Reinaldo Cedeño Pineda

Los mangos tienen la carne firme, apretada. La miel se anticipa. El olor te penetra, te doblega. La naturaleza se esmeró, se deleitó, se apacentó en estos lares hasta caer rendida.

Llegaron en un largo viaje desde Asia, pero la tierra feraz del Oriente de Cuba los detuvo aquí, los hizo suyos.

Los mangos, especialmente los bizcochuelos que enseñorean la tierra de El Caney ―localidad aledaña a la ciudad de Santiago de Cuba―, no solo han sido deseados, sino hasta cantados.

Félix B. Caignet, el creador de la radionovela El derecho de nacer, no pudo menos que inmortalizarlos en un pregón que dio la vuelta al mundo en la voz del Trío Matamoros, primero, y luego de Compay Segundo:

“Frutas, quién quiere comprarme frutas / Mangos, de mamey y bizcochuelo/ Piñas, piñas dulces como azúcar /Cosechadas en las lomas del Caney.

“Vendo ricos mangos de mamey / Piñas que deliciosas son / Como labios de mujer…”

Rico en fibra, en vitamina A y C, con reconocidas propiedades antioxidantes, el mango puede apreciarse en jaleas, batidos, néctar, pastas, tajadas, compotas… pero no hay como probarlos de forma natural, quitar su fina cáscara, entrar en la delicia, en la aventura.

Tal vez, se haga espacio debajo de su misma fronda. Sería ideal. Es un árbol fuerte y generoso. Su planta suele resistir los embates de los huracanes del Caribe. Su raiz principal se aferra al suelo, se extiende y acaba regalando el fruto ovalada o redondeado.

Los mangos son “las manzanas” de los campos cubanos, sin nada que envidiarles.

Si está en Cuba y le dicen que usted es “un mango”, se trata de un elogio basto. Le están diciendo  que usted luce como Dios manda. Eso con sus variantes, “manguito” y “mangón”.

Ahora, no quiera “coger los mangos bajitos”, porque esa sentencia  popular hace referencia a las personas que son abusadoras, que quieren tomar el atajo, el camino fácil para lograr algo.

Cierto que existen muchas variedades, pero el mango bizcochuelo es El Mango, el que lleva la corona. Un premio de Madre Natura, un pasaje hacia lo desconocido, una caricia estomacal, una ternura inusitada. Conste, que no exagero, que no lo comento por terceros.

 Tienen la carne firme, apretada. La miel se anticipa. El olor te penetra, te doblega. La naturaleza se esmeró, se deleitó, se apacentó en estos lares hasta caer rendida. Su masa erotiza…

¿No los ha probado?  ¿Y qué espera?