en Cuba por más de una década. Me moví en un mundo de poetas. Aprendí a amar la poesía cubana, que siempre me pareció particularmente variada y rica. En 1978 salió mi primera pequeña antología de 15 jóvenes poetas cubanos. En 1982hice una antología de 25 poetas cubanas mujeres. Mucho más recientemente, he traducido una docena de libros de poetas cubanos, incluida una antología bilingüe de 56 poetas de dentro y fuera de la Isla. Por varias editoriales estadounidenses han salido o están por salir colecciones individuales bilingües de Alfredo Zaldívar, Laura Ruiz Montes, Reynaldo García Blanco, Yanira Marimón, Israel Domínguez, Chely Lima, Kelly Martínez, y Teresa Melo. He traducido y colocado en revistas literarias de mi país poemas sueltos de Roberto Fernández Retamar, Nancy Morejón, Reina María Rodríguez, Leymen Pérez, y muchos otros. En la primavera de 2018 se publicará mi traducción de El retrato ovalado, un extraordinario compendio de textos de una treintena de mujeres cubanas.

Traducir me parece una de las mejores maneras de trascender fronteras con un lenguaje profundo que refleja una realidad más allá del estereotipo. Como poeta, la poesía me atrae, me habla, me seduce, me cambia. Cuando un poeta traduce a otro poeta, hay ventajas y desventajas. El amor al lenguaje permite una profundización mayor. El conocimiento del oficio facilita un buen trabajo. Al mismo tiempo, siempre existe la posibilidad de imponer la voz de uno. Hay que respetar cada individualidad y tener cuidado de que la traducción la refleje. Encontrar la auténtica voz del poeta que uno va a traducir es el reto más difícil, lograrlo es el premio más grande.

Cuando voy a traducir a un poeta, lo primero que hago es familiarizarme con su vida y con su obra, su contorno social y político, su época y el mundo de que forma parte. Después de escoger los textos a traducir, los leo en voz alta. Ayuda haber conocido a algunos de los poetas que he traducido, haberlos escuchado leyendo su propia obra. Conocer la voz, adentrarme en ella, es siempre parte importante de mi práctica. El humor y la jerga presentan desafíos particulares. Ha sido útil dejar mis traducciones un tiempo –digamos dos o tres semanas- y volver a abordarlas como si fuera por primera vez. El tiempo siempre ofrece una nueva dimensión al resultado final.

Y sí, traducir es producto, pero sobre todo es proceso. Recrear la voz de uno en un lenguaje distinto, con otros códigos y carácter, a veces requiere decisiones difíciles. En raros casos se consigue mantener los ritmos internos, el tono del discurso. Muchas veces hay que sacrificar la rima –cuando ella existe en el original- pero es importante preservar las características esenciales de la voz. Hay muchos momentos en que, para explicar mejor un contexto o una particularidad cultural o lingüística, uno está tentado a incluir notas al pie de la página. Yo soy de la opinión de que hay que evitar estas cuando sea posible. Me parece preferible tratar de lograr la transferencia de ideas dentro del mismo poema.

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Author: Yunier Riquenes García

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