Maneras de contar

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Escrito por: Dazra Novak

El libro de los elogios es una compilación que, me atrevo a asegurar, leerán con fruición sobre todo los lectores más jóvenes. Era una deuda, felizmente saldada ahora, con todos los que le hemos insistido a Eduardo Heras León en rescatar en un libro hasta la más breve escena de su vida. Con los más de un millar de hijos que le hemos nacido del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, acostumbrados a sus “conferencias de pasillo”, tras la clase a la salida del aula, a la hora del almuerzo, o en algún encuentro fortuito donde un nombre, un hecho, apenas una frase accidental –bendecida por nosotros en silencio– oportunamente trae alguna anécdota desde los lugares más recónditos de su prodigiosa memoria. Un recuento que esperamos, como siempre, salpicado de acotaciones lúdicas y juicios picantes –entre otras mañas de quien sabe generar expectación– en esa voz encantadora y melodiosa de nuestro querido Chino cuentacuentos.

En esta selección de charlas, conferencias y palabras leídas a lo largo de los años, concebidas para homenajear/elogiar autores y obras, premios nacionales de edición y literatura, y premios Cervantes, en realidad Heras va trazando un mapa, más que elogioso, sentimental. Y no podría ser de otro modo, tratándose de él. Sin alcanzar a desprenderse del todo de su pasión por el magisterio, de su habilidad para el desmontaje hasta de las mejor disimuladas técnicas narrativas, ni de su ojo avezado “en esas intromisiones del mundo real en el mundo de la ficción, que son como mudas señales para el lector”, es, precisamente en ese desmontaje imagino que, convertido en feliz inercia a estas alturas, que Heras se va convirtiendo en un verdadero detective. Un investigador muy hábil capaz de sorprender a Carpentier en el mismo personaje del balletómano descubierto por aquel en Caracas; capaz de descubrirnos con pruebas concluyentes los vasos comunicantes entre la obra periodística y la obra literaria de Onelio Jorge Cardoso; capaz de detectar la influencia de Rafael Soler en la obra de su padre, José Soler Puig.

Este libro lleno de elogios, es un tierno rescate de su memoria y su tiempo. En este viaje por palabras cariñosas de hombre bueno, asistimos a su amistad entrañable con Dora Alonso, Nicolás Dorr, Francisco López Sacha. En estas páginas vuelven a ser adolescentes Guillermo Rodríguez, Senel Paz, Arturo Arango, Miguel Mejides, entre otros compañeros de su vida literario-afectiva, y descubrimos a la par de ellos quién era, en realidad, Leonardo Moncada, quién era el artífice de ese personaje de novela radial con que fantaseaban todos ellos en sus primeros años. Solo un narrador nato podría –ya lo había probado en los 60 al humanizar al sujeto revolucionario en su libro La guerra tuvo seis nombres–, dotar a ciertas anécdotas de ese aterrizaje en la realidad que nos deja ahora una huella otra, tan humana en su sencillez, de estos grandes de la literatura. Y entonces asistimos, como si fuera hoy, a un Benedetti en una cola de la guagua en Alamar, a un Augusto Monterroso llorando a mares “cuando un pionerito leía exaltado y patriótico el ‘comunicado’ de rigor durante una visita del gran escritor guatemalteco a la Atenas de Cuba”, a un Onelio completamente derrotado por una niña.

A medida que se avanza en la lectura de este volumen Heras nos va develando los nombres que caben en su “lista de grandes conversadores y cuenteros”: Onelio, Portuondo, Hurtado, Arrufat. Y de este modo, al ir contando y nombrando, va como enraizándose aún más su nombre en nuestra propia lista. A partir de ahora en la lista de muchos lectores que no han tenido la oportunidad de escucharlo más allá de los micrófonos de Universidad para todos o de los que presiden algún evento literario, cuando ya en petit comité lo mira a uno fijamente y anota algo más, siempre algo que no sabíamos, algo tan gracioso que luego termina riendo, más chino y más sabio que nunca, como un niño travieso. Travieso y siempre tan honesto que por eso confiesa aquí su “rencor vivo” hacia Onetti. Un rencor tan fértil que el joven que era el Chino tras aquella lectura “se preguntó si toda la literatura tenía que ser piadosa; si toda la literatura debía alentar los buenos sentimientos; si toda la literatura debía enviar mensajes positivos; si toda la literatura tenía que dar respuestas a todas las preguntas; si toda la literatura debía rescatar solamente lo bueno del hombre. Y el joven dudó, porque, aunque muy poco había aprendido hasta ese momento, ya sabía que en la literatura cabía toda la vida. Y en la vida cabía el hombre entero: lo bueno y lo malo, la piedad y la impiedad, la grandeza y la miseria, lo luminoso y lo sórdido, el ángel y el demonio”.

Todo en el maestro parece apuntar a la enseñanza de la creación literaria y aquí nos regala textos que son magistrales conferencias del uso de las técnicas narrativas. Todo en el maestro parece apuntar hacia el bien y lo bueno, y por eso apenas aborda el quinquenio más gris de todos, el que por desgracia padeció junto a Arrufat y no pocos de sus compañeros, en algunas pinceladas en uno que otro texto, sin muchos ánimos de justicia, más bien cerrando con gesto leve la puerta a aquel dolor y soledad que nunca alcanzaremos a imaginar, sin las dosis de rencor que cabría esperarse por ser injustamente obligado a trabajar nada más y nada menos que en una fábrica de acero. En su lugar, Heras prefiere hablar de sus maestros, de los escritores que admira, que es una forma de demostrar todo lo que ha hecho y sigue haciendo por la literatura cubana al citarlos aquí. Y en este, nuestro árbol genealógico-literario, encontramos con orgullo los nombres de Ambrosio Fornet, Desiderio Navarro, Eliseo Diego, Félix Pita Rodríguez, Roberto Fernández Retamar, Enrique Núñez Rodríguez. Pierdan cuidado, no voy a estropearles esta fiesta íntima contándoles cómo Hemingway lo salvó a la salida del Floridita, ni los secretos que arrojaron sus numerosos encuentros con Vargas Llosa. Mejor dejar que sea el maestro quien les cuente, porque su voz –en eso me dará la razón todo el que lo haya escuchado– siempre supera el original. Quizá por lo inmensamente humano que respira en él, quizá por esta deliciosa manera de contarnos la vida.

Prólogo de El libro de los elogios, de Eduardo Heras León publicado por la editorial Extramuros, 2018.

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Author: Yunier Riquenes García

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