Reinaldo Cedeño Pineda

¿Cuántas ciudades de Iberoamérica comparten el mismo nombre en honor a Santiago Apóstol? Permítaseme ir a una de ellas, a la musical y calurosa Santiago de Cuba, fundada en 1515 por Diego Velázquez de Cuéllar. Voy a contarles una historia singular:

   Tomemos la máquina del tiempo para llegarnos a los festejos del Santo Patrón, como cada 25 de julio. Apurémonos para integrarnos a la procesión alrededor de la Plaza de Armas.  Verifiquemos cantos y  alabanzas.  El pendón de Castilla y la imagen de Santiago Apóstol en una tela, presiden.

   Las autoridades religiosas, civiles y militares imponen respeto, pero prestemos oídos también a las chanzas que el pueblo lanza. Discretamente, más o menos.  Y es que a las solemnidades le sigue la diversión popular, que a la larga se independizará, perderá su carácter sacro y devendrá en los carnavales de la ciudad.

  Pero… no nos adelantemos… estamos apenas en los albores del siglo XIX. Los comerciantes de la villa, sabedores del posible beneficio que la acción les traería, solicitaron una representación escultórica del monarca Fernando VII que arribó a puerto santiaguero en 1828, tras encargo del gobernador Francisco Illas.

Ni cortos ni perezosos, la colocaron en la Plaza; mas a nadie complació aquella estatua ecuestre, nadie le encontró parecido con la ilustre figura que decía representar, nadie la quería. Empezaron las burlas y las críticas. Todos respiraron aliviados cuando  poco después, se decidió dejarla al Ayuntamiento. Era mejor olvidar aquello.

Santiago de Cuba tenía nombre de Apóstol, pero escaseaba una imagen del santo protector a la altura de la celebración  Un reclamo unánime, desde  las posiciones más humildes y desde las más encumbradas. Y de pronto, la estatua ecuestre del monarca, que había fallecido en 1833, emergió del olvido como la solución.

De rey a santo

   ¿Cómo fue ese curioso proceso de conversión? El deseo vehemente y el azar se aliaron.  La imagen tradicional del apóstol como Santiago Matamoros montando a caballo, espada en mano e  interviniendo  a favor de los cristianos, fue uno de los factores a su favor.  El origen español también los emparentaba, ante la mirada criolla que ya empezaba a buscar su propia identidad.

   Así,  la estatua reconvertida y “santificada” empezó a presidir los festejos patronales. Por supuesto, se le hicieron ciertas adaptaciones y fue abrigado el santo con una capa blanca y roja. Es sabido que  un negro liberto, artesano, insertó en una de sus manos una espada curva en forma de serpiente, recordando el culto a la tierra  ―de posible origen africano―, que se avenía muy bien a la geografía sinuosa y montañosa del lugar.

    Todavía la estatua tendrá mucho que decir. A finales del siglo XIX, hubo de rescatarle de la prisión, el patriota, escritor y benefactor Don Emilio Bacardí Moreau (1844-1922). Cada tiempo impone sus códigos. El sombrero con el ala frontal hacia arriba, acabó haciéndose “sospechoso”, porque era la misma usanza de los mambises, mote por el que eran llamados los cubanos que enfrentaban el poder español.

   Por suerte, esa estatua en madera está preservada en perfectas condiciones en la imponente edificación que acoge el museo que lleva el nombre del propio Emilio Bacardí. Está ubicado en el mismo centro de Santiago de Cuba, exactamente en Carnicería N. 52, entre Aguilera y Heredia. Ahí mismo, usted podrá verla.

Santiago, de santo a pregonero

A lo largo del tiempo y de diferentes maneras, el arte y las letras tomaron como inspiración la figura de este Santiago Apóstol: la del rey reconvertido en santo y con aliento mambí. La más conocida es De como Santiago Apóstol puso los pies en la tierra, célebre pieza del dramaturgo y actor Raúl Pomares (1934-2015).

    Devenido un clásico de la escena cubana,  se trata de un recorrido por la historia de Santiago de Cuba, por su rebeldía. El final de la obra es impresionante, cuando el actor que ha representando al santo, deja su inmovilidad, baja del caballo y decide echar su suerte con sus devotos.

   El actor Dagoberto Gaínza (Santiago de Cuba, 1940), con su figura largirucha y desagarbada, con su talento excepcional, ha cosechando aplausos lo mismo en los festivales de Cádiz o Almagro, que en México o Camagüey;  ha rendido los teatros de Cuba junto a su esposa (Nancy Campos) en la obra Dos viejos pánicos del escritor Virgilio Piñera (1912-1979)… pero su personaje preferido es Santiago Apóstol.

   No se ha conformado con las tablas. Cada comienzo de carnaval, cada julio, pasea el personaje por las calles de Santiago de Cuba. Pregona la historia, la memoria. Se mueve con aquel rostro blanco, con la capa y la espada.

 La gente saluda al santo. El santo saluda a su gente.  Es Santiago que entra en Santiago.  Y en el aire de la ciudad queda, no sé que de perpetua vigilia, de encantamiento, de humanidad.

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