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«A veces deploro no haber escrito sobre cuanto he visto. La memoria humana no dura mucho tiempo, y pronto se borra de ella la gran masa de recuerdos que, de persistir, harían la vida insoportable (…) Sin embargo, ciertos hechos más o menos lavados por el tiempo persisten en nuestra mente y nos acompañan todo la vida». (1)

Así comienza Nicolás Guillén (1902-1989) su libro de memorias, Páginas vueltas, que nos permite asistir, de primera mano, a la atmósfera y las circunstancias de su creación poética. A eso y más.

Su capacidad para aprehender los sucesos, el rico anecdotario que despliega en su encuentro con personalidades del universo literario y social, su poética descriptiva y hasta su regodeo con tintes de humor, hacen que la médula del texto conserve su brillo contra el afilado molino de los años. Veamos sino, como nos devuelve a Rubén Martínez Villena (1899-1934), diría más bien, como imprime un aguafuerte de aquel carácter, de aquella pasión trunca:

«(…) fue un hombre delgado y nervioso (…) el rostro triangular (….) estaba alumbrado por el verde fuego de unos ojos ligeramente saltones, que parecían penetrar lo que miraba (…) Hablaba en tono convincente y apasionado, como si fuera embutiendo y fijando en el lenguaje cada palabra, cada idea (…) era un gran poeta no sólo por el ímpetu lírico, sino también por el sabio freno con que lo encauzaba y dirigía (…) gustaba de los consonantes inusitados, para vencerlos; pasaba días en buscar la voz precisa, ésa y no otra, con el espacio en blanco en el verso sin terminar (…) Es con Martí con quien él tiene mayor parentesco, por su desgarradora pasión cubana y su ambición universal (…) Lo traicionó el pulmón». (2)

A la repercusión de su libro Motivos de son (1930) que Regino Boti calificase como “polvo de oro”, dedica Guillén algunas páginas. Abre cartas que le dirigen Miguel de Unamuno, Emilio Ballagas y Alejandro García Caturla. Unos apuntes deja para los grandes muralistas mexicanos. Se detiene en Jacques Roumain (1907-1944), el novelista haitiano, el autor de Gobernadores del rocío. A su grandeza, a su amistad, dedica el cubano una elegía:

Grave la voz tenía
Era triste y severo
De luna  fue y de acero
Resonaba  y ardía.

Desde tierra española llegaba a Cuba, Federico García Lorca (1898-1936), el poeta de Granada. Años treinta del pasado siglo. Invitado por la Sociedad Hispanoamericana de Cultura, pronto se convirtió en objeto de todas las miradas. Su paso por la mayor de las Antillas, ya se sabe, fue ardoroso y polémico. Guillén no llegó a compartir demasiado con él; pero si lo suficiente para legarnos una fina anécdota,  una filigrana del recuerdo. Tomemos asiento en la tertulia, con discreción :

«Un día, avanzada ya la mañana, me llamó José Antonio Fernández de Castro (… ) Nos fuimos a casa de una amiga de José Antonio donde nos esperaba una botella de ron (…)  Lorca tomó el pequeño vaso donde se sirve esta bebida y durante algún tiempo se mantuvo sin apurarla. Su goce consistía en poner el cristal a la altura de sus ojos y mirar a través de la dorada bebida: esto se llama ―decía― ver la vida color de ron». (3)

Curiosas resultan sus vivencias junto al gran poeta Nazim Hikmet (1901-1963). Cada vez que aparece su nombre, se abalanza sobre mí ―como un resorte―  uno de esos poemas que te sacude para siempre, el que dedica a una víctima del ataque nuclear sobre suelo japonés; especialmente estos versos:  Una niña que ha ardido cual si fuera papel / no come caramelos”. La prosa guilleniana sobre el escritor turco, acaso viene a complementar la visión de su agudeza, de su humana estatura:

«Era un hombre alto, rubio, aguileño, de ojos azules (…) Nos veíamos con frecuencia, sobre todo cada vez que yo iba a Moscú. (…) Una tarde llegué yo a su casa (…) y me mostró un pedazo de papel verde. “A mí no me servirá para nada, a ti seguramente pienso que te vendrá muy bien”,  añadió. Era un billete de cien dólares, claro que él sabía que “este papel” era convertible en rublos, pienso que hizo eso para que no careciera de algún dinero, en un país extraño.

«Nazim no solo era un gran poeta, sino un gran diseur de sus propias versos, extremadamente musicales. Yo lo oí varias veces, y aunque no sé una palabra de turco, me arrobaba o enardecía». (4)

Sueña y fulgura

El escritor cubano no podía dejar de acercarnos a sus viajes por Sudamérica  Nos habla de su encuentro en Brasil con Jorge Amado, el célebre autor de Gabriela, clavo y canela, y con el músico Dorival Caymmi, que le hace correr por todo Río de Janeiro. La hilaridad se desgrana en aquellos ires y venires inútiles. Estuvo cerca de Cándido Portinari (1903-1962), en su propia casa, casi en las faldas del monte Corcovado.

“Su única ocupación era pintar; su oficio, su entretenimiento, su vida era la pintura, y nada que la negara entraba en su espíritu o salía de él”, suscribe Guillén. (5) Le dedicará un poema que años después brillará en la voz de Mercedes Sosa.

Un hombre de mano dura,
hecho de sangre y pintura,
grita en la tela.
Sueña y fulgura,
su sangre de mano dura;
sueña y fulgura,
como tallado en candela;
sueña y fulgura,
como una estrella en la altura.

Nicolás se encontraba en suelo porteño, en Buenos Aires, cuando lo llaman del semanario Propósitos para proponerle una crónica o un soneto en homenaje al Che Guevara. Todo, con apremio, el mismo día, antes de las seis. No era poco pedir. Guillén relata: “Yo pegué un salto excusándome en ambos casos por falta de tiempo (…) y cuando colgué… me puse a escribir un soneto (…) Llamé casi a la hora del cierre, y le entregué los versos”. (6) La agencia Asociated Press se encargará de citar el poema en sus despachos por toda América Latina.

Vendrán otros poemas dedicados al guerrillero como “Che Comandante” ―que el propio Guillén leerá en octubre de 1967 en acto homenaje en la Plaza de la Revolución―, “Guitarra en duelo mayor” y “Lectura de domingo”, todos en suelo cubano. Aquel soneto, sin embargo, conserva algo prístino, un magisterio formal, una síntesis de excepción.

Que estos versos sean el cierre de este acercamiento a la figura de un poeta magno, irrenunciablemente nuestro, aquel que nació en Camagüey, en su “suave comarca de pastores y sombreros”, justo un 10 de julio. 

Como si San Martín la mano pura
A Martí familiar  tendido hubiera
Como si el Plata vegetal viniera
Con el Cauto a juntar agua y ternura
Así Guevara el gaucho de voz dura…

NOTAS
1. Nicolás Guillén: Páginas vueltas, Ediciones Unión, La Habana, 1982, p. 13.
2. Op. cit., pp. 37-38.
3. Op. cit., p. 109.
4. Op.cit., p. 194-195.
5. Op.cit., p. 209.
6. Op.cit., p.238.

Tomado de: Sitio Oficial UNEAC

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Author: Reinaldo Cedeño Pineda

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