SIERRAMAESTRA.CU Escrito por M.Sc. Miguel A. Gaínza Chacón

Ni chinchorro ni palangre ni pita con anzuelo. Solo cariño y simpatía necesitaron en esta ciudad para “apresar” a un magnífico ejemplar de Tiburón cantor y pelotero que responde al nombre de Eduardo Morales Orozco.

En los años ochenta la urbe le abrió los brazos y el corazón al cantante Tiburón Morales, Adalberto Álvarez y a otros músicos camagüeyanos quienes junto con algunos santiagueros formaron aquí y estrenaron en la carnavalesca calle de Santa Úrsula, el antológico conjunto Son 14.

Hoy dice el popular vocalista, que la mejor forma de retribuir la hospitalidad y el amor que Santiago de Cuba y su gente les regalaron es “quererlas con pasión como yo las amo, y defenderlas siempre”.

TIBURÓN2 Y EL CANARIOEs singular la historia de este pelotero devenido cantante. De muchacho, descalzo, jugaba béisbol en su natal Guayabal, y también pasaba horas bañándose en el mar “con la boca abierta y cantando”, mientras los amigos de la infancia gritaban: “Miren, un tiburoncito prieto”. Y tanto lo dijeron hasta que se le quedó lo de Tiburón.

Conservo un vago recuerdo de él como beisbolista: era fornido y se desplazaba con agilidad en la pradera del medio; no defino si cuando lo vi en el “Guillermón Moncada” aún jugaba en el “Orientales” o ya estaba en algún team de la tierra camagüeyana. Lo que grabé para siempre en la memoria, por la impresión que causaba, fue el sobrenombre, pues el anunciador engolaba la voz por la amplificación local del estadio: “… Eduardo “Tiburón” Morales… jardinero central”.

En siete series nacionales (él asegura que son ocho), Morales Orozco jugó 828,2 entradas en 202 partidos, en los que fue oficialmente al home 414 veces, anotó 40 carreras, conectó 98 hit para un average ofensivo de 237, con 10 dobletes, dos triples y 2 jonrones; le dieron cinco pelotazos, negoció 51 bases por bolas y le regalaron seis bases intencionales; se robó 9 bases, lo cogieron 9 veces en intento de estafa, y se ponchó en 59 ocasiones. Como se ve, no era un super pelotero pero jugaba con ardor. El firmamento lo alcanzó por fin Tiburón, en otro equipo all star: el conjunto Son 14, bajo el mando de un manager inigualable: Adalberto Álvarez. Santiago de Cuba que los acogió como hijos, se quedó con la figura, el peculiar sombrero y la voz del intérprete, y con el conjunto, cuando Adalberto enrumba hacia la Capital. Para ese momento, ya la agrupación y su antiguo director han  aportado un buen tanto a la música popular cubana y por ellos el mundo conoce mejor la calle Enramadas.

Para Eduardo quedó reservada la conducción del grupo. Ahora va y viene Morales a México donde Son 14 cumple contratos.

“Aquello es bien alto (2 700 metros sobre el nivel del mar) y cuando la presión me agobia vengo.”

Aun el tiempo transcurrido, siempre es interesante rememorar épocas y ese viraje tan singular del terreno beisbolero a escenarios artísticos:

“En los años en que comienzo a sentirme hombre hecho y derecho ya jugaba “centerfil” en Francisco Guayabal, en la provincia de Camagüey. Cuando triunfa la Revolución estaba en la Liga Azucarera pero con la Revolución comienza el béisbol socialista, el béisbol de aficionado, y empecé con la selección Orientales que dirigía Natilla Jiménez; los Mineros, de Roberto Ledo; con los Granjeros… Bueno, estuve jugando varios años en las series nacionales.

“Para ese entonces, Adalberto (Álvarez) siempre me estaba ‘chivando’, porque cuando se cortaba la luz eléctrica, yo cantaba en el estadio, y él preguntaba: ‘¿Quién es ese de la voz que parece un trueno?’

“Entonces, conversó conmigo. No pensó que yo iba a dejar la pelota para dedicarme al canto. Y le decía al padre: ‘Papá, este nos va a dejar embarcados’. Ocurre que siempre había un lío, porque yo estaba en el deporte y me iba pa’la música; luego, estaba en la música y me iba para el deporte y dejaba las orquestas. Eso fue una odisea, hasta que hice un compromiso con Adalberto, hasta el momento en que se fue para La Habana.

“No me fui con él para la Capital para que no muriera Son 14. Eso fue una combinación entre nosotros: ‘Yo me quedo, Adalberto, y tú te vas. No hay problemas. Ve cúbrete en La Habana, vive en La Habana, y yo me quedo en Santiago de Cuba, pero nunca vamos a ser separados por nada ni nadie’. Adalberto Álvarez es prácticamente mi padre de corazón.”

En infinidad de ocasiones lo precedente ha sido ratificado por Adalberto, y llevado a escena, porque Tiburón sube y canta con ellos.

