A cierta distancia de donde nos encontramos emergen tritones del mar abisal. Casi todos del mismo tamaño, con forma de ola, de puente, de tenedor…con tejados planos y otros redondos. Estilizados sin átomo de grasa. Altos, muy altos: seguro que tal concentración de cemento y ventanas en una verticalidad infinita se estudia en las clases de Geografía Humana.

Es Benidorm: me impresiona siempre su skyline y cruzarlo por tierra resulta inimaginable.

Hoy nos vamos a Cartagena, ciudad que no conozco y que interesa visitar. No defrauda, sorprende y anima a volver. Calor y cielo despejado, de un azul brillante que contrasta con el dorado del Teatro Romano. Mucha piedra histórica dispuesta casi como la dejaron aquellos clásicos amantes de deportes y espectáculos.

Tan cerca del casco antiguo…pasean turistas, crisol humano en poco espacio, colores de gentes variopintas. Restos de la catedral y algunas cuestas que conducen al núcleo municipal. Edificios con mucha prestancia, balcones y miradores, actividad sin prisa, parroquianos tranquilos a sus quehaceres, mezclados con visitantes.

El trazado callejero fácil de seguir, peatones que deambulan por unas losetas polícromas, cristales de grandes ventanales y portales que se abren a instancias oficiales. Construcciones en consonancia con las profesiones que se desarrollan tras sus paredes.

A esas horas, el aperitivo se mezcla con la comida: cuestión de horarios, de gustos del cliente o de la necesidad estomacal.

Muchas personas que transitan y pasean entre las palmeras: ¡¡cuánto me gustan esas plantas!! Será porque en mis latitudes originarias brillan por su ausencia. Solo el Domingo de Ramos las lucía, sujetando la palma decorada en mi mano infantil.

Me fijo que se ha instalado la moda de la mascarilla multifunción: de codera, muñequera o en modo “gola” cual dama áurea adornando el cuello de su atuendo.

Sin mucho bullicio, las fachadas nos van conduciendo a nuevos rincones de azulejos pigmentados, iglesuelas, arcos y porches…familias y jóvenes, guiris y nativos.

En algunos cruces, esculturas de acero retorcido, yo las veo vanguardistas y originales, diferentes, alambres de diseños imposibles que embellecen la ciudad…y el puerto.

Mástiles reposando hasta que llegue el turno de las velas. Alineados y con el atraque levemente mecido.

Placidez hasta la entrada de Arqva, el Museo Nacional de Arqueología Subacuática. La exposición simula las tripas de una gran ballena, espaciosa, ordenada y muy interesante. Toda una experiencia marina con los pies en la tierra.

Un viaje experimental y didáctico a las profundidades oceánicas, a los secretos históricos que ven la luz en vitrinas sorprendentes. Restos de naufragios, bodegas llenas de provisiones, ánforas, vasijas, utensilios domésticos, monedas, figuras…todo lo que esconden las aguas y hoy disfrutamos de su contemplación.

Cartagena invita a quedarse, a mezclarse con sus habitantes tan amables y atentos. Es una ciudad tratable, para volver con más tiempo o sin tiempo. Para estar y caminar.

Seguir observando el cromatismo de los azules que he percibido: desde el celeste al cobalto y siempre el marino…aquellos fundadores de antaño sabían lo que hacían con este asentamiento, encrucijada de culturas y civilizaciones.

Antes de volver, pasamos por La Manga: ese mar dividido en dos, esas aguas dulces y saladas. En otra ocasión…

Lo mejor de los viajes es el regreso. Sin duda.

Prª. Drª. Pilar Úcar Ventura

Profesora Propia Adjunta

pucar@comillas.edu

 

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Author: viajes24horas

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