Por Alexis Díaz-Pimienta especial para la revista El Caimán Barbudo

Ha muerto Eusebio Leal. Lo conocí, como casi todos los cubanos, a través de la televisión, cuando con elegancia clásica y siguiendo con un ritmo cuasi coreográfico la voz de Ireno García — mi buen amigo Ireno — , se quitaba la chaqueta y nos invitaba a todos a recorrer La Habana, su Habana nuestra: “Vamos a andar La Habana, amor / pegándonos al mar”, cantaba Ireno, y Leal se movía como pez en el agua sobre esos adoquines suyos, nuestros, que no lo reverenciaban al pasar porque ya tenían hecha la reverencia.

Lo comencé a admirar, como todos los cubanos, por su voz, por su elocuencia, por su inteligencia comunicativa y docente. “Así debió de hablar Martí”, me decía ante la pantalla cada vez que lo oía. En casa todos veíamos su programa. Mi madre estaba, literalmente, enamorada de su voz. Tenía Eusebio una voz cálida, de tono grave pero no impostado, una voz en la que — y esto lo logran pocos oradores — se veían los signos de puntuación cuando hablaba. Dueño de una retórica envidiable — qué paráfrasis, qué giros metafóricos, qué bien pensadas digresiones, qué dominio del lenguaje gestual y de los recursos entonativos — martes tras martes conquistó a toda Cuba. Y a todo esto hay que sumar su erudición. Y su carisma. Y su elegancia en el vestir.

Sí, Eusebio Leal era un personaje. Eusebio Leal parecía sacado de una película de época, o de un libro de historia. De una novela histórica más bien — firmada por lo grandes: Dickens, Balzac, Grave — . A mí, que la vida me premió con conocerlo, con compartir con Eusebio Leal, viajar con él, y sobre todo, charlar mucho, me parecía de ficción su personalidad tan realista, tan hiperrealista, un tipo que parecía “hecho así” para asombro y disfrute del resto. Pocos oradores tan brillantes he conocido y visto, yo que persigo a los buenos oradores como lo que son: enciclopedias vivas para todos a los que nos gustan las palabras. Los palabrófagos. Yo soy uno de ellos, y con Eusebio, lo confieso, me daba banquete. Qué manera de hablar, me decía, mirándolo. Oír a Eusebio Leal en un discurso — o en una charla distendida, porque cambiaba poco — era asistir a una sesión abierta de gramática práctica: mira, esto es un buen uso del plural mayestático; y de poética: mira, esto es un empleo adecuado de pleonasmos; y de sintaxis, paralenguaje, utilización del contexto y un largo etcétera. Pero, además, ¡lo que sabía ese hombre! Todos identificamos a Eusebio Leal con La Habana Vieja, pero no: ¡lo que sabía Eusebio Leal de Cuba! Y de España. Y de Europa. Y de Estados Unidos. Lo que sabía sobre arquitectura. Lo que sabía sobre religión. Lo que sabía sobre literatura.

Hace unos quince años yo visité en Urueña, España, la Fundación Joaquín Díaz para asistir a un congreso. Y poco tiempo después regresé a aquel hermoso pueblo vallisoletano con mi familia, incluido mi hijo Alejandro (el Chamaquili), muy pequeñito. Y cuando mi hijo pequeño vio aparecer a Joaquín, con su barba roja medieval y sus gafas y manos renacentistas, yo solo le dije, “un Sabio”. Bastó aquello para que el niño estuviera horas sentado ante un papel, tranquilo, dibujándolo. Y sobre todo, escuchándolo: había conocido en “vivo y en directo” a un Sabio. Y era cierto: poca gente en España sabe tanto sobre música medieval como el maestro Joaquín Díaz González y, además, poca gente lo sabe demostrar con humildad tan humilde. Pues bien, mi Alejandro era yo, así mismo, cuando estaba ante Leal mientras hablaba. Yo era un Chamaquili intentando dibujarlo, para no interrumpir al Sabio y aprender disimuladamente.

