Reinaldo Cedeño Pineda

Madrid – Barça / Barça – Madrid. No importa la calidad de la pelota. No importa si es en la tierra, en la yerba, en la calle. Solo la ilusión vale. Niños y jóvenes van detrás de la esférica, mañana y tarde. La portería puede ser, por ejemplo, un par de zapatos dispuestos convenientemente. La nación se ha vuelto un terreno de fútbol.

Al frente, al fondo, al lado. El grito es el mismo: Golll. La palabra catártica, la palabra elástica. Todos perdidos, prendidos al partido entre el Barça y el Real Madrid. Todos a por Messi o por Cristiano. Pero no… no estamos en el Santiago Bernabeu, ni La Rambla, ni en lugar alguno de la península ibérica. Es Cuba.

Membretes, gallardetes, insignias del Madrid o el Barcelona, fotos de sus principales figuras decoran hoteles, bares, sitios privados y estatales. Viejos autos salen a las calles con las banderas de sus clubes en señal de victoria. Se discuten las jugadas en cualquier esquina.

“Me atrevo con cualquiera que venga de allá”, dice uno, entre el alarde y la euforia futbolística, en la peña del Parque Central en La Habana.  Allá, por supuesto, es España.

Si España adoptó al Ballet Nacional de Cuba, en la Mayor de las Antillas se adoptaron a los clubes españoles.  Al fin y al cabo, juegan también los ancestros, el idioma, la historia. No hay una pizca de exageración.

Algunos afirman que es una moda importada, impuesta por la pantalla. Una entusiasta mundialización. Un país con pálidos resultados en el fútbol internacional, tiene sin embargo, una increíble cifra de programas de fútbol en pantalla, con transmisiones desde España, desde Alemania, desde Latinoamérica.

El presidente de la polémica y todopoderosa FIFA, Gianni Infantino ha visitado Cuba en fechas muy recientes. Tal vez esa entidad le deba una medalla a la televisión cubana. ¿O será al revés?

Ha sido como un juego de espejos: un insuflar el gusto y un devolver la demanda creada, desde que  empezaron a transmitirse las Copas del Mundo. Justamente la de España en 1982, marcó pautas. Y volvió a dispararse en 2010, cuando la selección del tiqui-taca levantó la Copa de Sudáfrica.

Casillas, Piqué, Iniesta, Torres, Puyol, Villa, Xabi, Fábregas, Xavi Hernández, Sergio Ramos…  también fueron ídolos cubanos.

El glamour de los grandes escenarios y la grama impoluta en la pantalla, resultó deslumbrante. En contraste, la mayoría de los modestos estadios de ese deporte en Cuba, parecieron poco menos que potreros o terraplenes. Si bien hay que ser justos, el fútbol antillano suma más de cien años y hay ardor, mucho ardor en los campeonatos locales.

Los recursos se han dirigido preferentemente hacia el béisbol. La tradición manda. Sin embargo, la calidad de la mayor pasión cubana, ha decrecido. Muchos prospectos han emigrado para llegar a las Grandes Ligas norteamericanas o a otras instancias. Y en la misma medida, el interés de los cubanos por el fútbol,  se ha desbordado.

 ¿Mesi-manía o Cristiano-filia?

 Los cubanos dividen su afición entre Messi y CR7, que es decir madrilistas y barcelonistas. Tal vez no solo Cuba. Y no es que falten otros grandes jugadores, pero hay una Mesi-manía y una Cristiano-filia. Un delirio Mesi-ánico y una Cristiano-dependencia.

Nos hemos dejado atrapar, nos han ligado a ellos y nos hemos colocado a un lado y a otro. Una vez escribí que Messi no era Dios ni el fútbol cuestión de vida o muerte. Y ni les cuento lo que me cayó encima…

Alguien  escribió diciendo que no sabía nada ―fue el más galante de sus vituperios―, que el argentino era efectivamente Dios, que sus seguidores eran los feligreses, que el estadio de fútbol era su catedral. No sé si las frases eran suyas, pero no dejé de atenderlas.

Son grandes jugadores, sin dudas; mas la dicotomía Messi-Cristiano es un guión preestablecido. Los han fabricado y recortado. Los siguen, les exigen, los exprimen, los caricaturizan, los miman, los castigan. Todo el mundo saca lascas. No pueden vivir sin ellos.

Entretanto, en la mayor isla caribeña viejos autos salen con las banderas del Madrid o el Barcelona. Y los más jóvenes quieren un gol a lo Cristiano o a lo Messi, mientras patean cualquier pelota por la yerba, por la tierra, por las calles de Cuba.