Bacardí es la empresa de más éxito de todas las que fundaron aquellos adolescentes catalanes que se fueron a hacer las Américas, unos para huir del servicio militar obligatorio y otros para hacerse ricos. Su ron se ha hecho mundialmente famoso y, después de tantos años, el negocio sigue en manos de 400 miembros descendientes de la misma familia.

Facundo Bacardí Massó (1814-1886)llegó a Santiago de Cuba (1825) con dos de sus 8 hermanos: Joan y Magí. Eran de Sitges, hijos de un vendedor de vinos, Joan Bacardi y de María Massó, hija de un tendero.

Tenemos que recordar que Cuba era una provincia de España, tenía unos 700.000 habitantes, un 41% eran esclavos, la mayoría traídos de Africa para trabajar en las plantaciones de una élite burguesa de comerciantes extranjeros, franceses  muchos llegados de La Luisiana tras ser vendida por Francia a los Estados Unidos (1803) y sobre todo españoles,

La colonia catalana, muy corporativa. Controla bastas plantaciones de tabaco, cacao, café, caña de azúcar y las líneas de transporte marítimo entre España y las Antillas.

Estaba representada políticamente por la Liga Nacional. El 5 de agosto de 1843 Facundo se casó con Amalia Lucia Victoria Moreau, hija de una emigrante franco-haitiana y de un capitán de Napoleón. No era un mal partido: su padre era dueño del cafetal “El Amor” y su madrina, soltera, era muy rica… En Santiago los tres hermanos Bacardi se asociaron con Joan Carbonell i Bory para abrir una tienda de víveres en la calle Enramadas, después montaron la mercería y una pulpería en la Villa del Cobre… pero no les daba lo suficiente. Cerraron cuando la isla quedó devastada por un terremoto (1852) y una posterior epidemia de cólera.

Facundo probó suerte haciéndose consignatario de unas goletas que hacían ruta entre Santiago de Cuba y las otras islas del Caribe. Navegaba en “La Esperanza” hacia La Martinica cuando un ciclón les obligó a varar hasta que amainara el temporal.

En una taberna del puerto. Facundo observó a un hombre rubio vestido muy elegantemente que portaba dos maletas… se le notaba inquieto. Se presentó como José Leon Bouteiller, era un marchante de vinos franco-cubano, debía llegar cuanto antes a Santiago para tomar el barco que le llevara a Marsella. En sus maletas llevaba un ron dulce mucho más fino que el ron peleón jamaicano.

Facundo escuchó fascinado las historias que el francés le contaba sobre el negocio de los aguardientes hasta el final del trayecto. Se enteró que antiguamente, los esclavos de la isla tomaban una bebida alcohólica extraída de la fermentación de la yuca y el maíz y que ahora se bebía sobre todo el aguardiente Y que el azúcar de caña era un ingrediente clave para la obtención de un buen ron y precisamente Cuba era la principal reserva mundial desde que en 1493 trajese Cristobal Colón los primeros plantones de caña a la isla. ¡Era el momento y el lugar adecuados para montar el negocio del siglo!.

En un “visto y no visto” acabaron siendo socios: Facundo, sus hermanos y el francés. Compraron (1862) una de las cuatro pequeñas destilerías que había en Santiago y registraron su empresa Bacardí, Boutellier y Compañía (1862).

Los Bacardi-Bouteiller hicieron muchas pruebas con diferentes levaduras y añejamientos de aguardiente para conseguir un ron de calidad: el resultado fue el hoy cotizadísimo Bacardi 1873 o Extra seco.

La sociedad duró doce años, hasta que Boutellier dejó la compañía desanimado por los bajos beneficios, entonces la empresa quedó bajo control exclusivo de los Bacardí.

La corona española estaba fomentando la elaboración de ron en la isla. Había unas 17 destilerías de ron, aguardiente y licores, siete estaban en manos de catalanes… como los hermanos Benjamí y Enric Camp y Pau Nonell (1872), nacidos en Lloret de Mar que lanzaron el ron “Jamaica” germen de Paticruzado y después ron Matusalem (1972). Y los Bacardi, de Sitges, que competían en primera división con el ron Arechavala (1878) que un vasco elaboraba en su destilería “La Vizcaya” de la ciudad de Cárdenas. En 1934 comercializará el ron Havana Club.

Doña Amalia notó una colonia de murciélagos de la fruta que anidaban en los aleros de la destilería con techo de hojalata, y sugirió a su marido que el murciélago se convirtiera en el símbolo de ron Bacardí.

No era mala idea… los primeros colonizadores de la isla precolombinos, los taínos, veían al murciélago como signo de salud y fortuna.

Santiago de Cuba era una pequeña ciudad llena de vendedores, esclavos y comerciantes, y el ron casero de Don Facundo se vendía en barriles reciclados de aceite de oliva que venían con la imagen de un murciélago en su sello de lacre.

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