Hay en Cuba otros casos de peloteros que fueron músicos, entre estos el genial lanzador derecho oriental Manuel Alarcón (que le paró el corazón a La Habana entera en el estadio del Cerro, cuando envió un mensaje a Santiago de Cuba: Que cierren la Trocha y preparen el cocoyé que esto va para allá. Y cumplió). Alarcón rendía a sus pies a los públicos de absolutamente todos los estadios donde lanzaba. Desde la lomita les enseñaba el número 17 en su espalda a los bateadores, con un movimiento que ensayó   frente a dos espejos y nadie ha repetido. También era bolerista. Siendo aún pelotero lo vi cantar en la TV. Una hernia discal y luego un accidente automovilístico acabaron con el astro del montículo pero no con el vocalista quien se presentaba en “San Pedro del Mar”, en centros nocturnos de Bayamo… Pero nunca fue tan estelar como en el box.

Rolando Macías, también lanzador pero de los equipos del centro del país, era percusionista. En los medios beisboleros le decían el músico de San Fernando de Camarones.

Lo de Tiburón fue a la inversa: “Yo jugué primera y “fil”; primero, “centerfil”, luego “raifil”, y después primera base. Ya me decían Tiburón en la pelota pero cuando comencé en la música yo no quería que me nombran así y Adalberto decía: ‘Déjate el Tiburón… tú no oyes eso de Oscar de León; tú no oyes todos esos sobrenombres… déjate el dichoso Tiburón’.

“A tanta insistencia cedí y Tiburón pa’cá, Tiburón pa’llá y ahora si no me dicen Tiburón no entiendo.”

Retoma el béisbol en la conversación. Piensa que los clásicos son el medidor pues se juega en verdad y recuerda apesadumbrado la tercera edición de ese evento.

“A Michel tenían que haberlo llevado tan siquiera como refuerzo del cuadro. Porque llevaron una sola tercera y nada más y nada menos que capitán del equipo. A ese muchacho todavía le falta chispa, iniciativa. La gente que juega como capitán de un equipo de pelota tiene que tener claro que en el terreno él es el cerebro del team. En mi opinión el equipo no estuvo mal dirigido pero sí ‘mal jugado’; se ‘amarillaban’ algunos peloteros, que se veía clarito. Ahí hay que caerle a patá a la pelota… Parece que no trabajaban sicológicamente con ellos. Tenía que imponerse el deber patriótico porque había un pueblo esperando. Se perdió aunque se pudo haber ganado, pero estaban indecisos. Hay gente que no… pero a nosotros sí nos dolió no ganar. No obstante perdimos una batalla pero la guerra no. Hay más camino por delante.

“¿La dirección? La dirección lo hizo bien, no lo hizo mal. Pero hubo palabras incorrectas y nosotros estamos en el socialismo, y en este sistema no se puede ultrajar a ningún trabajador. Eso no lo vamos a aceptar nunca. No estamos de acuerdo con eso. Que se abra la tierra primero.

“No estamos de acuerdo con lo que hicieron con Bell, y otra vez lo digo: Pestano hacía falta en ese equipo como catcher regular.   Pestano en esa liga batea. Entonces no lo llevaron. En esa liga no había ningún catcher mejor que él ni más inteligente. Pero estamos jugando con candela. Estamos desbaratando la integridad del equipo nacional por problemas personales que nosotros no vamos a entender nunca.”

Poco se habla de un momento muy estelar del cantante Tiburón Morales. Fue a raíz de la presentación del venezolano Oscar de León en el estadio Guillermón Moncada.

El morocho bigotudo llegó aquí precedido de una avalancha mediática, que unido a su clase indiscutible, su carisma, su bajo, y al buen partido sacado de la música cubana (llamada por ellos salsa) hicieron del intérprete venezolano un monstruo auténtico.

Y en el estadio santiaguero quien sacó la cara por Cuba con sus improvisaciones, su voz y su talento fue Tiburón Morales. En verdad canto en un “mano a mano” con Oscar de León,  pero lo que más lo animó fue saberse representante de Santiago y de esas cuatro letras sagradas.

Por esos sentimientos, los santiagueros admiran tanto al cantante que no pierde oportunidad de identificarse con la ciudad que lo resguarda como lo que es: un hijo. La última fue cuando la final del evento Sonando en Cuba, por la TV Cubana.

“El jurado tiene sus criterios. El pueblo tiene los suyos: para muchos la ganadora fue la santiaguera. Pero eso no es lo principal. Lo que mortifica es que a la muchacha no le dieran ni un ramo de flores. Eso no se le hace a nadie y menos a una mujer.”

Parece que Eduardo tiene enraizado el patriotismo y el amor por su terruño. Eso quizás le viene de su natal Guayabal, que en 1898 fue el primer poblado en el Camagüey liberado por el Ejército Mambí cuyas fuerzas lo nombraron así: Embarcadero de Guayabal, por un estero en el que desembarcaron cercano a un guayabal.

No lejos, ya a finales del siglo XIX, los norteamericanos fundaron un central azucarero y el estero se convirtió en un puerto para la exportación del dulce. Por lógica nace también un pequeño batey: Guayabal.

Morales es de allí, del sitio que fuera escenario del único encuentro de las columnas rebeldes comandadas por Ernesto Che Guevara y Camilo Cienfuegos en la famosa invasión de Oriente a Occidente en 1958; del poblado al que el Benny le cantó su popular Francisco Guayabal. Por aquellos potreros camagüeyanos; por esos   caminos; por las aguas marinas; por esos terrenos de pelota en la manigua correteó, nadó y jugó el “tiburoncito prieto” que hoy, con su talla mayor de Tiburón y cantante, recorre satisfecho las calles de Santiago de Cuba listo para la actuación venidera, mientras responde a una sucesión interminable de sonrisas sinceras y manos extendidas.