Manuel Díaz Martínez El descubrimiento de Martí por Unamuno forma parte del lado ositivo

de la hispanidad, de ahí que hoy reproduzca este artículo escrito hace casi treinta años. Tres

artículos dedicó Miguel de Unamuno a comentar aspectos de la obra literaria de José Martí.

Además, en dos cartas y una tarjeta postal manifestó su identificación estética y ética con el

prócer independentista. Hubo, a mi modo de ver, varias causas de mucho peso intelectual y

cordial que determinaron la atención que Unamuno prestó a Martí, atención que, ya en fecha

tan temprana como 1919, cuando aún la obra martiana era mal conocida en Cuba, tenía las

dimensiones de la devoción. De los hombres del 98, uno que nunca flaqueó en la fidelidad al

espíritu crítico de su generación fue el enérgico Rector de Salamanca; y de ellos fue él quien, en

el palenque político, más coraje, temeridad y ardor puso en los esfuerzos para que aquel espíritu

se materializase en beneficio de la nación. Unamuno sostuvo dramáticamente, contra viento y

marea, sus principios democráticos, enfrentando, con la vehemencia que lo caracterizaba, la

reacción ultraconservadora, representada por ese espeso y ciego tradicionalismo que tendía a

perpetuar, en pleno siglo XX, los males que secularmente venían trabando el desarrollo de la

sociedad española, tanto en el orden cultural y moral como en el económico. Don Miguel tenía

razones políticas, concepciones morales, criterios estéticos y luces espirituales que lo ponían en

condición de apreciar y admirar la estatura ética e intelectual de Martí. La concordancia entre

Unamuno y Martí está dada en varios aspectos. En lo político, coincidían en la oposición

irrestricta al conservadurismo de corte feudal de la época y a ese liberalismo de zarzuela que,

entre otras cosas, fundó la Primera República en España manteniendo las colonias de ultramar;

en el enfrentamiento al por entonces emergente imperialismo norteamericano, que despojó a

España de sus últimas posesiones coloniales y frustró la inmediata liberación de éstas; y en la

convicción de que era necesario al progreso abrir paso a las nuevas fuerzas sociales que pedían

vía en el seno de nuestros países. En el orden literario, eran comunes a Martí y Unamuno el

rechazo a la ya anquilosada y manida retórica romántica y la necesidad de hallar un lenguaje

otro que, creciendo de las raíces culturales de nuestras naciones, floreciera en una literatura

nueva por su forma y por su proyección, expresiva de las inquietudes de su tiempo.

Hay que añadir que a Unamuno tenía que atraerlo la personalidad de Martí por cuanto en

la índole batalladora del prócer cubano, y en la heroica correspondencia entre sus dichos

y sus hechos, el quijotesco don Miguel no podía sino hallar el modelo vivo de lo que él

proponía a sus contemporáneos en un libro como Vida de Don Quijote y Sancho.

En sus observaciones acerca de la poesía y la prosa epistolar martianas, Unamuno

descubre sus profundas afinidades estéticas con el autor de Versos libres.

Respecto de los versos de ese extraño y fascinante poemario, Unamuno escribió: “Pensé

escribir sobre ellos a raíz de haberlos leído, cuando mi espíritu vibraba por la recia

sacudida de aquellos ritmos selváticos, de selva brava”. Más adelante agrega: “La

oscuridad, la confusión, el desorden mismo de esos versos libres nos encantaron. Esa

poesía greñuda, desmelenada, sin afeites, nos traía viento libre de selva que barría el vaho

cargado de perfumes afeminados, de salón, de esos versos cantables, de vaivén de

hamaca, de sonsonete dulzarrón, con que se recrean las señoritas que saben aporrear el

piano”.

 

En carta enviada a Gonzalo de Quesada y Aróstegui (quien fuera secretario y albacea

literario de Martí), el poeta de El Cristo de Velázquez declara: “Me interesa, en fin, y

mucho, Martí, y pienso dedicarle, como escritor y sentidor —sentidor tanto o más que

pensador— algunos comentarios que daré a la luz en La Nación argentina”.

Otro punto de confluencia de Unamuno y Martí, de los más decisivos en el orden estético,

es la manera como ambos concebían la relación poesía-realidad. Comentando una frase

de Martí, dice Unamuno: “Aquella frase lema de ‘con la realidad y por el cariño’ es

admirable. Todo poeta de verdad vive en la realidad y de realidades”. Y es precisamente

en la manera como asumen la correspondencia entre poesía, naturaleza y sociedad donde

debemos buscar los fundamentos de la oposición que esos espíritus agónicos que fueron

Martí y Unamuno hicieron a la retórica en que se atascó el romanticismo y al desdeñoso

hedonismo de los modernistas “encarnizados” —según la elocuente y un tanto irónica

definición debida a Juan Marinello.

