Detalle de Rafael y la Fornarina (Dominique Ingres. 1814).
Wikimedia Commons / Fogg Museum

Eva Aladro Vico, Universidad Complutense de Madrid

El artista japonés Kyosai, uno de los últimos grandes maestros del ukiyo–e, explicaba en 1887 a un periodista el proceso que a su juicio tenía que desarrollar un pintor.

Bake-Bake Gakkō (化々學校), o
Wikimedia Commons / Kawanabe Kyōsai Memorial Museum

Decía el genial dibujante que un artista debía dedicar toda su vida a entrenarse en la percepción de imágenes y elementos que iba a recrear después, adquiriendo una memoria “viva y precisa”. El artista no copia sencillamente aquello que existe, sino que lo que copia o reproduce son las imágenes que ha almacenado su espíritu, afirmaba Kyosai.

De parecida manera se expresaba, según Lévi Strauss, el pintor Ingres, quien afirmaba que el artista debía llevar la naturaleza de tal modo en la memoria, que por sí misma aquella se insertara o situara dentro de la obra creada.

Estas reflexiones ponen el dedo en el puro centro de lo que es verdaderamente un artista: ni imitador, ni copista, ni siquiera un “representador” de las cosas bellas y creaciones de la naturaleza. Lo que se copia o imita es el propio proceso creador de la naturaleza.

Una creación del espíritu

En la escolástica medieval se entendía que la creación era una operación de naturaleza espiritual, en la que el artista concebía en su alma una forma mediante una serie de operaciones de intuición y atención, y partir de ahí la copiaba o imitaba en su creación.

Dicha creación consistía en dos operaciones: la concepción de la forma y su representación física. Esta teoría es la que desarrolla Santo Tomás de Aquino, que considera al arte como algo similar a la creación divina.

Platón y Aquino

La filiación de esta teoría es platónica y pudiera inspirarse en la teoría de las “ideas” o visiones que generan o precipitan las acciones humanas, siendo esas ideas cosas provenientes de la esfera de lo divino y siendo todo el proceso una emanación de lo espiritual.

Pero es curioso que la escolástica tomista enriqueció muchísimo la idea platónica: incorporó la tesis de la “causa formal” de los sucesos, que no es otra que esa visión o forma interior, que precipita y condiciona la creación en la realidad.

Un profundo proceso

Lo que Kyosai y el arte oriental vienen a reconocer, de diferentes fuentes y con gran precisión técnica, es lo mismo. Efectivamente, el arte no es una simple mímesis, o imitación.

Esa opinión proviene de una interpretación superficial de un proceso mucho más profundo, donde hay una imitación, y una copia, pero de nada material, sino de un fenómeno espiritual o cognitivo profundo. Ese fenómeno es en realidad la fusión entre pensamiento y percepción –memoria y vida, como dicen los pintores citados–.

Ver es pensar

Rudolph Arnheim, experto en arte, también afirmaba que en los simples procesos perceptivos más comunes era imposible dividir el pensamiento y la percepción.

Ver es pensar, afirmaba este autor: la percepción profunda es un proceso en el que intervienen estructuraciones y simplificaciones que realizamos con el pensamiento en torno a lo percibido.

Lo que llamamos percibir sensorialmente es en realidad la creación de una forma, cuyo último fin, sin embargo, es abocar nuevamente a una más completa o perfecta sensación de lo percibido, en un proceso de ida y vuelta, de dos direcciones, que llamamos “pensar”.

Diálogo constante

De la experiencia a la forma espiritual, como dicen los artistas antiguos, hay un camino de ida y vuelta, un diálogo constante. Y el artista no hace otra cosa que trabajar con las impresiones internas, que son las que “copia”, y no la realidad externa.

Lo que nos ofrece, sea similar a lo real externo o no, es la representación de las formas que alberga en su espíritu, pensamiento o cognición, formas que tienen la capacidad de llevarnos a la experiencia de donde provienen. Todo ese proceso no es otra cosa que comunicación, que sólo se produce ante estímulos muy específicos.

Las formas del arte

Así que lo que llamamos “forma” de las obras de arte, nada tienen que ver con la reproducción fiel de la realidad, sino con la reproducción del contacto entre el alma del artista y el ser del mundo en algún aspecto concreto.

Las “formas del arte” son en realidad diálogos que nos invitan a una conversación: la que ha tenido lugar entre la reflexión, el pensamiento, la memoria del artista, y aquella realidad que captó en un primer momento.

El arte poco tiene que ver con el culto a las formas exteriores o con el refinamiento de una percepción sensorial pura. Más bien, como proceso comunicativo en estado puro. Lo que cultiva el arte es el contacto y conexión psicológicos entre naturaleza (o realidad) y espíritu.

Shutterstock / Chamille White

La disciplina artística

Efectivamente, el artista está sometido a una disciplina estricta. Pero sus obligaciones, sin embargo, no tienen que ver con aprender o depurar técnicas o herramientas, operaciones libres que cambian a lo largo de la Historia de las Artes. La operación servil esencial, la disciplina a la que se debe el artista, es la de convertir su experiencia vital en la materia prima que utiliza, con las técnicas o herramientas que libremente elige.

El artista está obligado a almacenar su experiencia vital, con plena dedicación, para desarrollar interiorizaciones, reflexiones, decantaciones de sus experiencias, con la máxima fineza posible. Debe formarse en el pensamiento, en la sensibilidad, en la ética, en la empatía en todo lo que concierne a los seres de este mundo.

Del diálogo con la vida, el artista va obteniendo imágenes y conceptos, ideas y profundas visiones, las cuales son la “forma formativa” de las que emanará, en copia fiel, la creación que él desarrolle.

El trabajo real del artista

Las formas profundas que del diálogo mental emanen son el fruto del trabajo del artista. Son las que nos permitirán a nosotros, los receptores de la obra, generar ideas, impresiones y emociones en el mismo nivel de perfección al que el artista pudo llegar.

Y ello es posible, únicamente, porque se abrió la comunicación entre el espíritu del artista y el de aquello que lo impactó, que es la misma que se abre a nuestro propio espíritu. Sólo el lenguaje de esa delicada traducción permite que accedamos a la misma experiencia creada.

Esta idea del arte y de los artistas es suficientemente justa con el proceso vital al que con entrega total, con absoluta devoción y, al tiempo, con gran deleite, se entrega todo artista. Sólo este proceso artístico vivo, comunicativo, es el que lleva al receptor de arte a “conversar” sobre su sentido compartido.The Conversation

Eva Aladro Vico, Catedrática de Teoría de la Información, Universidad Complutense de Madrid

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Author: viajes24horas

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