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Manuel A. Broullón-Lozano, Universidad Complutense de Madrid

Ya se ha hablado del derecho de las mujeres a disponer de una habitación propia, de la potencia de los monstruos que viven en los márgenes del escenario social. Pero hay que tener en cuenta que entre ambas opciones se extiende el espacio público: un lugar donde las personas se muestran, pero también donde pueden ser observadas, vigiladas, violentadas… El espacio público tiene res extensa, la calle, las plazas, los lugares comunes… Pero en el siglo XXI, ese espacio público también se filtra a través de los digital en lo privado, a través de la red que conecta las habitaciones propias.

Un lema frecuente (y de autoría incierta) en manifestaciones es: «Si no puedo bailar, tu revolución no me interesa». ¿Es posible poner el cuerpo, estar, y hasta bailar, en ese espacio público, digital y material, sin sufrir violencia?

Cuarto propio y cuarto conectado entre la precariedad y el privilegio

Remedios Zafra, en su ensayo Frágiles. Cartas sobre la ansiedad y la esperanza en la nueva cultura ha añadido una nueva dimensión al emplazamiento: la conexión a través de las pantallas y de las redes. Se trata de un espacio virtual, caótico, abstracto, a donde los seres (post)humanos transferimos constantemente nuestra conciencia.

Durante la pandemia de la covid-19 hemos experimentado la necesidad de disponer de una habitación propia donde confinarnos o pasar la enfermedad. Para las personas más privilegiadas, los cuartos individuales no fueron prisiones, sino cuartos conectados a la ciudad y del mundo, como la “aldea global” que imaginó Marshall McLuhan.

Gracias a esto hemos podido hacernos compañía, saber que seguíamos ahí, preocuparnos y cuidarnos recíprocamente. Este es, también, un horizonte de posibilidades para los monstruos que habitan en los márgenes. En palabras de Remedios Zafra:

Las personas “outsider” están solas y conectadas en casa, hablamos, estamos juntas. Esa potencia “outsider” nos insta a experimentar en la esfera que antes era solo privada, buscando desmontar la centelleante felicidad mercantilizada alrededor de las vidas-trabajo. Ya sabe, recuperar (recuperarnos) a los “amargados” o críticos de la cultura, aquellos que se sienten desvinculados de “las lealtades irreales”.

El espacio virtual podría ser una suerte de prolongación del cuarto propio, de ventana desde el margen, donde discutir y cuestionar las reglas de un mundo exterior que ha quedado vedado.

Concha Méndez, paseante

Cuando salimos al exterior, virtual o físico, ¿cómo y dónde se muestra cada cuerpo en relación con los demás?

Las mujeres paseantes por las ciudades modernas de la Europa de los siglos XIX y XX tuvieron la audacia de salir del confinamiento de su habitación propia para mostrar en público sus cuerpos inadecuados (no deberían estar ahí solas) y monstruosos (mujeres indignas: marimachos, “tríbadas”, travestidas como George Sand o como Maruja Mallo y Margarita Manso, quienes se pusieron los trajes de Federico García Lorca y Salvador Dalí en el claustro del monasterio de Santo Domingo de Silos).

Concha Méndez Cuesta (1898-1986), una de las más audaces paseantes de la poesía española del siglo XX, paseaba por extrarradios de las ciudades, bajo las bocas de metro, en los polígonos industriales… O subida a un automóvil a toda velocidad.

Me gusta andar de noche las ciudades desiertas de Concha Méndez por Inma Cuesta.

La obra testimonial y poética de Concha Méndez plantea el reto de habitar el espacio público, de ejercer el derecho de las mujeres a caminar solas, tranquilas y en paz, sin la protección paternalista de ningún guardián. El derecho a poner el cuerpo en donde “estaba prohibido que las mujeres entraran (…); y nosotras (se refiere a ella misma con Maruja Mallo), para protestar, nos pegábamos a los ventanales a mirar lo que pasa dentro”.

El deseo de poner el cuerpo para experimentar y expresar el placer aparece en el poema “Jazz band” de su libro Inquietudes (1926):

Ritmo cortado.

Luces vibrantes.

Campanas histéricas.

Astros fulminantes.

Erotismos.

Licores rebosantes.

Juegos de niños.

Acordes delirantes.

Jazz-band. Rascacielos.

Diáfanos cristales.

Exóticos murmullos.

Quejido de metales.

El cuerpo baila en este poema. Con el baile, se hace presente en el espacio público. El cuerpo femenino no es un mero objeto cautivo de la mirada sexualizante ni violenta de un hombre cisheterosexual; tampoco se deja reducir a la consideración monstruosa por estar ocupando ese espacio.

¿Puedo hablar? ¿Puedo bailar?

Todo acto nace de un sujeto que lo ejecuta. Estamos condicionados por nuestros cuerpos, también por la desigualdad de la circunstancia de cada punto de partida. Necesitamos disponer de habitaciones propias donde lo urgente quede en suspenso, para poder hablar y conversar largo y tendido, con atención plena. Necesitamos, desde luego, el espacio conectado, libre de violencias externas, donde consolar la tristeza del monstruo.

Pero la realidad también exige habitar el espacio exterior, donde “pasa” la vida, donde se ha de ejercer el derecho a estar experimentando y expresando el placer de unas vidas que merecen ser vividas. Un espacio donde resuene la voz propia, o donde bailar, como en el poema de Concha Méndez, sin pedir permiso a nadie.

Desde luego, necesitaremos una visión colectiva que haga posible repensar y transformar nuestro emplazamiento y, con él, la circunstancia que nos vincula a otros cuerpos y a otras vidas.The Conversation

Manuel A. Broullón-Lozano, Profesor Ayudante Doctor e investigador en la Sección de Literaturas y Bibliografía, Universidad Complutense de Madrid

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Author: viajes24horas

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