Desde siempre las calles de Santiago de Cuba están llenas de pregoneros, todo se vende y todo se cambia, a cualquier hora, y, de cualquier forma: medicamentos, vegetales, especias, carnes, pescados, tanques, cemento, tubo, jabones, aceite, cuchillos.

Lo que uno busque se encuentra en las calles de Santiago. A veces, hasta tu cama llegan las voces.

¿Pero qué y cómo se pregona hoy? Ahora no se canta al estilo de la Rita Montaner, ni al estilo de Félix. B Caignet, tampoco al estilo de Berta la Pregonera, aquella santiaguera que bajaba del Caney con su cesta a la cabeza y su vestido; aquella mujer que decía “Tu medicina”, y ofrecía yerbas y miel para curar enfermedades.

A Berta se le reconoció como la Pregonera Mayor y recibió el Premio Internacional Casa del Caribe. Me quedaba mirando a Berta mientras caminaba por la calle Enramadas.

Cada tarde veo a una mujer con su hijo del brazo mientras el sol arde. Enseña al crío a pregonar las hojuelas. “Hayjuelas”, dice. Y entonces uno no puede dejar de comprarle al niño que se esfuerza en ayudar a su madre.

Un carretillero despierta cada mañana con su voz aguda, siempre con la ensalada para el almuerzo, y a veces también carga a su hijo en el vagón; otro vende dulces de coco de la forma más grosera, gritando “oyeeee, ¡cómprame cojones!”

Para él el pregón no es un canto, ni una invitación, es una exigencia al otro que acepte la mercancía a su precio.

Y los otros, riéndose, le responden, “cómetelo”, y groserías sin límites que prefiero no escribir, pero podrán imaginar. Los pregoneros se meten hasta el fondo de la casa si tienes la puerta abierta, y si tienes la puerta cerrada te la golpean como si hubiera llegado la guardia nacional a arrestar a un ladrón. Ahora vender es presionar al otro desde el primer grito.

Hay un señor que pregona la sábila como en un llanto, casi no tiene fuerzas.

Los carretilleros aparecen con mangos bizcochuelo, y mangos toledo. Todavía la forma en que se pregona el mango viene de tiempos anteriores. Por lo menos, eso parece… El bizcochuelo de El Caney; el amarillo toledo, bien dulce.

Se venden perros, animales, y perro caliente. Y se escucha en diferentes tonos: sal, coditos, yuca, ají pimiento, ají de cocina, calabaza, croquetas a dos por peso, quimbombó, dipironas, tabletas para la presión, hay cloro, aromatizante, suave, para hablar del pan. Y mucho más.

Pero los que más me han llamado la atención y me ha hecho escribir este texto son tres.

El primero casi en un murmullo, sin grito alguno y señalando el producto: “Muchacha caliente, amiga para bailar…, o muchacho”; y el segundo bien gritado, a calle abierta: “Condones a siete pesos, dos cajas; la cajita de tres condones por cinco pesos”. “Dale muchacho, protégete”.

Nunca antes se habían preocupado tanto por nuestra protección sexual. Nunca antes había escuchado un pregón para el preservativo.

Otro que me llamó la atención es el que sigue: “Se venden peces yupis, los que no tienen colores, pero se comen los mosquitos”, “aleja una multa de tu casa”.

Un hombre llevaba en vasos plásticos desechables diez peces yupis por cinco pesos.

Peces para echar a los tanques de agua, para que cuando pase la brigada de la campaña contra el mosquito no encuentren larvas en los tanques y no te multen.

Por estos días que he permanecido en casa los he escuchado en su diversidad.

No solo se pregona para vender, están los que pregonan para comprar cualquier pedacito de oro, botellas vacías, y pomos. Esos son los menos, pero existen.

Últimamente hay quienes prefieren colgar carteles en las puertas de las casas, en los postes de la ciudad, en las paradas; otros usan los grupos de compra y venta en las redes sociales para anunciar la mercancía y no salir a la calle.

Me pregunto si con el tiempo desaparecerá el pregón, me pregunto cómo se pregona en otros lugares. Lo que sí me queda claro es que en Santiago de Cuba todavía el pregón forma parte de esta ciudad y su gente, esta ciudad que se acuesta y se levanta pregonando.