Cuando paseas por las calles de Santiago de Cuba y el cielo va tornando su azul infinito por un gris brillante y las nubes se colocan sobre ti, existe una alta probabilidad de que se aproxime un aguacero que comenzará, lentamente, con gotas que se descuelgan desde el cielo, una a una, gotas gordas y calientes de agua que van pintando de lunares el suelo de las calles como antecedente a una fulgurante lluvia tropical.

No te preocupes, acelera el paso. No existe una sensación más excitante, es una forma de sentir…, de embadurnarte de vida con esas gotas gordas de agua caliente que caen desde el cielo en Santiago.

En pocos minutos ves como aparecen los paraguas-sombrilla y te viene a la memoria que tú no echaste el tuyo en el equipaje, aunque lo pensaste.

Es cuestión de minutos que las gotas se conviertan en aguacero tropical, momento en el que debes buscar un lugar donde protegerte. Aquellas gotas gordas y calientes se han convertido en chorros de agua que, durante unos minutos, inundan la ciudad.

En ese momento entiendes la función del drenaje en el sistema de asfaltado de las calles, en principio irracional desde una perspectiva europea, pues las calles se sobreasfaltan en el centro dejando junto a ambas aceras dos enormes surcos. Por ellos fluye violenta el agua caliente que se desparrama sin contención ni miramiento durante unos minutos, formando verdaderos torrentes que llegan hasta la bahía de Santiago.

En ese mismo momento el asfalto se vuelve multicolor como si las calles de Santiago capturaran el arcoiris.

La mala combustión y el aceite que pierden los automóviles, los motores, las camionetas, autobuses, camiones y demás artefactos que recorren ruidosamente las calles, provocan en el asfalto esas vistosas tonalidades multicolores.

Y tras la lluvia reaparecen los sonidos de la ciudad

Y en unos minutos, tras la lluvia abusadora, llega la calma, el cielo vuelve a tomar su azul caribe, la luz lo inunda todo, los paraguas desaparecen, el ambiente se limpia, la temperatura se hace más agradable y una suave brisa se arrastra pesadamente desde la bahía hasta adueñarse de Santiago, poco a poco las calles se llenan de vida y los colores, los olores y los sonidos vuelven a construir su sinfonía tropical.

Suenan los motores, repican los claxon, ¿taxi señor?, suena la clave, llama el tambor y la rumba toma la calle, la rumba de la vida y la muerte, la rumba del invento resolviendo y viviendo intensamente la vida, viviendo plantando cara a la vida, viviendo con la picardía y el engaño amoroso tras cada esquina, en el andar de una mulata y su mirada turbadora…

En Santiago el tiempo se escapa y la noche llega a media tarde, en Santiago la vida se escapa, minuto a minuto entre los dedos. Pero el santiaguero sabe exprimirla hasta la última gota y te la regala con una sonrisa, con un corazón caliente que abrasa y embruja al visitante que pasa por allí.

Y en definitiva, tras la torrencial lluvia de gotas gordas y calientes, la acividad de la calle se normaliza, la nube viaja y el cielo se tiñe de nuevo de mar y el mar de cielo y, poco a poco, sube de nuevo la temperatura y todo vuelve a empezar en un carrusel de vida que te obliga a inventar resolviendo…

Poco después, en la Casa de la Trova sonaba la guitarra de Alejandro Almenares acompañando las voces de Georgina y Candelaria.

No es fácil compañero, olvidar esos momentos en que te sientes  empapado de vida.

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