Muchas veces pude compartir con Eusebio (en Cuba, en México, en España). Recuerdo sobre todo uno de nuestros viajes juntos. A México. Ya no recuerdo si fue a Guadalajara (2002, Feria del Libro dedicada a Cuba) o en otra ocasión. Bueno, creo que en otra, porque la cena tuvo lugar en un gran imponente palacio de la Ciudad de México. Andábamos varios cubanos con él, no recuerdo quiénes ni cuántos, pero sí que a Leal le otorgaban una importantísima Orden, una distinción religiosa de alto nivel en una ceremonia muy ceremoniosa que fue luego seguida de una cena de lujo en edificio idéntico. Recuerdo que, no sé por qué — tal vez yo provoqué la cercanía — a la hora de cenar nos sentamos juntos. La mesa era enorme, los comensales muchos, pero Leal y yo compartíamos mesa, al centro, silla junto a silla. Y delante de nosotros, un alto mando de la iglesia mexicana, del que oí decir que era “papable” (no se me olvida porque era la primera vez que oía esa palabra, archivada ipso facto en mi cofre de vocablos nuevos). Estábamos en los últimos años de Juan Pablo II. Y de todo se habló en aquella cena. De religión, de historia, de literatura, de música, de Cuba, de México, del Vaticano, ¡de la décima! Sí, porque al estar yo allí, a Leal no le parecía bien que el señor “papable” no hubiera nunca oído hablar de repentismo, y peor que no hubiera nunca visto a nadie improvisar en décimas. Y me retó, claro. Y yo me dejé retar a gusto. El buen vino tinto hizo el resto. Aquella noche, al parecer, fui poseído por la desfachatez del mítico Poeta Negrito Mexicano, y por la lucidez de la no menos mítica Sor Juana Inés, ambos en contubernio con el espíritu de nuestro Plácido, así que allí solté mi retahíla de décimas improvisadas llenas de términos eclesiásticos y paganos para deleite de todos, tan generosos luego en elogios y aplausos. Y fue allí cuando Leal, con elegante sentido del humor, le preguntó al papable si se imaginaba un sermón o una misa dados en verso, en décimas. Y juro que el papable “amenazó” con llevarme para el Vaticano con él. Y que las risotadas eclesiásticas y criollas de aquella noche fueron, son, las más elegantes que recuerdo.

Fue esa misma noche cuando Eusebio me preguntó si ya había visitado “la casa de mi familia en La Habana Vieja”. ¿Qué familia?, le dije yo, asombrado, “si mi familia vive toda en Luyanó, Maestro”. “No”, me dijo, “la Casa de los Díaz-Pimienta está en La Habana Vieja”. Fue allí, entonces, con él y gracias a él, cuando supe que la mansión de los Díaz-Pimienta en La Habana colonial era nada más y nada menos que el edificio de la famosa pizzería Don Giovani, mi preferida de entonces (ya desaparecida). Sí, aquella casona de altos techos y paredes anchas y maderamen pintado de azul. Cómo olvidarlo. Ya no recuerdo si fue con él que supe el resto de la historia de los Díaz-Pimienta en Cuba, sobre lo que escribiré pronto algún libro, pero no importa. El caso es que, con Eusebio Leal, junto a Eusebio Leal, fuera a través de la pantalla o en directo, era imposible no aprender algo siempre.

Y ahora ha muerto. Hoy ha muerto. Acabo de enterarme. Y al saberlo no he podido dejar de teclear este homenaje, pequeñito, pero emocionado. Es mi manera de decir en voz alta, GRACIAS, MAESTRO. Es mi manera de expresar y reconocer lo privilegiado que me sentí, que me siento, por haber compartido con un hombre tan grande. A través de Eusebio Leal, aunque parezca un disparate o una hipérbole laudatoria, yo tuve la sensación de haber conocido a Martí en persona, y de entenderlo. Con doce o trece años, para que me entiendan, yo me pasaba largas horas en mi casa del Reparto La Cumbre (en San Miguel del Padrón) leyendo las “Escenas norteamericanas” de Martí, pero sin entenderlas. Disfrutaba leyendo sus largas frases y su prosa exuberante, aunque no comprendiera qué decía. Creo, ahora, que lo que me pasaba era que me imaginaba a Martí hablando, diciendo aquellos párrafos en voz alta. Y muchos años después — qué poética y rocambolesca puede ser la vida — Eusebio Leal Spengler, mi amigo Eusebio, le puso voz en mi cabeza a las palabras que Martí escribió y fechó en Nueva York en el siglo XIX.

Y así lo recuerdo. Así lo recordaré siempre. Martí y Eusebio Leal hablaron en México conmigo. Y en La Habana Vieja. Y en el Vedado.Y la última vez, hace menos de un año, en la Feria del Libro de La Habana, donde nos hicimos la última foto.

Gracias, Eusebio, maestro y amigo. Gracias por darnos tanto a todos. Y a mí en lo personal, tantísimo. “Vamos a andar La Habana, amor, pegándonos al mar / apunta el día y la ciudad, se quiere levantar”, canta Ireno García desde todos los micrófonos y pantallas de la isla, mientras Eusebio se quita la chaqueta, Martí se arregla la levita y ambos se alejan, juntos, charlando en voz baja como buenos amigos.

Alexis Díaz-Pimienta

Almería, 31 de jul. de 20

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Este artículo fue publicado primeramente en Claustrofobias Promociones Literarias

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Author: Redacción Claustrofobias

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