 

Pero hay más en esto de la consonancia entre Unamuno y Martí en el campo literario.

En su ensayo titulado “Sobre el estilo de Martí”, Unamuno hace esta sagaz observación:

“…y se ve que no releía sus cartas. Por lo que no parecen cartas escritas y ni aun habladas,

sino mandadas… Su estilo era ya un estilo profético, bíblico, hablaba mejor, mucho mejor

como Isaías que como Cicerón. ‘Lo que se hace es lo que queda, y no lo que se dice’,

decía, y su decir era sobre todo un hacer, sus palabras eran actos… El estilo es el hombre,

se ha dicho, y como Martí era un hombre, todo un hombre, tenía un estilo, todo un estilo.

Era un estilista; un escritor correcto, ¡no!” Y, en misiva a García Monge, escribió:

“Gracias por la difusión que procura a mis escritos y ojalá ello contribuya a que se lea a

Martí con devoción inteligente. […] A los que escribimos lengua hablada y

dinámicamente, nos han hecho oscuros los academizantes, que escriben, y

mecánicamente, lengua escrita. Y la oscuridad está en sus cabezas. Para que un cristal se

haga espejo es menester que sea en sí, en su entraña, oscurísimo. En el mármol negro, no

en el blanco, se ve uno”.

 

Es evidente que, en esta carta, Unamuno habla de su propio estilo hablando del de Martí

—“a los que escribimos lengua hablada…”—, y es ésta una identificación raigal por

cuanto Martí y él son escritores que se expresaron, no con fórmulas de rebotica literaria,

sino con la sustancia viva de nuestra lengua: con el espíritu más que con la letra.

En cuanto a las concordancias ideológico-políticas entre el autor de El sentimiento trágico

de la vida y el guía de la revolución cubana de 1895 pienso que quizás en ninguna parte

estén más concisa y abiertamente expresadas que en una tarjeta postal remitida por

Unamuno desde la ciudad francesa de Hendaya, el 17 de febrero de 1928, a un periodista

del habanero Diario de la Marina. El texto, ológrafo, que aparece en esa tarjeta es el

siguiente: “Amigo Precioso: Diga en Cuba que no puedo mirarlos ya con ojos puros pues

que los tengo empañados no de lágrimas sino de rubor de vergüenza. Vienen del 98. Allí

se engendró el pretorianismo que ha parido la tiranía que está devorando a nuestra pobre

España. Y cuando pienso en Martí que tanto me ha enseñado a sentir —más que pensar—

siento en él ante todo al ciudadano, al hombre civil, al mártir del antimperialismo y al

apóstol de la eterna y universal hispanidad quijotesca. 17 II 1928. Miguel de Unamuno.

En el destierro de Hendaya.”

 

En la época en que redactó estas líneas, Unamuno libraba su homérico combate contra la

dictadura de Primo de Rivera, y por ello había sido condenado al ostracismo. Juan Chabás

afirma justamente que “la oposición de Unamuno a la dictadura de Primo de Rivera es

uno de los actos de más pasión de su vida”. Y en el marco de esa desigual batalla entre

él, un hombre armado de la pasión de sus principios, y un régimen despótico, su voz se

elevó desde una cátedra de la Universidad de Madrid en el acto para recibir los restos de

Ángel Ganivet, y arremetió contra la reacción española: “¿Es digna esta tierra hoy de

atesorar tus restos, Ángel? No debieran traerte antes de que tu hogar no fuera el de un

pueblo libre, antes de que sobre tu tumba granadina no pudiera sonar, resonando al pie

del Mulhacén, la voz de la verdad hoy proscrita en España, antes de que allá, en la cuna

de ese Séneca que tú estudiabas y amabas, y que hubo de quitarse la vida en homenaje de

los tiranos, no se restableciese el respeto de la inteligencia, la santa libertad de la crítica,

y la honestidad humana”.

 

En esa catilinaria unamunesca —reto y acusación contra quienes, en España, y

dondequiera, humillaban “la dignidad plena del hombre”— se siente la presencia de

Martí, a quien Unamuno, ya se ha visto, tuvo por maestro.