Prácticamente todos los cubanos, como los judios sefardies, tienen derecho a la nacionalidad española

Todos los descendientes de españoles, es decir, prácticamente toda Cuba, tienen derecho a la nacionalidad española. En consecuencia, invitamos a nuestros compatriotas que así lo deseen, a dirigirse al consulado de España en La Habana para hacer valer sus derechos.

Aqui podemos visionar a Fidel Castro en un fragmento de una entrevista para la TVE española. donde aseguraba a los periodistas que él había “optado muy sinceramente” por la nacionalidad cubana, pero que seguía “manteniendo todos sus derechos en España”.

 

Pero Castro no es el único que tiene la posibilidad de hacer valer sus derechos como español. En realidad todos los cubanos siguen siendo españoles.

No es un secreto para nadie que entes de 1898 Cuba era una provincia española, es decir España; en consecuencia, los descendientes de aquellos españoles, incluyendo a los negros, calificarían para este trámite.

No se trata de una broma. Esa posibilidad aunque ignorada, está escrita en el Código Civil español. Lo que se trata ahora es de hacerla la valer. Y aquí es donde las cosas se complican o se aclaran, según se mire. En efecto, el profesor de derecho Viñals Farré [3] explica en uno de sus trabajos que el Tribunal Supremo, Sala de lo Contencioso Administrativo, en la Sentencia de 7 de noviembre de 1999, decidió que Cuba NO era España sino un Territorio español.

En efecto, los naturales de los territorios españoles no eran ciudadanos, sino algo así como protegidos de la Corona. Para ser españoles de verdad tenían que ejercer el derecho de “opción” a su mayoría de edad.

El problema es que esta doctrina fue elaborada para regular el acceso a la nacionalidad de saharauis y guineanos, que eran oriundos de posesiones españolas en el siglo XX y no para los cubanos que fueron españoles de pleno derecho desde el 25 de noviembre de 1897, fecha en que se instauró en la isla de Cuba un gobierno autonomista.

El Tribunal supremo lo ignora (o lo pretende) pero aquel gobierno, antes de organizar elecciones libres para elegir a los diputados del parlamento insular, hizo ciudadanos españoles a todos los habitantes de la isla, aplicando las disposiciones escritas el 17 de octubre por el presidente del español de la época, Segismundo Moret.

Todo esto significa que la doctrina del Tribunal supremo no es válida para el caso de los cubanos nacidos antes de 1902 que  eran “españoles y nacidos en España”, como lo especifica claramente el Código Civil vigente.

La consecuencia de esta afirmación es evidente: los descendientes de aquellos españoles, es decir, prácticamente toda Cuba, tienen derecho a la nacionalidad española.

No solamente son estas las únicas consideraciones legales que se pueden avanzar en este sentido.

En un reciente artículo  de eldiariodelamarina titulado ¿Por qué siguen siendo españoles los cubanos?  se daba a conocer otros argumentos incuestionables.

En consecuencia, invitamos a nuestros compatriotas que así lo deseen, a dirigirse al consulado de España en La Habana para hacer valer sus derechos.

España por distintas leyes, decretos y circulares, ha decidido restablecer los derechos de nacionalidad para muchos de sus antiguos ciudadanos que la perdieron por diferentes motivos  el siglo pasado (e incluso antes, como es el caso de los judíos sefardíes)

Con la firma del Tratado de París de 1898, España cedía o vendía los últimos pedazos de su otrora imperio, donde en tiempos de Carlos V “nunca se ponía el Sol.” Este tratado, como ya ha sido probado por Pedro Albizu Campos, tenía varios defectos legales que lo hacían inválido.

Curiosamente, ningún político español ha utilizado estos argumentos para  solicitar su impugnación pura y simple. Esto se debe a dos factores principales, el primero, la ignorancia y el segundo, de igual peso, el de la realidad: España no está hoy, como no lo  estaba hace 115 años en condiciones de oponerse a la “Pax americana”.

Sin embargo esta fisura legal adquiere hoy una dimensión inesperada. España por distintas leyes, decretos y circulares, ha decidido restablecer los derechos de nacionalidad para muchos de sus antiguos ciudadanos que la perdieron por diferentes motivos  el siglo pasado (e incluso antes, como es el caso de los judíos sefardíes).

Este buen camino con el tiempo va resultando parcial e incompleto pues van apareciendo abismos insondables de injusticia. No vamos a aludir la notoria iniquidad de conceder la nacionalidad sólo a los descendientes de los inmigrantes de sexo masculino, ni a detallar tampoco las numerosas tretas legales de las que se valen los funcionarios en el exterior para retardar o entorpecer las suplicas de los interesados, que no siempre pudieron tener acceso a los documentos necesarios para hacer valer sus derechos.

Concerniendo a cubanos y puertorriqueños nacidos en Ultramar el Tratado los desposeía pura y simplemente de su condición de españoles, quedando a disposición de las nuevas autoridades como si se tratase de propiedades materiales de la Corona cedidas o vendidas en virtud de aquel acuerdo. Algo que estaba en franca contradicción con el Derecho de gentes, es una de las razones por las que dicho tratado nunca fue ratificado por las Cortes del Reino hasta hoy.

Pocos se levantaron en aquel momento para denunciar tamaña injusticia, llevada hasta las Cortes por el Almirante Cervera. Más adelante se publicó un real decreto en el Manual de Clases pasivas y Militares que les declaraba extranjeros. Sin embargo, según la Constitución vigente, el Registro Civil del Reino, era el único organismo habilitado para reconocer legalmente (una vez que se hubiese procedido a la inscripción) la pérdida de la nacionalidad de aquellos españoles y esto nunca ocurrió.

  Al no asentarse debidamente en los registros civiles del Reino de España la nueva situación administrativa de los naturales de la isla de Cuba, estos siguieron conservando de facto la nacionalidad española.   La creación de la República de Cuba no resolvió tampoco este problema legal, puesto que la Constitución cubana establecía que aquellas personas debían “optar” por la nueva nacionalidad cubana, algo que en la práctica –y de toda evidencia- también resultó difícil de aplicar. Los que no lo hicieron,  así como sus descendientes, siguieron conservando de facto su condición de españoles al menos hasta 1940.

En consecuencia, sus descendientes siguen siendo españoles y podrían reclamar esta condición actualmente en los registros civiles de la Península.  En 1940 la nueva Constitución, decretó por “ius solis,” la condición de cubanos a los nacidos en Cuba, con lo que los españoles que no “optaron” en aquel momento por seguir conservando la nacionalidad terminaron perdiéndola, así como sus descendientes.

Ahora bien, la nacionalidad española no depende de la nacionalidad cubana ni viceversa. Cada estado soberano decide por sí mismo quienes son sus ciudadanos. España no puede impugnar el Tratado de París pero sí hacer justicia a los descendientes de aquellos españoles, reconociendo su derecho a la nacionalidad.

Nada lo impide y sería un acto de justicia elemental. Las recientes decisiones del Tribunal Supremo negando la condición de españoles a los nacidos en los Territorios de Ultramar, son una vergüenza y una aberración del Derecho.

Dada la actual coyuntura política internacional, abrir la nacionalidad a todos aquellos descendientes de españoles que lo soliciten, abre perspectivas insólitas, – trascendentales- para la causa de la hispanidad.

Sólo un ciego no sabría verlas.