Hace casi cinco siglos arribó la modernidad a nuestra región, los españoles sometieron a sangre y fuego a los indígenas que vivían entre el mar y las montañas de Cuba, y sobre las ruinas de sus bohíos fundaron la villa. La historia santiaguera comenzó con la llegada del Adelantado Diego Velázquez y sus huestes; los vencidos, los que quedaron fuera de la historia, o más exactamente en la prehistoria, se vengaron amancebando al Apóstol Santiago con la india Cuba, quizá una de sus deidades principales. De manera que el nombre de la villa sincretizaría simbólicamente civilización y barbarie: Santiago de Cuba.

Hoy, estamos en el umbral de una extraña posmodernidad que también nos llega de fuera, esta vez portada por los parientes de la diáspora y los turistas a través del cine, la televisión, el vídeo e Internet. La realidad santiaguera contemporánea es una suerte de fresco hecho a cuatro manos entre Salvador Dalí y Franz Kafka, en la que el periódico local puede ser leído en un sitio web de Internet, mientras los santiagueros siguen consultando para conocer su futuro el misteriosos lenguaje de cocos y caracoles.

Santiago de Cuba es una ciudad maravillosa, donde usted podría conocer a Amalia, una profesora de Literatura, quien le contará que una vez cuando viajaba en un destartalado coche de caballos, vio a una negrita “cabeza de clavo” pasar sonriente y satisfecha junto a su “pepe” en un Toyota. Amalia,que ese día debía hablarles a sus alumnos sobre Cien años de soledad, cuenta que, irritada, murmuró: “¡Jinetera!”, y que al parecer la muchacha la escuchó, pues de pronto el carro frenó y retrocedió hasta situarse junto al coche. Entonces ésta, con ira y a tiempo que hacía un gesto obsceno, gritó: “MIra mi`ja, Dios me lo puso en el medio, pa` mi remedio”, y el carro aceleró espantando los caballos…

Santiago de Cuba es una ciudad fascinante, donde algunas mujeres sienten una necesidad casi patológica de llamar la atención, hasta el punto de vestir escasas y muy ajustadas ropas para provocar el piropo. Pero ¡cuidado! Esas mujeres que mueven acompasadamente sus grandes nalgas y enseñan espaldas y ombligos, no son putas.

¡No! No se equivoque, ellas son mujeres decentes, sus lycras y “baja y chupa” no indican que sean mujeres “de mala vida”, como las que usted puede observar en ciertos barrios de Santo Domingo, Kingston, Madrid, Paris o Puerto Príncipe. Esas santiagueras lo que quieren es que las miren, modelar…

Santiago de Cuba es una ciudad de ciencia, conciencia y magia, llena de doctores, masters y licenciados, que ya no hablan ruso, sino inglés; usan el correo electrónico y en ocasiones Internet, y aspiran a viajar, no a la Unión Soviética o a Checoslovaquia, sino a Haití, Honduras, España o Miami.

Gente seria y bien formada para los cuales, ante ciertos altares, se hacen discretamente “trabajos” para garantizar que un tribunal apruebe sus tesis, le otorguen una misión o salgan en el “bombo”…

Ésta es una ciudad donde usted podrá encontrar un físico nuclear haciendo de guía de turismo, y un ingeniero llenando fosforeras en la “candonga”; donde una mecanógrafa habla esloveno y un sociólogo es “machacante” en una camioneta de transporte.

Éste es Santiago, no os asombréis de nada, dijo alguna vez un poeta en inspirado verso que todos aquí repiten con orgullo.

Santiago de Cuba es una ciudad mágica donde usted podrá conocer a Maritza, una joven que vive en el barrio Los Hoyos; ella le contará que hace algún tiempo su hermano, el rastafari, se enamoró perdidamente de una jabá que pasaba todas las mañanas con una carretillita vendiendo boniatos. Él la trajo para la casa donde, en dos pequeños cuartos, vivían ella, su marido,sus hijos, su madre y sus cerditos Pancho y Azuquín. Incómoda con la llegada de esta no deseada cuñada, Maritza le pidió a su “padrino” que le hiciera un “trabajo” para que la intrusa se marchara; éste le dijo que le diera cincuenta pesos y puso manos a la obra.

Pero resultó que a los tres días la jabá cayó gravemente enferma. Entonces la vieja Avelina aconsejó a su hija que tuviera cuidado, pues la mujer se podía morir. Asustada, Maritza corrió a ver a su “padrino” y le aclaró que ella quería que la mujer se fuera de la casa, no que se muriera; a lo que éste contestó lacónicamente que quizá su “muerto” no había entendido bien, y le pidió otros cincuenta pesos para deshacer el “trabajo”; esto último, Maritza se los contará con lágrimas en los ojos…

En algunos barrios de la ciudad de Kingston se puede alquilar por una cifra razonable un asesino para desembarazarse de un enemigo. En Santiago de Cuba eso no es posible; aquí se buscan los servicios de un muchacho que le tira una lata de mierda encima a su adversario por el módico precio de $200.00. ¡Así es la cólera del santiaguero!

¡Ah! Y esté atento cuando compre maní tostado en las calles de Santiago, pues usted puede descubrir después de comerse el último grano que el cucurucho estaba hecho con hojas de Materialismo y empiriocriticismo, o Así se templó el acero.

Santiago de Cuba es una suerte de Macondo antillano, la ciudad está anclada dentro del mar de lo real-maravilloso-caribeño. Aquí los extremos se tocan realmente, aquí ni Aristóteles ni Platón tienen mucho que hacer y menos aún Hegel, aquí es imposible escribir La fenomenología del espíritu ¡porque hace mucho calor y la tierra tiembla!

Rafael Duharte Jiménez

“Lo real maravilloso santiaguero”

Ediciones Caserón

Premio José María Heredia de “Ensayos”

Publicado antes en https://santiagoenmi.wordpress.com

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