El placer de disfrutar un aromático café adquiere hoy en la obra pictórica del joven Reinier Llanes una connotación simbólica, desde la combinación de esa bebida con el origen y la identidad del cubano.

Cada pieza de su caballete es reveladora, variada en matices, interpretación y temas, y su minuciosidad en conseguir capas claras y oscuras, gracias a las propiedades de esa tradicional infusión, admira a curadores de museos y universidades norteamericanas.

‘Con ese curioso e interesante material, evoco las vegas de mi natal Pinar del Río. Mi abuela Josefa vivió casi ocho décadas en San Juan y Martínez y el tabaco era su vecino más cercano. Desde su portal los sembrados semejaban un inmenso lago verde´, comentó a Prensa Latina.

Además de ‘su campo y su gente´, las pinturas repiten íconos como las cafeteras y, por ejemplo, en su pieza Evolución, ellas representan la doble cadena del ADN, y definen la idiosincrasia del cubano, relacionado históricamente a los granos del café.

‘Soy un veguero que siembra ideas, llenas de luz e historias, un creador que trascribe su herencia, memorias y raíces. El café caliente distintivo del vínculo entre amigos, conocidos y familiares se mezcla con la delicia de fumar un habano´, afirmó el artista cubano residente en Estados Unidos.

Sarcasmo, insignia, realismo mágico, poesía, mensajes reflexivos y la apreciación de la belleza son constantes en la multiplicidad de soportes que comprenden la obra de Reynier Llanes.

El pintor considera que además de artista es reportero, por esa necesidad apremiante de investigar, conocer temas actuales y conferir a su labor una dimensión global. Sus musas emanan de cuestiones terrenales como la cotidianidad, las personas y los lugares que visita.

‘Me inspiran, incluso, las problemáticas y polémicas actuales; ellas pueden resultar algo hermoso en el lienzo porque, aunque su autor no necesariamente va a cambiar el mundo, sí puede ayudar a que sea mejor´, confesó.

Con una metáfora define sus inicios: ‘comencé a pintar desde la barriga de mi mamá´ y a esa destreza la califica ‘como un descubrimiento mutuo entre el alma y el individuo´.

‘El habano acompañó mi niñez y en Cuba, además de constituir nuestra herencia cultural, visibiliza el resultado del cultivo de la planta, el amor a la tierra y la experiencia de conseguir un producto excepcional´, aseveró.

Posee una libreta de bocetos, antesala de la magnificencia de sus cuadros. Dibuja con asiduidad, estudia en acuarela la composición y los colores, y colma los espacios de óleos.

‘La meditación me ayuda mucho. Sentarme en un lugar tranquilo donde pueda tener una entrevista conmigo mismo y buscar formas, figuras y luces. Apenas duermo y pienso que mi mayor compromiso es con mi trabajo´, advirtió.

El Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana y la admiración de las representaciones pictóricas de los grandes maestros, exhibidos en el emblemático sitio, constituyeron su formación cimera. De ahí que acaricie el anhelo de exponer su creación en ese espacio.

‘Uno de los vegueros legendarios en el cultivo del tabaco fue Alejandro Robaina. Persiguió sus sueños desde joven e insistió en la perfección de la hoja. Afirmaba que el trabajador es el alma de la cosecha, y el vigor de la persistencia es lo que enaltecía la obra. Esa impronta también me define como artista´, concluyó.

Tomado de Prensa Latina

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Author: casadranguet

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